Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

ENTRE HOMbrES Y DEMONIOS

Aves… Hanae las envidiaba. Surcaban sobre su cabeza hasta alcanzar las nubes sin acercarse a los problemas de la humanidad, o siquiera vivirlos.

Por su naturaleza, se exentaban de cualquier responsabilidad o tareas, de trabajar arduamente para suplir sus necesidades, e incluso de evitar ser asesinados por demonios.

Las vidas de aquellos animales voladores era simplemente nacer, comer, reproducirse y morir.

Era un ciclo que podría aplicarse a los seres humanos, pero no siempre seguía el mismo orden o constancia.

El odio y la venganza eran solo dos de los ingredientes que formaban parte del desarrollo de la vida de Hanae Yoshida.

Años antes de pelear contra el Demonio de Mil Ojos, la joven Hanae había escapado después de bajar la colina de su sensei. Él le pidió que se alejara mientras se enfrentaba a aquel monstruo proveniente del mismo infierno.

Durante toda la noche no se detuvo. Corrió sin parar y solo tomó pausas para respirar.

A veces intentó descansar; sin embargo, la paranoia la impulsó a continuar.

En un punto, se dejó caer en alguna parte del bosque, agotada y sin aliento.

Algunos de sus cabellos rebeldes cayeron sobre su frente, y sus manos tocaron la tierra humedecida, que emitió un aroma a geosmina que no dudó en inhalar.

Mientras Hanae miraba la tierra del bosque, recordó la primera vez que se alejó de la colina donde vivía el sensei Hotako.

Él le había pedido que se aventurara hacia un pueblo cercano para que consiguiera unas carnes para la cena.

Le había otorgado algunas monedas, así como una bolsa para guardar el alimento.

Tuvo miedo de separarse de aquella figura masculina, pues se sentía segura a su lado, pero su mirada era tan severa que no tuvo de otra que ir al lugar indicado.

Esa vez, repasó mentalmente las indicaciones para llegar a la aldea, escudriñando su entorno con creciente paranoia.

Sentía que los demonios sanguinarios saltarían para asesinarla en cualquier momento.

Eran imágenes que surgían incluso antes de cerrar sus ojos en la noche.

Sin embargo, llegar al pueblo fue peor de lo que imaginaba.

Los rumores de que una niña pequeña, de cabellos trenzados color carbón, había escapado de la casa más grande de esa zona de Japón, después de haber sido inexplicablemente atacada por monstruos, convertía a las personas en paranoicas.

Los supersticiosos, los cuales abundaban en los pueblos, rumoreaban sobre «una joven maldita» o «endemoniada», ya que no creían posible que cualquiera escapara de tales criaturas.

Mucho menos una niña. Sin embargo, lo más extraño para ellos, era el hecho de que una casa haya sido atacada por seres del inframundo.

Se preguntaban qué habría hecho la matriarca del hogar para atraer la atención de esas criaturas.

Por tal razón, en cuanto vieron a Hanae pasearse por su pueblo, comenzaron a gritarle y a tirarle cosas. Le decían: «Vete de aquí y no maldigas este pueblo».

Entre otras frases despectivas llenas de desprecio.

Había vuelto con Hotako, derramando lágrimas de sus ojos, sin las carnes y con sus cabellos y ropas sucias por los alimentos que le habían lanzado.

El rostro del hombre pareció endurecerse más al verla.

Recordaba perfectamente cómo le dijo: «Nunca dejes que te vean llorando, sé fuerte. Tienes que demostrar que lo eres».

Después de esas palabras, Hotako se dirigió al pueblo junto a ella para darles una lección a quienes la habían hecho sentir como una hereje. El sensei clamó por los culpables y luchó mano a mano contra los hombres que se burlaron al ver a un viejo desafiarlos. Sorpresivamente, él ganó.

Los había humillado, demostrando que su edad no era motivo para creer que era un hombre débil.

Las memorias de la joven Hanae se habían remontado hacia aquel pueblo; sin embargo, evitaría ir hacia allá, ya que temía sufrir el mismo destino.

Se levantó del suelo, sacudiendo la tierra de sus manos, ropa y rostro, aunque sin poder despejar las manchas de suciedad que quedaron en esas áreas.

Desconocía qué tan lejos había corrido, durante cuánto tiempo había estado escapando, o en qué parte del bosque estaba.

Ahora bien, a juzgar por la ausencia de presencias inhumanas y por el canto armonioso de las aves, estaba a salvo…

por ahora. El principal problema era conocer su ubicación.

Si bien había estudiado algunos mapas de Japón con su madre, le estaba costando comprender qué tan lejos estaba de su minka y qué tan cerca de alguna ciudad. El mundo era más grande de lo que creyó, incluso más aterrador.

Estudiar los mapas del país era uno de los varios aprendizajes que su madre se empeñó a enseñarle.

Raras veces salía Hanae de casa, pues solía estar inmersa en estudios.

La mayor acostumbraba a mantener las puertas y ventanas aseguradas, jurando proteger a su hija de los peligros del mundo.

Sin embargo, después de haberle revelado la verdad acerca de su padre, era obvio que no se trataba solo de eso.

―Colina…

Hanae señaló hacia atrás, teniendo en mente adónde no debía regresar.

