CAPÍTULO 6
LO QUE PUDIERA SER
La estadía de Hanae se alargó, conviviendo más tiempo de lo esperado con la familia de tres.
Las horas se convirtieron en días. Asimismo, se alargaron las excusas de su tío.
La joven les mencionó que él tuvo que irse de emergencia a un pueblo cercano.
La familia Watanabe no se quejaba, ni blasfemaba, ni siquiera sus miradas despreciaban, ni a otros ni a la invitada.
Sobre todo, la joven buscaba retribuir a aquellos que le brindaban alimento y techo: colaboraba en el negocio de la pesca, limpiaba y organizaba la casa sin emitir negación.
La cabeza de la familia, Ima, parecía enorgullecerse de quien, en otra vida, pudo haber sido su hija.
Sin embargo, Hanae intentaba rechazar pasivamente el cariño de aquella que no era su madre.
Recordaba que había visto morir a quien le dio la vida, la misma mujer que la maldijo antes de estar en su vientre.
De cierta forma, tenía manchada la imagen de las figuras maternas, incluida la de aquella simpática mujer que conoció tres días atrás.
Ima veía a Hanae con ilusión y cariño, pensando que una familia más grande no habría sido un mal sueño, aun después de que el hombre de su vida los abandonara. Por otro lado, Hanae pensaba que eran buenas personas, pero su corazón había sido cortado, así que su mente debía ser racional y enfocada.
―¡Hanae!
La voz de Ima se escuchaba desde el interior de la casa, siendo casi inaudible a los oídos de la joven, quien se encontraba en el área trasera del hogar. Con las piernas cruzadas, las manos sobre el regazo y los ojos cerrados, intentaba meditar frente a su espada.
Semanas atrás, notó que su cuerpo se curaba más rápido de lo normal cuando, por accidente, se cortó en el brazo con un cuchillo al ayudar en la cocina. La herida fue pequeña y solo unas gotas de sangre escaparon de su piel; no obstante, a los pocos minutos, había desaparecido.
Al parecer, la gravedad de la lesión determinaba el tiempo que su cuerpo tardaba en sanar. Incluso, las marcas de garras en su pierna, que un demonio le había tatuado un año atrás, habían desaparecido por completo, cuando deberían haber dejado una gran cicatriz.
Hanae tomó su katana, sacándola de la vaina, y alzándola sobre su cabeza.
El filo se iluminó bajo la luz del sol mientras una idea cruzaba su mente: intentar herirse con su propia espada.
La posicionó en uno de sus dedos y la deslizó en su piel, dejando un pequeño corte.
El terrible pensamiento de ser hija de un demonio la asaltaba a menudo.
Repiqueteaba en su mente como un terrible recordatorio.
Por ello, su intención era tener presente que, mientras su sangre siguiera siendo de un rojo intenso, seguiría siendo lo suficientemente humana para pelear por los humanos, ser parte de ellos y morir como tal.
En sus pesadillas, durante las noches que lograba cerrar los ojos, después de esperar alguna sensación gélida en su nuca, se encontraba en un mundo ardiente por las llamas del Jigoku que crecían desde el suelo.
Los sismos escupían lava desde las fauces de la tierra, mientras los demonios bailaban y fornicaban sobre los cuerpos inertes.
Algunas almas parecían débiles, privadas de toda libertad de movimiento.
En esos escenarios, se veía a sí misma sosteniendo cadenas en sus manos, arrastrando sin piedad a las almas, como si fueran animales de ganado.
Estaba cubierta por un cuerpo inhumano de escamas onduladas y garras.
De cierta forma, disfrutaba lo que sucedía, mostrando una expresión de satisfacción en su rostro antinatural.
Hanae se despertaba con culpabilidad por haber disfrutado lo que vio al dormir.
Eran pesadillas vívidas, impropias de sí misma ―de una niña―, pero se repetían a menudo, desbocando su corazón e impidiendo un sueño apacible.
Eran una razón para crear un ritual diario basado en la meditación, aunque autolesionarse con la katana era algo nuevo.
Al cortar su dedo, vio la sangre gotear lentamente, tan líquida como debía ser, cayendo en la hierba del pequeño patio.
Se mantenía en silencio, observándola, esperando a que el corte se cerrara, cuando Ima apareció.
Sus pasos tranquilos fueron lo primero que Hanae escuchó desde la puerta a su espalda.
Se acercó mientras secaba sus manos con un trapo; a juzgar por el olor que la joven percibió, la mayor estaba cocinando.
La armoniosa voz de Ima la llamó nuevamente, pero se intensificó en alteración al ver su dedo sangrando y la espada en su mano.
Se agachó, preocupada, revisando el corte.
―¡Hanae! ¿Qué sucedió? ―dijo Ima. Utilizó rápidamente el trapo para secar la sangre de la herida―. Te permití tener la espada en la casa, pero debes tener cuidado.
Hanae le había dicho que la espada se la regaló su madre antes de morir. Quizás aquella trágica revelación fue clave para apelar a los sentimientos de los residentes de la casa. De lo contrario, habría encontrado la forma de esconderla.
―Lo siento, me corté al sacarla… ―se excusó con una mentira.
A ese ritmo, se convertiría en una maestra de las historias falsas.
Sin embargo, solo estaba protegiendo a la familia de su realidad, y a sí misma de ser vista como ridícula al hablar de demonios.
