CAPÍTULO 6 #2
―Tienen técnicas peculiares…
―¿Lo quieres intentar?
―Vine a ayudar, ¿no?
Hanae se levantó, causando otra sonrisa incomprendida de Iku. Aun si estaba seria, tenía las mejores intenciones, sobre todo con las personas que la ayudaban incondicionalmente. En este caso, la familia Watanabe.
Siguiendo las poco detalladas instrucciones de Iku, Hanae tomó a un cormorán.
Lo trataba con el cuidado posible, sintiendo las plumas acariciar la palma de su mano.
Los animales vivos que, anteriormente, había tenido a su merced, terminaron siendo su cena en una fogata con el objetivo de sobrevivir al hambre del día.
La empatía que podía tener por ellos se reducía a la «sobrevivencia».
Sin embargo, no los hacía sufrir. A los ojos de esas criaturas, tal vez ella era el demonio del cual debían escapar.
Por eso, les demostraba que no tenían por qué temer…
antes de finalizar con su vida en la tierra.
Si la vida de Hanae se hubiera transcurrido con normalidad, quizás hubiera aprendido a tener una mascota que la acompañara, y no un conejo que terminaba siendo su alimento.
Era la primera vez que no tomaba a un animal para alimentarse de él.
Rodeó el lazo alrededor del cuello del ave, aprovechando su longitud, y lo ató de forma que, si tragaba un pescado, no llegaría más allá de la garganta.
Podía sentir el orgullo silencioso de Iku al verla seguir sus instrucciones.
Le dio un último vistazo al joven, esperando algún comentario especial de los tantos que tenía guardados.
Finalmente, lanzaría el ave al agua, en una libertad temporal.
―Ahora, esperamos… ―dijo Iku, levantándose y liberando otro cormorán. Ambas aves buceaban sin dificultad. Hanae las miraba, ignorando los vistazos fugaces que su acompañante le lanzaba. Presentía que pronto hablaría―. Me alegra ver que escuchaste mis instrucciones.
―Supongo que no lo hice mal…
Aun si quisiera creer que realmente era buena aprendiendo nuevas cosas con rapidez, se estaría engañando a sí misma.
Fueron días para aprender a bloquear los ataques de Hotako con una miserable espada de bambú; meses para dominar por completo la espada de acero; y un año para poder decir que dominaba todas las técnicas de ataque y defensa que su sensei le enseñó.
Sin embargo, aún debía aprender sobre el equilibrio mental, sin mencionar que le tomó cuatro meses poder coser una pieza de ropa, o dos semanas y media para mantener el equilibrio en el estanque que solía tener en su hogar.
Hanae siempre buscó respuestas para lo que ella consideraba «lentitud», pero desconocía que, a ojos de quién fue su sensei, la voluntad y motivación que poseía la convertían en alguien que aceleraba su aprendizaje; más que muchos otros hombres que creyeron nacer para ser samuráis.
―¿Así suelen conseguir los pescados? ―Hanae preguntó, pues no evitaba pensar que era una actividad curiosa, a pesar de que llevaba tiempo realizándose.
―¡Sí! Lo hemos hecho por muchos años, desde antes de que Hoshi naciera.
Mi madre dice que ha sido un negocio familiar desde su bisabuelo.
Mencionó algo de que un pescado le cayó en la cabeza y desde ahí se convirtió en pescador, aunque es curioso que eso suceda…
―Iku interrumpió sus propias prisas al platicar, después de ver la mirada de Hanae―.
Es decir… Sí, llevamos tiempo… pescando.
Él bajó la cabeza, castigándose a sí mismo por aquel hábito de hablar rápidamente. No lo había notado hasta que Hanae llegó.
―No me molesta que hables, Iku ―dijo Hanae y lo miró con compasión. Consideraba que quizás ha sido algo dura con él.
―Es que suelo hablar mucho… Sé que no te gusta, lo puedo notar.
Hanae sonrió ligeramente. Lejos de burlarse, le parecía irónico que Iku creyera que buscaba silencio.
―Por favor, habla…
Los pensamientos de Hanae se transportaron a sus días de soledad, cuando no tenía con quién conversar.
Recordaba el silencio después de la muerte de su madre; sus oídos se habían ensordecido mientras la mujer caía rendida en una escena ralentizada.
Recordaba las horas enmudecida mientras caminaba sin parar con callos en los pies.
O las noches donde sus sollozos eran su única compañía.
Se mintió creyendo que buscaba tranquilidad y silencio, pero la verdad era que se sentía mejor en el ruido de la ciudad y no en una noche sin grillos.
Iku notó esa mirada perdida, preguntándose a qué rincones de su mente había viajado.
Por alguna razón, percibía que no eran precisamente positivos.
―¿Estás bien…? ―Iku se atrevió a preguntar.
―Sí… Pero no dejes de hablar nunca. Eso nunca ha sido un defecto.
Hanae volteó a verlo y él pudo jurar que vio una pequeña sonrisa esbozarse en los labios ajenos, hipnotizándose automáticamente en la belleza de la joven. Era dos años menor que él. Hanae lo conoció once años antes de salir del pueblo masacrado y de pelear con un demonio de mil ojos.
―¿Tú estás bien? ―preguntó Hanae, al notar cómo Iku la miraba sin decir nada. No era la primera vez.
