CAPÍTULO 6 #4
Podía acostumbrarse a eso, incluso a una vida entre los niveles más bajos de la sociedad, sin personas que la ayudaran con las tareas, cuidaran su casa o prepararan sus comidas.
Hanae entendía que ella misma podía encargarse de esas cosas.
No obstante, por más que lo deseara o que la vida pareciera ir perfectamente, sentía que la estabilidad no duraría.
Y era imposible olvidar ese hecho, ya que otra pesadilla la atormentó esa noche.
Dentro de su pesadilla, una Hanae adulta reía en el rojizo del inframundo, utilizando su espada para cortar las almas en pena y empeorar su sufrimiento, en lugar de usarla para condenar demonios.
Esa noche salió al exterior de la casa, dirigiéndose al jardín, donde realizó su ritual matutino de meditación. Se detuvo bajo la luz de la luna, iluminada mientras vestía un kimono prestado.
Alguien vendría, no porque hubiera tenido una sensación física en su nuca, sino por la intuición a la que ya estaba acostumbrada.
―¿Hanae?
Fue la voz de Iku. Él se restregaba uno de sus ojos con el puño y tenía una apariencia que indicaba que recién despertaba.
―¿Qué haces aquí? ―inquirió Hanae.
―No podía dormir. ―Iku se acercó con los ojos entrecerrados, colocándose a su lado―. ¿Y tú?
―Lo mismo…
Suspiró, enfocándose en la luna llena que se alzaba sobre ambos.
―Después del trabajo de hoy, creí que podría dormir fácilmente, pero he tenido estos sueños… extraños ―confesó Iku.
Hanae volteó a verlo al instante.
―¿Sueños…?
―Sí… Sueños sobre estanques y peces colosales que quieren tragarme. ¿Será su venganza por almorzarlos?
Iku abrió sus ojos ampliamente, creyéndose sus propias palabras.
Hanae se sintió un tanto aliviada al escucharlo y soltó un suspiro silencioso. Por un segundo, creyó que Iku había tenido las mismas pesadillas que ella. De haber sido así, Hanae habría tomado la decisión inmediata de alejarse de la familia.
―¿Te incomoda tu cama? Sé que las sabanas en el suelo no son tan cómodas, pero podemos ver qué hacer para que te sientas como en casa.
―Gracias, pero… creo que mis días aquí pronto llegarán a su fin ―dijo Hanae. Escuchó a Iku inhalar profundo.
Hanae consideraba que sus días se habían alargado más de lo que esperaba con la familia Watanabe, causando que los sintiera cercanos a ella; sin embargo, temía estar disfrutando de su compañía.
Temía sentirse tan cercana a ellos, como si fuera más que una invitada temporal bajo esos techos.
La joven Yoshida albergaba un profundo deseo de sentirse protegida y amada.
No le agradaba del todo la misión que se había autoimpuesto para derrotar a su padre, pero sentía que no tenía de otra.
Creía que su ausencia podría proteger a esa familia, sobre todo considerando que las dos últimas personas que intentaron protegerla ―y fueron figuras importantes en su vida― terminaron muriendo por ella.
―¿Te irás con tu tío?
―Sí… Me llegó un mensaje de que ya estará de vuelta.
―¿A dónde irán?
―Quizás regresemos a Kibi Plain, ya veremos… ―mentía soltura, notando que Iku estaba más despierto que antes; quizás abrumado por alguna razón.
―Te… ¿Te volveré a ver?
Hanae se giró a verlo, sin saber cómo responderle sin desilusionarlo. Pero le era imposible prometer que volvería a Kioto. El camino era incierto, y su muerte parecía sellada por un pacto.
―Tal vez no…
La noche se volvió aún más densa para el joven que recibía las palabras de Hanae, como si fueran una terrible sentencia o un castigo inmerecido para su pobre corazón.
Posiblemente, nunca encontraría a alguien similar, alguien que, incluso con una actitud difícil y un cascarón endurecido, encendiera una bengala en su interior.
Y, en ese momento, quizá se le cruzó por la mente la idea más valiente que tendría su vida; más valiente que aquella vez en que se quemó en una fogata, o cuando nadó hasta el fondo del lago porque había perdido su calzado.
Incluso más que cuando casi le plantó cara al hombre musculoso que intentó abusar de la joven Hanae.
Iku se convenció de que era valiente y apretó los puños, intentando evitar que sus manos temblaran como un terremoto.
Luego, tomó las frías mejillas de Hanae, enfocando su mirada en aquellos ojos oscuros que lo observaron de vuelta con un ligero desconcierto.
Rápidamente, le plantó un beso que duró apenas unos segundos.
Había sentido por primera vez los delicados labios de una niña.
Había experimentado el inesperado acelerón de su corazón con ese toque que duró lo mismo que un suspiro.
Entonces se alejó unos pasos, dándole espacio a quien ahora lo veía atónita, sin haberse esperado aquella acción.
Lo que habitaba en Hanae era sorpresa, más no desagrado. Si bien Iku era torpe, tenía algo que la hacía apreciarlo. Aun así, no pudo aceptarlo.
Se alejó de aquel jardín sin pronunciar una sola palabra, dejándolo solo en la penumbra. Una penumbra que, muy pronto, conocería la plena oscuridad.
Fui obligada a madurar rápidamente; a hacer, sentir y pensar cosas impropias de una niña de catorce años. Mi madre me enseñó la amabilidad y la paciencia antes de morir, pero el odio y la venganza terminaron de criarme.
Mi alma se contagió de la oscuridad que me rodeaba, tanto que cada pizca de luz que encontraba en el camino la confundía con una amenaza.