Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

PRIMER DEMONIO

Era un día de descanso para la familia Watanabe. Un día en el que no sacaban los pescados ni pasaban horas fuera de casa intentando vender su mercancía. Tampoco saldrían a pescar; por ahora, tenían suficiente para la próxima venta.

Mientras tanto, Hanae aprovecharía para salir en cuanto el sol la saludara. Al pasar junto a Iku, notó un ligero rubor en sus mejillas. Él se limitó a decirle un «buenos días», al que ella respondió con tranquilidad.

La osadía que tuvo Iku al besarla era algo que Hanae no olvidaría. Fue la primera vez que sintió los labios de un chico. La noche anterior, iluminada por la luna, él le había robado las palabras, y no podía evitar preguntarse si le habría correspondido.

Iku era torpe, a veces desesperante, pero también bueno, y realmente parecía preocuparse por ella. Sin embargo, la joven no quería concentrarse en eso por ahora. Al menos no hasta cumplir con su aparente meta de venganza.

Así que, dejando a un lado los recuerdos de lo sucedido, se encaminó hacia un bosque completamente verde en las cercanías de Kioto. Deseaba practicar un poco y, de paso, despejar su mente.

Hanae pisaba las hojas oxidadas en el suelo, las pequeñas ramas sin hojas y la tierra fresca de aquel bosque, a medida en que buscaba un espacio perfecto para entrenar.

Podía sentir su propio cuerpo clamando por acción mientras sostenía la espada.

Desde que llegó a la casa de la familia Watanabe, entrenaba pocos días y sentía que debía dedicarse más a recordar las enseñanzas de su sensei.

En la casa de Hotako se había acostumbrado a entrenar casi todos los días ―el hombre solo tomaba un día de reposo a la semana―, pero la joven Yoshida se negaba descansar.

Una vez él le advirtió que debía hacerlo, pues incluso los mejores samuráis descansaban después de su arduo y honorable trabajo. Su aprendiz era terca, y mucho más cuando se planteaba una meta o tomaba una decisión.

Hanae encontró el lugar perfecto para entrenar en un pequeño claro del bosque.

Desenvainó su katana y fijó su vista en un árbol que sería su ayudante.

El grueso tronco comenzaría a sufrir de los rápidos y fuertes tajos de la joven.

Para Hanae no existía una hora específica para entrenar, pero prefería hacerlo por las mañanas, debido a la costumbre que había desarrollado junto a Hotako.

De todas formas, aunque los demonios solían aparecer sobre todo por las noches, algunos se dejaban ver incluso antes de que el sol se ocultara, como ocurrió aquel trágico día en su hogar.

Concentrada en el tronco, Hanae se imaginaba que era el mismo demonio que asesinó a su madre, el mismo que le había clavado sus garras en el estómago. Sus cejas arqueadas delataban la ira con la que revivía aquel día, concentrando toda su fuerza en los ataques.

Uno, dos, seis…

Cuatro, cinco… diez tajos.

Se imaginaba a los demonios cayendo y muriendo a sus pies.

Se imaginaba a su espada rebanando sus entrañas y arrancándoles la vida de sus oscuros orbes.

Hanae desconocía si había logrado salir con vida solo porque la casa fue atacada por demonios de bajo rango.

A veces se preguntaba qué habría sucedido si hubieran sido más numerosos o más poderosos.

¿Acaso habría escapado con éxito? ¿O también habría perecido junto a su madre, extinguiendo así lo que quedaba de la familia Yoshida?

Dio dos pasos hacia atrás, observando las diversas marcas que ahora se cruzaban en el tronco. Hizo tajos con tanta fuerza que una gota de sábila comenzó a derramarse de las heridas del árbol. Hanae suspiró para calmarse.

De pronto, escuchó una rama romperse a sus espaldas. Se giró en alerta y miró en esa dirección. La duda de qué había producido el sonido se disipó al ver una cabeza asomarse: aquellos cabellos rubios eran inconfundibles.

La joven bajó la espada y evitó rodar los ojos.

―¿Me estabas espiando?

Iku apareció por detrás de aquel árbol y se acercó mientras se rascaba la cabeza, algo avergonzado. No era la primera vez que la seguía y la veía a escondidas.

―¿Por qué no te acercas como una persona normal?

No estaba fastidiada, pero su tono podía dar esa impresión.

―Es que… no quería interrumpirte.

Iku había contestado al llegar a su lado. La verdad es que nunca quería intervenir, solo le gustaba admirar lo que la menor hacía.

―Bueno, puedes quedarte, pero en silencio… ―dijo Hanae, lista para continuar hiriendo aquel tronco. No obstante, Iku la detuvo.

―Antes, ehm… me gustaría decir que… perdón por lo de ayer ―dijo con nerviosismo, refiriéndose al beso―. No quería incomodarte ni nada por el estilo…

Iku continuó hablando para excusarse y, aunque Hanae comenzó a escucharlo, sintió que había algo endemoniado cerca.

Sus oídos silenciaron las palabras al instante.

Era una sensación fuerte. Todos sus sentidos se activaron y su corazón comenzó a latir con fuerza.

Jaló a Iku y ambos se ocultaron detrás del tronco del árbol.

El joven guardó silencio al principio, sorprendido y desconcertado por la forma en que Hanae actuó.