―Ah… ¡Los pescados! ―exclamó Iku, volviendo a la realidad y recordando su misión principal en aquel lago.
Junto a Hanae, atrajeron a los cormoranes de regreso al barco, repitiendo una y otra vez la técnica necesaria para extraer los pescados de las aves y depositarlos en una canasta, que poco a poco se fue llenando con ejemplares de buen tamaño.
Los peces más grandes no cabían completamente en los pájaros, así que sus colas resaltaban a las orillas de los picos.
Eventualmente, lo que la joven creyó que sería un trabajo lento y tedioso, resultó ser más dinámico e interesante que pescar con una lanza.
***
La luz disminuía su intensidad con el paso del tiempo, mientras continuaban con la ardua labor de pesca para el negocio ―y la cena de esa noche― de la familia Watanabe.
Habían perdido la cuenta después de recolectar diez peces.
Pasadas varias horas, llegó el momento de dejar descansar a las aves.
Los pescadores en las canoas cercanas se habían alejado, ocupándose de sus propios asuntos.
―¿Cómo solías pescar?
Iku había sido curioso desde su nacimiento, sin miedo a preguntar lo que deseaba o no comprendía; hablar era, al fin y al cabo, uno de sus pasatiempos.
Su madre decía que aprendió a decir sus primeras tres palabras antes de cumplir los nueve meses de nacido.
Lo bautizó como un niño «conversador», según su impresión del pequeño de cabellos claros.
Él contrastaba con su hermana, quien era más silenciosa, pero igual de curiosa.
―Con lanzas de madera o con mi propia espada… ―respondió Hanae, y lo vio alzar sus cejas en señal de sorpresa.
Hanae, a diferencia de Iku, aprendía a ser curiosa únicamente para los asuntos que involucraran demonios o que se relacionaran con su objetivo de asesinar a su supuesto padre.
Según los rumores, acerca de grandes ciudades, como Kioto, existían lugares específicos involucrados con asuntos fuera de lo normal; asuntos que se inclinaban a lo espiritual o sobrenatural.
Esa fue una de las razones por las que llegó a la ciudad, pensando que sus problemas surreales debían tratarse de la misma forma.
―Recuerdo cuando usaste la espada contra aquel hombre… ―Iku tragó saliva, reviviendo la escena en su mente―. Después de eso no te volvió a molestar… Ni él ni nadie se atrevió.
―Creo que ni siquiera lo intentaron… ―respondió Hanae, y llevó su espada envainada a su regazo.
Ante los rumores de que una niña, de larga trenza y cabellos negros, que portaba una espada, había cortado la mano de un cliente recurrente en el burdel, Hanae no paraba de recibir miradas que la juzgaban y analizaban al pasar por las calles.
Sin embargo, al parecer nadie mencionaba los gustos cuestionables del hombre de aquella noche.
Nadie hablaba de lo que él estuvo a punto de hacerle a una joven de su edad.
Al menos Iku nunca le contó a su madre sobre lo sucedido, ya que no quería que la mayor echara a Hanae de la casa por haber causado problemas en su primer día en Kioto.
Aunque una parte de él sabía que su madre era demasiado benevolente para echarla.
Más bien, la señora Watanabe terminaría criticando a toda la ciudad antes de hacer algo así.
Después de recordar lo sucedido, Hanae bajó la vista hacia su dedo, justo al área donde se había cortado anteriormente, y frunció el ceño.
Una pequeña cicatriz había quedado. Extrañamente, aún podía sentir el momento cuando el filo tocó su piel.
Era curioso: era la primera vez que le quedaba una marca.
¿Por qué una herida con su katana había sido distinta a un corte con mármol o a las garras de un demonio?
Las preguntas que pudieran surgir se desvanecieron cuando escuchó a Iku hablar.
―¿Puedo verla? ―pidió Iku, refiriéndose a la espada.
Hanae no se negó, pero lo dudó. Tardó unos segundos antes de sacarla y dejar a la vista el reluciente acero. Le permitió observarla desde la distancia entre ambos.
―Nunca había conocido a una niña que llevara espada… ¿Acaso eso está permitido?
―No me interesa si no lo es… ―dijo Hanae, con sinceridad. La joven estaba convencida de que nadie la detendría de utilizar la espada que le fue otorgada por su madre.
Posteriormente, Hanae se levantó y comenzó a mover la katana con agilidad a su alrededor, realizando pequeñas maniobras para volver a sentir el equilibrio del arma entre sus dedos.
Una pequeña demostración para el joven que la observaba maravillado, creyendo que ya nada en ella podía sorprenderlo más.
―Mi sensei me enseñó ―añadió, recordando que nunca le respondió a Iku su pregunta sobre quién fue el responsable de su aprendizaje―. Eso y otras cosas…
Lo miró, esta vez con una pequeña sonrisa genuina. Una sonrisa que cargaba cierta nostalgia.
Iku le correspondió la sonrisa. Probablemente, ambos jóvenes conectaban más de lo que parecía a simple vista, pero Hanae sabía que, tarde o temprano, tendría que marcharse en cuanto encontrara las respuestas que buscaba en Kioto.
Se había alimentado de sus comidas y ha sido testigo de las esquinas de la ciudad; sin embargo, mientras más barría las calles, más cerca estaba de seguir su camino.
Al recordarlo, interrumpió el hilo invisible entre sus miradas.