Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

MIL OJOS

Hanae se subió al único caballo que quedaba para iniciar el galope lejos de aquel pueblo masacrado.

Parecía ser un ciclo sin fin. Cada vez que sentía que una fuerza amenazante estaba en camino, se alejaba para evitar la muerte de inocentes.

Sin embargo, no fue lo suficientemente rápida esta vez.

Las llamas que envolvían las casas humildes se alzarían hacia el cielo y los cuerpos de pueblerinos mancharían los suelos de la zona.

Hanae lo lamentó, pero ya no podía hacer algo para cambiarlo.

Muchas veces pensó en entregarse a Nobukatsu, o simplemente en acabar consigo misma, pero no podía dejar que la muerte de su madre, y de las personas que de alguna forma la ayudaron, fuera en vano.

Si la única Yoshida que quedaba nació para morir, moriría, pero no mientras su padre existiera en el Jigoku.

Decidió que seguiría sus huellas y destruiría a cada demonio que interviniera en su camino.

Hanae no se planteó su objetivo de destruir a su padre y vengar la muerte de su madre al instante.

Primero, conoció la muerte con sus propios ojos.

Lloró hasta que el estanque de lágrimas se vació por completo; sufrió en soledad y comprendió que, mientras Nobukatsu siguiera existiendo, la deuda no estaría saldada.

Además, el odio que había recolectado hacia los demonios con el paso de los años, era tan denso que cegaría a todo el mundo si se materializara como una sombra fuera de sí misma.

El ligero frío que solía recibir en su nuca antes de algún ataque, era un presagio de que algo estaba cerca de ella, captando su esencia en el lugar.

Era un útil sexto sentido que la ayudaba a movilizarse en más de una ocasión; antes de que fuera tarde, o antes de que las cosas empeoraran.

Sin embargo, había ocasiones en las que, inevitablemente, debía detenerse y pelear.

El lugar más próximo en su camino era Tokio, y estaba a un día a caballo, por lo que, si quería llegar con el sol alzado e iluminando los cielos de la mañana, debía continuar.

El caballo, luego de trotar por una hora, daba pasos pausados en el camino visible.

El sonido de sus pisadas resaltaba en el lugar, aparte del ininterrumpido canto de los grillos conversadores.

En silencio, Hanae disfrutaba de la tranquilidad que le ofrecía aquella noche rodeada de bosques, los cuales siempre transportaban aromas entre sus hojas.

Sin embargo, no podía negarse que estaba alerta, esperando todo y nada a la vez.

Tenía una gran intuición que tuvo que desarrollar ante la costumbre de ser perseguida durante años.

Al haber pasado un rato más, Hanae pudo escuchar la respiración pesada del caballo.

Aun si ella podía aguantar más en el asiento, el animal debía descansar.

Miró a su alrededor, pues también había sentido algo cerca.

Era un bosque que escondía más de una criatura entre sus troncos y frondosidad y, posiblemente, algún demonio.

Desvió al animal del camino y ató sus riendas cerca de un lago para que pudiera hidratarse. Hanae también aprovechó para agacharse frente a las oscuras aguas y beber un poco de las mismas, utilizando sus manos como tazón. La frescura pronto llegaría a su garganta, calmando su sed.

Admiró la calma del cuerpo de agua y pensó que podría ser un buen lugar para descansar, en caso de no haber algo cerca. Los grillos indicaban que todo estaba bien por el momento, pues su leve canto continuaba.

Hanae no sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez que comió, así que dejó al caballo en el lugar y, acompañada de su katana envainada, se adentró en busca de alimento.

A tales horas de la noche, detestaba los bosques, ya que no era tan fácil encontrar alimentos o refugio. Al menos los cielos no parecían tentados a llover, aunque el frío podría no tener piedad.

Caminaba entre las hojas y la tierra, activando todos sus sentidos en búsqueda de algún conejo fuera de su toque de queda o de algún animal salvaje que paseara entre la oscuridad.

La luz de la luna se hacía notar a través de los altos árboles, brindándole una lámpara en su camino.

Aún portaba su kasa sobre la cabeza, así como la vestimenta campesina, un tanto deshilachada en alguna esquina; las manchas de tierra y la sangre de demonio continuaban impregnadas en ella.

Tarde o temprano tendría que conseguir un cambio de ropa.

Se detuvo en seco al escuchar un sonido de una rama rompiéndose y se agachó detrás de unas hojas. Fijó su vista al frente.

Al inicio no visualizó nada, pero pronto aparecería un pequeño animal.

