Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 3 #2
7%

CAPÍTULO 3 #2

―Mañana reanudamos el entrenamiento ―anunció, sin despegar los ojos de su caldo, dando un bocado al finalizar la oración. Al contrario, la niña había alzado la cabeza con su rostro iluminado, desconociendo la razón del cambio de opinión, pero alegrándose profundamente.

―Gracias, señor…

Había juntado sus manos en agradecimiento profundo mientras cerraba sus ojos.

―Hotako… Sensei Hotako.

Ella sonrió, al por fin recibir un nombre para llamarlo, además de «señor».

«Sensei» sería un título que confirmaría sus próximos entrenamientos como su aprendiz.

En esos días, Hanae no había recibido muchas palabras de su parte, por lo que su nombre significaba que ambos iban por un buen camino. Uno lleno de piedras y fallos, pero también de logros y avances, alcanzando un año desde la primera vez que se vieron en la colina.

Durante un año, Hanae aprendió a cazar con mayor facilidad, a hacer fogatas y a ser consciente de los recursos a su alrededor para sobrevivir.

También adquirió diversas habilidades ofensivas y defensivas en artes marciales, practicó puntería con arcos y dagas, y trabajó en mantener un estado de equilibrio mental, aunque esto último le costaba.

―Piensa que tu espada es como tu mente. Debes mantenerte en un impecable balance para no caer al precipicio.

Iluminados solo con la luz de una fogata en el exterior, y siendo ovacionada por los grillos de esa noche, Hanae se sostenía en un pie con un perfecto equilibrio.

Una de sus manos estaba detrás de su espalda y la otra balanceaba la espada con un dedo, impidiendo que se cayera.

Parecía estar escuchando al hombre, con la mente en blanco, pero en realidad solo estaba reprimiendo la negatividad que la invadía desde los sucesos traumáticos que había vivido.

―Un equilibrio entre tus pensamientos, tus deseos, tu pasado…

Él había estado rodeándola con pasos lentos, pero, al detenerse frente a ella y pronunciar esa última palabra, Hanae dejó caer la espada. Soltó un suspiro pesado y volvió a incorporarse en ambos pies.

―Deberás superar tu pasado si quieres avanzar hacia el futuro…

Al decir esto, tomó el arma del suelo y la miró detalladamente. Era peculiar. Tuvo cierta nostalgia, pues le recordaba a la katana que poseyó su vieja aprendiz.

―Cuídala bien… Es de acero y obsidiana, rara en su tipo.

Él se transportó al primer día que la vio, recordando a la niña que cargaba con una espada que superaba su altura. Sin embargo, el tiempo había pasado, y ella crecía en tamaño y mente.

La katana, de acero brillante y detalles ondulados de obsidiana que abrazaban toda la orilla del filo, con una flor de loto dorada cerca del mango, fue devuelta a su dueña. Luego Hotako caminó hacia uno de los asientos de madera, frente a la fogata. Habían terminado el entrenamiento del día.

Hanae lo siguió, luego de tomar la espada, y se sentó frente al fuego. Procedió a guardarla en su vaina.

―No puedo olvidar, aun si quisiera. Mi pasado…

―Tu pasado siempre será una carga, pero no te pido que lo olvides… Te pido que no te consuma.

Hanae lo miró con admiración, la misma de cada día. Las palabras que su maestro siempre compartía transmitían experiencia y sabiduría, algo que a ella aún le faltaba.

―Nunca me has preguntado qué me sucedió… ―dijo Hanae, dejando el arma envainada a un lado del asiento.

―No necesito saberlo. Cada quien libra sus batallas a su manera. Yo he tenido las mías…

A través de las llamas, vio a Hotako arrugar el ceño. Estaba teniendo un recuerdo de los muchos que debía poseer a su avanzada edad.

En ese momento, la joven no creyó que se sinceraría con relatos pasados, pero así fue.

Hotako abrió la boca y comenzó a narrar una historia sobre la búsqueda del honor, una que terminó en derramamiento de sangre y muerte.

Fue un gran guerrero del ejército del antiguo emperador Isamu Katsumoto, y uno de los miles de samuráis de élite entrenados para la guerra que se avecinaba contra China.

―Fue antes de que nacieras… El emperador de Japón tenía un hermano, el cual murió de una extraña enfermedad. Según decían, fue envenenado o intoxicado, pero lo más inquietante era que algunos afirmaban que había sido asesinado por un pacto.

―¿Un pacto?

Tan solo escuchar de nuevo esa palabra, le causaba escalofríos.

―Un pacto, entre un ser del infierno y el emperador de China en ese tiempo, Wang…

Él la miró, manteniendo la seriedad, sin signos de deshonestidad.

―La guerra era inminente, pero ese suceso fue lo que derramó la gota.

Éramos un ejército de miles contra uno de cientos.

Ganábamos en números y en habilidad. Hasta que algo sucedió...

―Hizo una pausa que pareció dolorosa―. Nos masacraron.

Rápidamente, nos ganaron ventaja. Lo cierto es que ganaron la guerra.

Fue una sorpresa para el emperador Katsumoto.

Los pocos sobrevivientes fueron heridos de gravedad, y algunos de estos juraron haber visto ojos rojos en las filas enemigas.

Ojos inhumanos y brillantes… Unos perdieron la cabeza.

―¿Crees que haya sido cierto? ―inquirió Hanae, con interés.