Aunque las creencias sobre estas criaturas no eran tan extrañas para la población, el escepticismo existía.
Hanae ha tenido que sufrir por ese escepticismo.
―Es pequeño, ya desaparecerá…
Alzó su mano con la herida, mostrándola despreocupadamente.
―Está bien… ―Ima sonrió a medias y volvió a tomar el trapo de vuelta―. Iku necesita ayuda con la pesca. ¿Podrías acompañarlo? Está en un lago cercano a la ciudad.
Hanae notó el cansancio de la señora Ima, quien había comenzado a estresarse por el trabajo, después de haber pasado varias horas de la mañana llevando pesadas canastas de pescado para la venta.
La joven se había ofrecido a ayudarla, pero Ima se negó, por lo que no insistió más.
En ese momento, al verla pidiendo ayuda para continuar con las tareas, era obvio que no se negaría.
Optó por emprender marcha hacia el lago cerca de los bosques de Kioto.
Era un lugar perfecto para la pesca, pero los pescadores no abundaban en esa área, ya que la mayoría solía ir a las bahías.
Debido a que los golfos estaban algo lejos de Kioto, la familia Watanabe optaba por la opción cercana y con pescado de «calidad». Empleaban la pesca ukai ―un tipo de pesca que utiliza aves―; en este método se usaban canastas, lazos y cormoranes.
―Si no sabes pescar, te ayudaré. Es más simple de lo que crees, aunque tienes que confiar en las aves ―dijo Iku, cargando algunas de las cosas de camino al lugar―. Encontraremos el pequeño barco en las orillas, y no, no roban barcos.
―No estaba pensando en eso…
Hanae intentó no sonar fastidiada, aunque no tuvo mucho éxito. Sería su primera vez subiendo a un barco y pescando.
Tal como mencionó Iku, el barco estaba en las orillas del lago, rodeado de árboles. Las aves cantaban entre las hojas y los rayos del sol se colaban desde la cima para saludar a los visitantes. A ojos de Hanae, parecía un buen lugar para pasar el rato en compañía de la naturaleza.
―Aquí estamos… ―anunció Iku, quien empujó la canoa hacia el agua y se subió sin esfuerzo, dando un salto a su interior. Debido al peso del transporte en la superficie, algunas hondas se crearon alrededor de la madera.
Otros pescadores trabajaban arduamente en distintos puntos del lago.
Iku le ofreció su mano a Hanae para que pudiera entrar sin problemas, pero esta no la aceptó, pues entendía que no necesitaba ayuda para acomodarse en aquel transporte, y así fue, sentándose como si estuviera acostumbrada.
El joven emitió una mueca y bajó su mano.
Después de un tiempo conviviendo con ella, intentaba no sorprenderse ante sus gestos cortantes y desdeñosos hacia él.
Sin embargo, le resultaba imposible no ser amable.
―¿Sabes cómo pescar?
Antes de responder, Hanae miró a los cormoranes en la canoa ―de plumajes parcialmente cobrizos y detalles amarillentos en el pico― y a los objetos para la pesca.
Recordaba haber visto esas aves en lagos, y a veces visitando el estanque de su casa, pero desconocía su función en la actividad que estaban por realizar.
Había aprendido a pescar junto a Hotako, pero no del modo en que Iku tenía experiencia, sino usando lanzas o incluso su propia espada: métodos más rudimentarios, improvisados con lo que tuvieran a mano.
No obstante, sin importar con qué se capturaran los peces, sabían igual de deliciosos en la cena.
―Se podría decir que sí, aunque desconozco qué tiene que ver todo esto…
Hanae se sinceró, viendo cómo Iku se levantaba para preparar el método de pesca.
La canoa se tambaleó solo un poco mientras Iku sacaba un cormorán de la jaula y acariciaba sus oscuros plumajes con gentileza.
Poco después, ató una cuerda de cáñamo alrededor de su cuello.
A Hanae le impresionaba la tranquilidad del animal, el cual escaneaba el alrededor con sus ojos de azul intenso, dejándose manipular con más facilidad que un perro.
―Solo debes atar el lazo y liberar al cormorán en el agua.
El ave se encargará de atrapar los peces ―indicó Iku.
Y, tal como dijo, soltó al animal. El ave nadó en el lago, propulsándose con sus patas, hundiendo la cabeza un par de veces y saliendo de nuevo a la superficie.
Tenía una habilidad notable para bucear.
―Pero… ¿Cómo conseguimos peces?
Hanae estaba confundida, viendo los movimientos del cormorán. Esperaba no estar realizando preguntas obvias. Pudo ver a Iku reír levemente, pero ella se preguntaba qué le daría gracia. Incluso creyó que le hacía una broma de mal gusto.
―¿Estás mintiéndome? ―Alzó una ceja, con una seriedad que hizo que Iku guardara silencio.
―No, lo juro. Mira…
Iku jaló al cormorán de la cuerda, devolviéndolo al interior del barco, y el ave batió las alas.
Al sentarse, Iku colocó una mano sobre la garganta hinchada del ave, ahora más abultada que cuando lo vio salir de la jaula.
Hanae pudo ver cómo aplicaba presión, haciendo que, eventualmente, el pescado que había tragado emergiera a la superficie, sacando primero la cola y luego el resto.
Observó todo el proceso con curiosidad, y quería creer que estaba lista para intentarlo.