Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

No pudo finalizar de hablar, pues el hombre lo empujó con fuerza, sin importarle que era un niño. Iku cayó al suelo, golpeándose la cabeza.

―Vendrás conmigo, niña.

El hombre la tomó del brazo, listo para partir hacia un lugar desconocido. Con una diferencia de edad notable o no, Hanae nunca aceptaría.

Por un segundo, no lo detuvo, intentando analizar lo que sucedía.

Para ella, el tiempo se ralentizaba mientras sus pensamientos avanzaban rápidamente.

En ese momento, su sentido de supervivencia confundió al hombre con un demonio.

Pensó que sería llevada hacia su padre después de tanto tiempo, que la habían encontrado y atrapado con éxito.

Su piel se erizó, aunque no hacía frío. Sus párpados se abrieron con genuino temor, como si una criatura de grandes colmillos estuviera a punto de abrir su boca y tragarla para siempre.

Se tensó completamente, desde los dedos de sus manos hasta la última esquina de una hebra de cabello.

Su respiración también parecía haberse detenido en el tiempo.

Giró su cabeza hacia atrás y vio a Iku gritar y levantarse lentamente del suelo.

Las demás personas ignoraban lo que sucedía o no lo notaban.

La joven cerró sus ojos, negando con su cabeza y comprendiendo que era obvio que no era raptada por un ser del tártaro.

Se fijó en sus brazos, su cuerpo y su cabeza…

Solo era un humano con gran maldad habitando en él.

Esa malicia no se comparaba a cualquier otra persona que haya conocido.

Podría no ser un demonio; sin embargo, su deseo tentativo y carnal hacia una menor era lo que lo convertía en uno.

―¡Dije que no! ―gritó Hanae.

Sacó su katana y, de un tajo, le cortó la mano al hombre que intentaba llevarla.

Él se giró, tan atónito que su rostro palideció, y sus labios se abrieron en una «O» mayúscula.

Pronto, los alaridos salieron llenos de temor y dolor al ver su mano fresca en el suelo.

Tomó el brazo incompleto, intentando detener la fuente de sangre que brotaba de él.

―¿¡Qué has hecho!? ―gritó con desesperación. A pesar de su notable musculatura y terquedad, parecía estar al borde del desmayo.

A los alrededores, todos prestaron atención.

Lamentablemente, Hanae tuvo que recurrir a la violencia para que notaran la escena.

Ignoró al hombre sangrante y se agachó para tomar la moneda de oro que había caído de los dedos de éste.

Luego iría hacia Iku para ayudar a levantarlo.

El joven tenía casi la misma mirada estupefacta que el hombre.

El chico fijó su vista en Hanae y en su espada.

―Ha… Ha… ―intentaba decir su nombre, pero tartamudeaba como un niño pequeño, a pesar de que era dos años mayor que Hanae.

―Vámonos de aquí ―dijo, y lo tomó del brazo para caminar de vuelta a la casa. Recordaba el camino.

Hanae guardó su espada ensangrentada en la vaina y comenzó a guiar a Iku.

Al doblar en dos esquinas, no recibió ni una palabra del chico, soltándolo después de unos minutos. La joven practicaba el arte de reprimir emociones, por lo que no le interesaba lo que él pensara de ella, aunque sentía que no serían pensamientos positivos.

―Le… cortaste el brazo ―expresó Iku débilmente.

Hanae no respondió. Caminó sin mirarlo, intentando imitar el rostro de piedra de Hotako. Sin embargo, no esperó lo siguiente:

―Genial…

Ella frunció el ceño, notando una sonrisa emergente en Iku.

―¿Te pareció… genial?

―¡Claro! ¡Le diste su merecido! ―Iku apoyó con ademanes―. Mi madre dice que la ciudad está llena de peligros, y él era uno de ellos. ―Hizo una pausa, mirándola; en su mente, se maravillaba por la recién conocida―. ¿Dónde aprendiste a usar la espada?

Hanae no respondió.

―Vamos… al menos dime eso.

―Por mí misma.

La joven limitó sus palabras, pero Iku no sabía hacer lo mismo. Él no sabía limitarse.

―Dudo que haya sido por ti misma. Usar una espada no es como pescar o… ¡cabalgar! Ni siquiera como mercadear. Es más que eso. ¿Has visto a los samuráis? Se vuelven expertos después de ser entrenados toda su vida. ¡Toda su vida! Es un largo tiempo y…

―¡Iku! ―Hanae se giró de repente, causando que casi chocaran.

Para ser pequeña, tanto en edad como en tamaño, tenía la actitud de alguien que había pasado por mucho, y así era: debía estar en duelo por la posible muerte de su sensei.

Sin embargo, omitía cualquier impedimento en su camino, incluidos los sentimientos―.

No somos amigos, ni lo seremos… Solo estoy de paso.

Lo dejó en claro, viendo cómo el rostro de Iku decaía poco a poco. Él asintió una vez.

―Sí, eh… Lo comprendo, eres nuestra invitada, ya sabes… Quizás te gusten los cangrejos…

Antes de finalizar de hablar, Hanae ya había avanzado en el camino. Esperaba no encariñarse con la familia Watanabe.

Se lo ponía difícil, tanto a sí misma como a los demás.

Tenía miedo… Un miedo que me ha acompañado toda mi vida, aun si he querido negarlo.

Aquel chico era tan… llamativo. Era enérgico, amable y un poco torpe.

Sin embargo, no era una mala persona. La familia Watanabe no eran malas personas.

Entre tantas personas terribles que me he cruzado en los caminos tambaleantes de mi vida y en mi agrietada infancia, ellos han sido una inolvidable excepción.