Era peludo y con una apariencia similar a la de un mapache.

Se trataba de un tanuki. Probablemente, había salido a buscar comida para sus crías, las cuales no debían estar lejos.

Sin embargo, Hanae no necesitaba a toda la camada para cenar esa noche, por lo que desenvainó su espada con intención de acercarse y, antes de siquiera dar un paso, algo cayó.

Una «masa» se desplomó como un brazo sobre el animal, recogiéndose poco a poco sin dejar rastro del mismo en la tierra.

Al verlo mejor, resultó ser una criatura con bolas de distintos tamaños y ojos en todo su alrededor. En ese instante, su memoria se transportó a la colina de su antiguo sensei: era la misma criatura que había visto antes de correr. Hanae frunció el ceño con desconcierto.

Si eso está vivo significa que… Hotako…

Hanae cerró sus ojos oscuros, arrepintiéndose de haber dejado solo al hombre años atrás, a su merced en una pelea que, al parecer, no ganó.

Reprimió la pena que sintió. Su maestro solía ser serio y poco expresivo, conteniendo sus propios demonios internos, pero este la había ayudado sin pedir nada a cambio.

Incluso se había ganado su cariño durante todo el año en el que convivió con él.

Un año en el que estuvo entrenando intensamente.

Fue regañada y golpeada, pero también adquirió enseñanzas que aún guarda consigo.

Abrió los ojos nuevamente, sacando su katana, la cual emitió un sonido metálico al desenvainarla. Hace poco había peleado con demonios; sin embargo, mientras más peleaba, más rápido se desharía de ellos en la tierra. O eso pensaba mientras soltaba un suspiro, preparándose mentalmente.

Afiló la mirada en dirección al demonio y se lanzó con rapidez hacia el frente. Sus pasos la impulsarían sobre la tierra adoptando gran velocidad. Parecía ser una ligera pluma, casi insonora.

Acometería con un tajo horizontal hacia aquella masa colosal, pero esta no se inmutaría, y la herida abierta se cerraría en cuestión de segundos.

Existían demonios con una curación lenta, por lo que eran más débiles.

En cambio, otros eran capaces de cerrar sus heridas con mayor rapidez; estos solían tener un rango de poder superior.

―Ya veo…

Hanae blandeó la espada en el aire con agilidad, como si fuera una rama ligera. La giraría entre sus dedos hasta detenerla, nuevamente, en su palma.

Una vez sintió el mango de cuero en su mano, corrió hacia su objetivo.

Uno, dos y tres tajos más… Su espada cortaba con facilidad, pero parecía atacar a la nada.

El demonio la miraba con sus miles de ojos, captando cada movimiento de la espadachina. Por lo tanto, Hanae decidió cegarlos, uno por uno, aunque eran tantos que su esfuerzo no sería suficiente.

De pronto, la criatura realizó su primer movimiento mientras Hanae estaba por arremeter en un costado.

Un lado de la masa vibró frente a ella, similar al movimiento del agua en una olla hirviendo.

Ella frunció el ceño y, antes de comprender qué sucedía, este sacó una mano de su interior.

Tomó a la joven del cuello e intentó atraerla a él.

Rápidamente, la espadachina reaccionó y movió la katana cortando el brazo.

La extremidad estaba cubierta con la textura gelatinosa del monstruo, pero al amputarlo dejó ver un brazo humano.

En ese instante, diez brazos más salieron de la criatura infernal para atraparla.

Hanae utilizó su espada con la misma agilidad que, con el tiempo, se había vuelto parte de ella.

Giró la katana a su alrededor, cortando las extremidades que caerían y formarían parte del césped; aunque, mientras más brazos eran amputados, más aparecían sin descanso.

En algún punto, la mujer sería sostenida de sus extremidades con fuerza, sin poder moverse con libertad.

Poco a poco sintió que la masa gelatinosa la tragaba.

El demonio la estaba introduciendo en su interior.

Desde una pierna y parte de la cadera, hasta un brazo, quedando solo la mitad de su cuerpo en el exterior.

El monstruo era lento, pero difícil de matar, razón por la que la espadachina rezaba para que Hotako hubiese escapado a tiempo, aunque no estaba segura de ello.

Hanae, atrapada en una masa endemoniada que tragaba seres humanos, decidió que no iba a ser su final. Aún tenía mucho por recorrer.

Con todas sus fuerzas intentó levantar su brazo, a pesar de que las manos poseídas intentaban impedírselo.

