CAPÍTULO 5 #2
Analizó las vestimentas de cada uno, las cuales daban a entender que se trataban de campesinos o mercaderes.
No era una experta analizando personas, pero notaba las diferencias entre aquellos en la nobleza y los que tenían vidas más humildes.
Pensó en rechazar la oferta nuevamente, con suerte comprenderían y se irían, pero sabía que sería más tardado caminar hacia la ciudad que ser transportada.
―¡Vamos!
La mujer insistió una vez más.
―Está bien… ―aceptó Hanae.
Los caballos se detuvieron, permitiendo que se subiera al carro. La mujer la ayudó, ya que Hanae era más baja que la plataforma. Una vez con sus pies adentro, volvieron a emprender camino. Hanae tenía pensado mantenerse en silencio, aunque no se lo harían fácil.
―¿Por qué vas a Kioto, niña? Nosotros venderemos algunos cangrejos y pescados frescos, y con suerte ganaremos buena paga por ellos.
―Voy a visitar a mi tío… ―mintió.
―La familia es muy importante. ¡Siempre lo he dicho! Por eso viajamos juntos. Somos la familia Watanabe. ¿De dónde vienes?
―Soy de Kibi Plain…
Kibi Plain estaba muy lejos, por lo que notó algo de sorpresa en la mujer al mencionar que de ahí provenía.
―Pero hace un tiempo me mudé cerca de Fukuchiyama… ―explicó, recordando que en esas cercanías estaba la colina de Hotako, según lo que el sensei le había indicado.
Hanae decidía responder las preguntas para no verse grosera o sospechosa de que algo escondía, pareciendo notablemente tímida.
―¿Y tus padres? ¿Te dejaron venir sola? ―intervino el joven. Posiblemente, tenían edades similares.
―Mi… mi madre murió hace un tiempo.
Detestó decirlo en voz alta, como si reafirmaba la realidad que prefería negar.
―Oh… ―expresó el joven con sorpresa en su rostro, mientras la mujer mostraba tristeza―. ¿Y tu padre?
Esta vez no contestó, evidentemente era un tema complicado.
Deseó decir que estaba muerto, pero sabía que no era cierto.
Tan solo desvió la mirada en silencio, fijándose en el trazo de las ruedas del carro sobre la ruta que dejaban atrás.
Se giró únicamente al escuchar cómo la mujer le pegaba en la cabeza a su hijo, quien se frotaba el área adolorida.
―¿Qué te he dicho, Iku? Compórtate ante los desconocidos.
―¡Auch…! Lo siento…
Iku iba a pronunciar el nombre de la chica hasta darse cuenta de que no lo sabía.
―¿Cuál es tu nombre, niña? ―volvió a interrumpir la señora.
―Hanae…
―¡Muy bonito nombre! Poco común de hecho. Soy Ima, él es Iku y ella es Hoshi, mi hija menor ―dijo, señalando a cada uno.
―¿Sabe si hay lugares para dormir en Kioto? ―Hanae se atrevió preguntar, continuando con la mentira―: Quizás deba descansar mientras espero a mi tío. Le gusta salir a cazar y mencionó que llegaría tarde.
―¡Oh! Claro que hay, pero podrías quedarte con nosotros, es más seguro para una joven como tú. Incluso prepararemos comida al llegar. ¿Tienes hambre?
Claro que tenía hambre. Su estómago pareció emocionarse por la noticia de que tendría comida ese día.
Hanae los miró, sorprendiéndose de la amabilidad que mostraban.
Si bien eran una familia humilde, como muchas otras, no temían compartir lo que tenían con una desconocida.
Por ahora, parecía ser un nuevo capítulo en su vida.
Sin embargo, quería tener cuidado para evitar repetir lo sucedido con Hotako.
Quizás no permanecería mucho tiempo en un solo lugar.
Aún estaba nerviosa después de haber visto la monstruosidad en la colina, e incluso dudaba de sus objetivos.
***
Los caballos redujeron su cabalgar en las puertas de la ciudad de Kioto.
Hanae abrió sus ojos con un brillo genuino, no solo por la iluminación del día, sino también por lo maravillada que estaba.
Era su primera vez en un ambiente urbano tan llamativo, el cual contrastaba con la vida humilde y tranquila de los pueblos con los que se ha cruzado.
Había todo tipo de negocios en las calles, así como estructuras grandes de arquitectura interesante, siendo más altas que su antigua minka.
La ciudad poseía una colorida arquitectura en sus alrededores, y algunas personas se transportaban en kagos ―un tipo de litera utilizada como medio de transporte, cargada entre dos personas― a través de los caminos.
Sin embargo, la joven dudaba que fuera cómodo para aquellos que funcionaban como caballos.
―¡Aquí es! ―anunció la señora y el carro se detuvo.
Hanae se bajó antes que los demás, admirando su alrededor y entendiendo que esa ciudad era una maravilla. Para haber sido parte de la nobleza japonesa, no lo parecía, ya que estuvo más cerca de los pueblos remotos que de las ciudades de Japón y de todo lo que estas ofrecían.
―¿No vienes, Hanae? ―escuchó a Iku a sus espaldas. Este cargaba las bolsas de mercancía al interior de su hogar.
―Caminaré un poco. Volveré más tarde.
Podría decirse que había olvidado incluso su razón de ir a Kioto.
Caminó por los alrededores, llenando el vaso de su curiosidad.
Pasó por negocios de pescados, de vestimentas, puestos de comida, personas jugando con fichas en algunas mesas; los mismos juegos que solía tener en su casa y disfrutaba junto a las criadas.
Los sonidos llamaban su atención: risas, voces armoniosas y una pequeña campana que sonaba cada vez que una mujer salía de unas puertas.
No era tonta, así que no le costó mucho tiempo identificar que se trataba de un burdel.
Kioto era una gran ciudad con acceso a placeres, así que no podía esperarse menos.
Su madre decía que los burdeles eran un nido de víboras y que meterse ahí asesinaba una parte del alma.
Sin embargo, a Hanae le causaba gracia el dramatismo.
En su inocencia consideraba que solo eran mujeres con necesidades, así que no podía juzgarlas.
―¿Qué miras…? ―se escuchó una voz masculina a sus espaldas.
Al girarse, vio a un hombre robusto, cuya mirada estaba cargada de picardía.
―Vienes de ahí, ¿cierto? ¿Qué tal si te doy una moneda por una noche?
El hombre alargó su mano hacia la mejilla de Hanae, tocándola con una delicadeza inexistente, debido al áspero de su palma con llagas. Entre sus dedos sostenía una moneda de oro.
―No soy del burdel, lo siento… ―respondió Hanae e intentó irse. Su intención era desviarse hacia otra calle, pero el hombre la detuvo.
―Yo creo que sí… ―él insistió.
Hanae era hermosa desde su corta edad, digna de los deseos prohibidos de un hombre que ignoraba los impedimentos y las bases morales de sus pensamientos.
―Dije que no… ―Hanae colocó una expresión seria e intentó irse nuevamente.
―¡Hanae! ―escuchó a Iku corriendo a su dirección. Él había notado lo que sucedía desde la distancia, así que decidió encarar al hombre―. ¡Vete de aquí! Molesta a alguien de tu…