Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Su acompañante era muy expresivo, así que, si ella no hubiera desviado la mirada, hubiera notado que él no borraba su sonrisa.

―Al menos te enseñaron algo asombroso… Solo sé pescar y ayudar en la casa.

―¿Quién dijo que la pesca no puede ser asombrosa?

―Mi padre… ―Iku hizo una mueca, sabiendo que su mención no era recurrente―. Se aseguró de abandonarnos. Él era un tanto… agresivo.

El chico de cabellos claros revivió las escenas de violencia intrafamiliar en su cabeza.

Su progenitor solo llegó a golpearlo en una ocasión.

Sin embargo, lo más frecuente eran sus palabras hirientes y sus actitudes agresivas, no solo hacia él, sino también hacia su madre.

Fue un hombre inestable, innecesariamente cruel, que dejó una herida interna en los Watanabe.

Al menos, Iku se consolaba al pensar que Hoshi no había nacido para vivir los peores escenarios en su propio hogar.

Él apenas estaba aprendiendo a ser «el hombre de la casa».

Hanae notó la mirada perdida de Iku y decidió hablar desde lo más cercano a la empatía.

―Los padres no siempre son lo que pensamos… Pueden decepcionarnos. ―Hanae bajó la mirada―. Depende de nosotros ser diferentes a ellos.

Hacer las cosas de forma diferente… Seguir nuestros propios pasos.

Como si el consejo le calzara, Iku sonrió sin mostrar los dientes, pero sus comisuras se alzaron en compañía de un pequeño rubor rosáceo en sus mejillas. Se atrevió a tomar las manos contrarias y las alzó un poco.

―Entonces, ¡seamos diferentes! ―propuso Iku con ánimo.

Hanae lo miró, estremeciéndose ante el tacto ajeno. Se había desacostumbrado al contacto físico desde la muerte de su madre, sin mencionar que Hotako jamás fue muy afectuoso. Sin embargo, aunque apartó sus manos, algo de calidez se había alcanzado a transmitir.

―Me parece bien… pero no me toques, por favor.

―¡Entendido! ―Él hizo una seña, sin borrar su expresión alegre.

Más tarde, recogieron todo y se alejaron del lago, regresando al hogar Watanabe, donde la señora Ima los recibió cálidamente.

―¡Muy bien hecho! ―Ima había elogiado a ambos, sorprendida del número de peces recolectados. Al parecer no habían tenido tanta cantidad desde hace unos meses―. Traes buena suerte, Hanae.

Al escuchar tales palabras, Hanae quiso creerlas.

Deseó convencerse de que era ese amuleto que la familia Watanabe necesitaba.

Sin embargo, conocía la lacra que arrastraba trás de sí y toda la inmundicia que corría por su sangre.

Aun así, guardó silencio y esbozó una sonrisa a medias, manteniendo su papel de inocencia.

―¿Qué te parece? ―preguntó Ima, cuando todos se sentaron a comer.

La mujer había cocinado algunos pescados con especias, acompañados de arroz.

La cena se veía bien y desprendía un aroma delicioso que inundaba la pequeña casa.

Los cuatro estaban sentados en el suelo, alrededor de una mesa.

A pesar de que los Watanabe eran de clase trabajadora, se aseguraban de tener suficiente comida para cada día, lo cual era algo admirable.

―Está muy bueno ―mencionó Hanae con notable gusto. Su paladar disfrutaba el sabor mientras su estómago elogiaba el talento de la señora Ima en la cocina.

―Iku me ayudó… Le estoy enseñando a cocinar. ―Lo vio orgullosa y él buscó ocultarse detrás de sus palillos.

―Sí… Hago lo que puedo.

Iku resaltó su modestia.

Su madre sonrió, dándole una gentil palmada en su cabeza antes de volver a la cocina para ordenar los utensilios y algunos ingredientes que había utilizado antes.

―Veo que te gustan las cosas poco comunes.

Hanae se dirigió a Iku, recordando que no muchos hombres se dedicaban a la cocina o a las tareas del hogar en esa época.

―Somos dos… ―Iku se refirió al manejo de la espada, señalando con los palillos el arma que ella había dejado reposar en la pared a sus espaldas. Una vez más, aquella sonrisa nerviosa apareció en el chico de cabellos rubios.

Ambos estaban sentados en los extremos de la mesa, y Hoshi comía con sus pequeñas manos en el medio, siendo testigo de la conversación, pero sin saber exactamente a qué se referían.

Al finalizar, Ima se acercó oportunamente para ayudar a recoger los trastes y cargar a la menor.

―Muchas gracias por la comida, señora Ima. ―Hanae agachó levemente la cabeza, mostrando agradecimiento―. Y a ti, Iku. ―Se dirigió a él por igual, pues sabía que merecía el mismo reconocimiento.

Iku no esperaba aquel gesto, resultando algo impresionado. Sin embargo, correspondió la inclinación de su cabeza, imitándola.

Los platos fueron recogidos y los pescados destinados a la venta se colocaron afuera de la casa.

Iku y Hanae se encargaron de atraer clientes, mientras Ima realizaba algunos recados en la ciudad, acompañada de Hoshi.

El chico le pidió a su ayudante que dejara la espada en el interior para evitar asustar a los clientes.

Hanae accedió, pues no quería causarle problemas a la familia, ni tampoco verse involucrada en otras situaciones incómodas.

―Muchas gracias, que lo disfrute ―dijo Hanae a un comprador con un tono inusualmente armonioso.