Apretó sus dientes, emitió un grito de esfuerzo, y su mano fue liberada junto a la espada.

Cortó las extremidades que la sostenían a su alrededor y fue liberada en el aire.

Antes de impactar en el terreno, dio una voltereta y cayó agachada con una mano en el suelo y otra detrás de su espada.

La espadachina alzó una mirada de odio hacia su enemigo, omitiendo una mueca que amenazó por salir.

La sensación de haber tenido aquella viscosidad rodeando sus extremidades, no le dio más que asco y ganas de demostrarle lo que sería el dolor; si es que acaso lo sentía.

Antes se detuvo a analizarlo, notando que la «piel» del demonio parecía haberse reducido al cortarle los brazos que ahora yacían en el suelo.

Si continuaba perdiendo extremidades, posiblemente, desaparecería.

Hanae solo tendría que lidiar con los ojos que vigilaban su trayecto y cuidarse de no ser sometida una vez más.

De acuerdo, demonio… Veamos si puedes con esto.

Una vez más, Hanae lo embistió.

El demonio convirtió toda su masa en miles brazos, simulando a un erizo. Poseía extremidades incontables, lo cual le generaba pensamiento inquietante a la espadachina.

¿Cuántos se habrá tragado…?

Se veía como un trabajo difícil, pero no imposible. Hanae haría uso de su entorno, aprovechando los árboles para impulsarse en sus alrededores. Cortaba al demonio y continuaba moviéndose, repitiendo su accionar sin descanso.

Los brazos caían, el demonio se estremecía y los ojos que poseía se reducían.

La katana tajaba la carne sin esfuerzo, tanto cegando como eliminando.

En un momento, la mujer iba a ser atrapada.

En cambio, dio un giro en suspensión, estando en el aire, logrando esquivar la extremidad que se dirigía hacia ella.

En el proceso, la separaría del cuerpo del demonio.

Al final, parecía ser que el demonio se derretía continuamente, volviéndose una pequeña bola con un solo ojo. Estaría rodeada de los brazos de todas las víctimas que, durante años, digirió en su baboso interior.

―¿Algunas últimas palabras? ―desdeñó seriamente, estando frente a aquel ser inservible.

Sus palabras guardaban cierta ironía, ya que el demonio no tenía boca, solo un único ojo que no dejaba de mirarla. Era difícil saber qué decía su mirada, si es que acaso ese demonio era capaz de pensar…

―Eso pensé…

Clavó la punta de su katana en el centro del iris inhumano y un ligero humo rojo salió. Al instante, el demonio pareció disecarse, perdiendo la vida, y quedando como una masa empolvada que pronto se desintegraría.

Hanae vio a su alrededor. Todos aquellos brazos, ahora sin ojos o texturas viscosas, se descompondrían con la naturalidad mundana.

Eran tantos, provenientes de hombres, mujeres y niños que jamás imaginaron que serían tragados por tal bestia.

Sin embargo, le reconfortaba saber que el demonio no volvería a nacer, gracias a la obsidiana en su espada.

Al mismo tiempo pensó en Hotako. No podría identificarlo, aun si lo intentaba.

¿Sus brazos formaban parte de esa multitud? ¿Fue una de las víctimas?

Fuera cual fuera la respuesta, esperaba que su primer y último sensei estuviera en paz.

Aquella noche Hanae no descansó. Volvió hacia el caballo y reanudó su camino hacia su próximo destino, cabalgando lejos del lugar donde vio tanta muerte acumulada.

Había asesinado a un demonio de alto rango que había seguido su rastro, y cuyo tamaño colosal se debió a las víctimas que coleccionó en su recorrido.

Durante años, la mujer había luchado, con distintos propósitos que se unificaban: sobrevivencia, información y venganza. Sobre todo, esta última, que saboreaba incesantemente.

Ahora cabalgaba hacia una ciudad que pudiera tener las respuestas que buscaba.

Hanae alcanzaría el amanecer sobre el lomo del animal y vería los colores que en el cielo se pintaban.

Los momentos de paz no abundaban en su vida, por lo que apreciaba los paisajes, aun si su mente no se distraía en esas cosas a menudo.

Alzaría la vista apreciando las aves en los cielos, parecían ser palomas blancas.

Era posible que no estuviera muy lejos de Tokio.

Mi madre me contaba historias de fuerzas positivas en Japón, espíritus y seres de luz, y que la maldad estaba equilibrada por el bien. No sé si lo primero es cierto; sin embargo, supongo que ella se encontró con el lado menos indicado de la balanza.