CAPÍTULO 3 #3
Después de haber visto aquellos demonios en su casa, cualquier cosa le parecía posible.
―Vi los ojos rojos… ―admitió―. Aunque, al mismo tiempo, no sé qué vi, así que no puedo afirmarlo con certeza. Lo que sí recuerdo es haber visto a todos mis compañeros muertos... Despedazados y destripados sin piedad.
Hanae se imaginaba la escena, tratando de comprender lo que el hombre frente a ella había presenciado y vivido. Sin embargo, le sería imposible. En cambio, Hotako aún podía escuchar los gritos de dolor y terror, tan claros como la primera vez.
―¿Cómo usted sobrevivió? ―preguntó la joven, sin parecerle una pregunta tan obvia.
Y la respuesta que recibió no fue la que esperaba, pero la relacionó con las enseñanzas del viejo.
―Equilibrio.
Hanae suspiró. Comprendió que solo quería añadir una moraleja.
―Por cierto, nunca le pregunté… ¿Por qué cambió de opinión para entrenarme?
―Reconocí tu potencial.
Hotako dio un bocado del pescado que se había estado cocinando en la fogata.
―Además, me recordaste a una aprendiz que tuve años atrás. Insistió en ser una espadachina capaz de defenderse a sí misma y a los que amaba. Tenía un gran corazón y una inmensa voluntad.
―¿Dónde está ahora? ―Hanae se había interesado por la mención de esa aprendiz. Significaba que no ha sido la única mujer que se atrevía a ser entrenada por un samurái retirado y amargado.
Un samurái que se había aislado del resto del mundo.
―No lo sé… Dejó de venir ―dijo Hotako, con cierto pesar―. Creo que se convirtió en madre.
―¿Cómo se llamaba su aprendiz?
―Nunca dijo su verdadero nombre y yo evité preguntar. Debió tener sus razones… Se hacía llamar «Suki».
Por un segundo, Hanae creyó haberlo visto sonreír.
No obstante, fue un gesto tan fugaz que dudó de su existencia.
De lo que no dudaba en ese momento, era de aquel frío inquietante que respiró repentinamente en su nuca.
Los árboles dejaron de moverse y la brisa no aullaba.
Fue algo extraño. Su intuición le advertía que algo malo estaba por venir.
Miró con miedo a Hotako, quien servía en dos platos el pescado cocinado en las llamas de la fogata. Él le dirigió la vista, desconcertado por la expresión de la menor.
―¿Qué sucede, niña?
Pausó sus palabras al ver algo detrás de la joven: un demonio con tantos ojos a su alrededor que era imposible contarlos.
Hotako sacó su katana de inmediato y avanzó colocándose delante de Hanae.
Ella, al girarse y ver la monstruosidad que los acechaba, lo imitó sacando el filo al aire, aunque las dudas causaron temblores ligeros en sus manos.
―Vete de aquí ―ordenó el sensei―. Aléjate lo más rápido que puedas.
―¡No! ¡Puedo pelear! ―se negó.
No quería escapar de nuevo, sentía que estaría reviviendo la historia.
―¡No estás lista! Y, aun si pudieras pelear, no te lo permitiría... He visto a este en mis pesadillas, y sé de lo que es capaz de hacer ―dijo, negándose a despegar los ojos de la criatura. Veía al monstruo como si fuera un viejo conocido―. Ve hacia el norte…
―Dijo que nunca supo qué vio en la guerra…
Hanae intentó ignorar lo que había escuchado: él decía que no estaba lista. ¿Todo un año no había sido suficiente para estar lista para ese momento?
―Es cierto, pero tengo la certeza de que he presenciado muchas cosas en esta vida. Cosas que no te imaginarías, niña.
Hanae pasó su mirada entre el demonio recién llegado y el sensei con el que convivió durante un año. Parecía que era una inevitable despedida.
―¡Vete! ―gritó con fuerza.
El demonio había comenzado a moverse hacia ellos.
Se arrastraba como un gusano, movilizándose con sus diminutas extremidades, casi imperceptibles, e impulsándose con las protuberancias del tamaño de cabezas que tenía.
La obesidad que cargaba lo hacía parecer pesado.
La boca no era visible. A pesar de su tamaño y de sus ojos tatuados, no parecía tener unos dientes para devorar.
Sin embargo, silenciosamente, ambos testigos consideraban que no se debía subestimar.
Ante la insistencia de su sensei, Hanae decidió avanzar, según le fue ordenado.
Guardaría la katana que sería su compañera durante su próxima travesía, y descendería la colina, tomando el mismo camino por el que llegó a subir alguna vez.
Su corazón latía con temor y sus pies trataban de no tropezar ante el nerviosismo.
La oscuridad de la noche le impedía ver con claridad entre la densidad del bosque de alerces.
Se detuvo por unos segundos y miró hacia atrás, con la intención de enterarse de lo que ocurría a sus espaldas. Sin embargo, solo escuchó el grito de Hotako, anunciando que la pelea iniciaba.
En ese entonces, tenía catorce años, y al escapar del pueblo masacrado, tendría veinticuatro.
Era un hombre extraño y misterioso. Nunca me preguntó mi origen o historia, aunque yo tampoco me atreví a compartirla.
Fue alguien que, sin costo alguno, accedió a la difícil tarea de enseñarme las artes que tanto anhelaba.
Me aceptó en su hogar, me dio refugio y enseñanzas.
Incluso me gustaría creer que alguna vez…
me quiso. Era la única figura que tuve que pudiera asemejarse a la de un padre: serio y estricto, pero protector y disciplinado.
¿Qué fue de él? Siempre me lo pregunté.