―Hanae…

―¡Chsss!

Hanae colocó su dedo índice sobre sus propios labios y observó a su alrededor.

Iku no comprendía qué le sucedía, pero ella tenía los ojos bien abiertos y el nerviosismo al tope.

Si se trataba de un demonio, tenía en cuenta que nunca había logrado asesinar a uno por su cuenta.

Su inexperiencia la sobrepasaba. Quizás habría tenido la oportunidad si no le hubiera hecho caso a Hotako.

A juzgar por las veces que había visto demonios, eran más grandes que ella y bastante atemorizantes. Si bien siempre hay una primera vez para todo, encontrarse con un demonio no estaba en su lista del día.

Se escuchó el sonido de una rama rompiéndose en alguna parte del bosque.

A pesar de ser temprano en la mañana, las nubes comenzaron a ocultar el sol, y la claridad gris pasaba a través de las hojas de los frondosos árboles.

Hanae inhaló hondo, cargándose de valentía, pues no podía permitirse el miedo: no después de haber entrenado su cuerpo y alimentado su odio con sus terribles recuerdos durante todo un año.

Además, Iku estaba indefenso a su lado, y alguien tenía que protegerlo.

―Quédate ahí… ―indicó Hanae, y salió de detrás del tronco con su espada. Luego miró a su alrededor.

Sea lo que fuese ese demonio, no se encontraba visible ante sus ojos.

Unos golpeteos contra la tierra comenzaron a escucharse.

Eran rápidos y se dirigían hacia ella. Hanae empezó a inquietarse y tomó su katana con fuerza.

Intentó identificar el sonido y, al mirar a un lado, distinguió una especie de masa redonda con patas, de piel arrugada y verdosa.

Extrañada, le clavó fácilmente la punta de la espada.

Por primera vez vio un hilillo rojizo elevarse como un fino humo, saliendo de la carne del demonio en el momento en que murió.

Sin embargo, dudaba de si aquello era realmente un demonio, pues los que había visto antes no eran tan pequeños ni tan débiles.

Mientras mantenía su ceño fruncido, el mismo sonido de pasos sobre la tierra y de ramas rompiéndose se comenzó a multiplicar. Podía incluso jurar que el suelo temblaba ligeramente.

―¿Qué sucede, Hanae? ―preguntó Iku, manteniéndose detrás del árbol.

Él también sintió el temblor y empezó a escuchar lo mismo que su acompañante.

―No salgas, Iku… ―advirtió Hanae, sosteniendo su espada con ambas manos.

Los causantes del sonido se revelaron: diversas masas redondas, similares a la que asesinó, corrían hacia su dirección con la rapidez que sus pequeñas patas les permitían.

Algunos tenían más o menos de dos ojos; otros solo bocas o narices colocadas en posiciones y cantidades inhumanas, además de otros rasgos extraños y deformes.

Hanae los atacó en cuanto comenzaron a acercarse, manteniendo sus golpes bajos debido a la menor estatura de esos seres.

Estas criaturas rodaban o, sorpresivamente, saltaban hacia la pequeña espadachina para agredirla; los que tenían bocas intentaban morderla.

Aunque ella los eliminaba con facilidad, la cantidad comenzaba a ser un problema.

A medida en que las criaturas avanzaban como una multitud, Hanae notó que la mayoría se dirigía hacia una dirección en específico. Iban hacia el centro del bosque. Supuso que quizás ella estaba en su camino, pero no era parte de sus objetivos.

La joven se deshizo de dos más y dio unos pasos hacia atrás, alejándose de su presencia. Tal como pensaba, la ignoraban por completo. Eso significaba que eran atraídos hacia algo distinto.

Se agacharía cerca de Iku para hablarle. En ese instante se dio cuenta de que la respiración ajena se había acelerado ante el miedo, la ansiedad o ambos.

―¿Qué son esas cosas? ―preguntó Iku. Se notaba asustado ante lo que había visto.

―Quédate aquí y no te muevas, ¿entendido?

Él no respondió.

―¡Hey! Concéntrate, Iku. Mantente oculto. ¿Está bien?

Esta vez Iku asintió y decidió quedarse plantado detrás del tronco, pensando que este lo protegería de cualquier adversidad. Estaba tan confundido por lo que habían presenciado sus ojos, que cualquier movimiento entre las hojas lo espantaría en cuanto Hanae se alejara.

La joven iría detrás de las bolas de carne y, al llegar a un amplio claro rodeado de árboles, vería una figura femenina en el medio.

―Mis pequeños… ―dijo la niña de cabellos totalmente blancos. Tan blancos que parecían perderse con el resplandor de la mañana.

Era de la estatura de Hanae. Sus ojos eran de un peculiar gris y portaba un rostro de porcelana que prometía inocencia a cualquiera que la viera, incluyendo a la joven espadachina que se ocultó detrás de un árbol para observar los alrededores del claro.

Algunas de las criaturas habían subido a los troncos, desapareciendo de su vista.

Solo unos pocos se encontraban cerca de la niña desconocida.

Ante la falta de información, Hanae se comenzó a acercar cautelosamente al centro.

―Deberías alejarte de ellos, no sabes de lo que son capaces…

La niña, de cabellos de apariencia cristalina y pestañas que se perdían con su piel, la miró con atención, esbozando una leve sonrisa.