Miró a través de las hojas de los árboles, en aquellos espacios que permitían ver el cielo.

En una dirección había montañas y en la otra no.

Si su memoria no le fallaba, era una sierra de montañas a su derecha, por lo que no debía haber civilización en sus cercanías.

En cambio, la otra dirección parecía prometedora.

De todas formas, no podía darse el lujo de ir a ciegas, así que analizó la altura de los árboles y su estructura.

Sus ramas podían servir de escalones hacia la cima.

Anteriormente, había escalado las estructuras de su minka, y todo lo que rodeaba su terreno, así que no creía que subir un árbol fuera tan difícil. O eso esperaba…

Colgó su espada envainada en su espalda.

Hotako le había brindado un soporte para no tenerla sostenida únicamente con sus manos.

Era útil, ya que le permitía mantenerla consigo sin riesgo a perderla.

Luego avanzó con rapidez, pasando desde la tierra hacia una gran roca.

Se impulsó hacia la rama. Fue más fácil de lo que pensó, quedando sentada sobre la extremidad del árbol.

Las demás ramas parencían hacer zigzag alrededor del tronco, como si se mezclaran entre sí, creando una obra abstracta ante los ojos de la joven, cuya altura no se comparaba con la de aquel inmenso árbol.

Hanae comenzó su ascenso, precavida de no dar un mal paso y sosteniéndose con fuerza. Mientras más subía, más peligrosos eran sus intentos de escalada. Una caída desde esa altura podría romperle el cráneo… pero no quería ni imaginárselo.

La niña confío su peso a varias ramas que parecían firmes, ignorando a las frágiles o pequeñas que no podrían aguantarla. Sin embargo, en el momento en que los vientos otoñales soplaron y movieron su trenza, y la claridad se hizo más presente a su alrededor, supo que había llegado a la cima.

Hanae, manteniéndose sostenida del tronco, dirigió su vista a sus alrededores, confirmando que estaba en lo cierto.

En una dirección carecían árboles y se podían ver unas estructuras que se alzaban a lo lejos.

Parecía ser una ciudad. Posiblemente, si se apresuraba, llegaría antes del anochecer.

Necesitaba agua, comida y un lugar para descansar que le sirviera de refugio…

Además, esperaba averiguar más sobre los demonios.

Debía haber alguien con conocimiento de ellos en una gran ciudad, ¿no?

O, en su defecto, numerosos escépticos que la tildarían de estar loca.

Inició el descenso con la misma cautela con la que había escalado minutos antes. Bajar resultaba más sencillo que subir, pero no deseaba apresurarse.

Finalmente, volvió a tierra firme sin percances, y allí pudo ver a una familia de hormigas pasar en fila cerca de sus pies, en dirección a un escarabajo moribundo que pronto atacarían para alimentarse.

Hanae supuso que la unión hacía la fuerza; no obstante, ella estaba sola, y nunca era normal ver a una niña de su edad vagar por las calles con una espada en la espalda.

Si le preguntaban por qué llevaba una katana, aconsejaría que más de un niño debería aprender a defenderse, pues había cosas peores que los humanos acechando en las sombras. Sin embargo, la creerían bruja… o algo por el estilo.

Hanae se mentalizó en que, después de que estuvo corriendo por un largo tiempo, ahora tendría que caminar por varias horas.

Si bien sería cansado, más de una vez se había probado a sí misma y a su sensei que podía lograr lo que se propusiera.

Además, su resistencia había mejorado con el paso de los años, quizás de una forma más rápida de lo normal en un ser humano.

Caminó como si paseara por una pradera floreada en algún paraíso celestial; sin embargo, su mente viajaba por un campo de muerte que pudiera expandirse en cualquier instante.

Cada sonido u olor mantenía sus sentidos alerta: aves, hojas moviéndose, ramas rompiéndose bajo sus pies, los pasos que daba…

De pronto, algo en particular llamó su atención.

Llegó a un camino que, según sus vagos cálculos, la llevaría al lugar que vio desde la cima.

Consideró que no tenía nada que perder si seguía esa ruta, así que decidió tomarla. Sin embargo, a los pocos minutos, un sonido captó su atención: eran las rápidas pisadas de unos caballos chasqueando contra el sendero.

Al mirar atrás, notó que transportaba un carro con canastas, posiblemente mercancía, y a unas tres personas. Decidió ignorarlos y que continuaran su camino, pero ellos no hicieron lo mismo.

―¡Niña! ―exclamó la mujer que guiaba los caballos, reduciendo su marcha―. ¿A dónde te diriges? ¿Estás sola?

Hanae no respondió, parpadeando una vez.

―¿Por qué no vienes con nosotros?

―Estoy bien, gracias…

Esbozó una leve sonrisa y continuó su camino. Se trataba de desconfianza y, al mismo tiempo, prefería arrastrar los peligros por sí sola.

―Vas a Kioto, ¿no? Nosotros también, al parecer el destino nos ha unido.

Hanae volteó a ver a la mujer de rostro simpático, cuyas palabras le hacían pensar que era religiosa.

Tenía una amplia sonrisa y parecía agradable.

Los demás, una niña pequeña y un joven, se veían apacibles.

El chico tenía el cabello claro, lo que resultaba llamativo, y dudaba de que fuera completamente japonés.