Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

SENSEI

Hanae acababa de arribar a la colina de quien sería su maestro.

Había tardado días en llegar. Entre el hambre, la lluvia y la distancia…

Nunca pensó que estaría en una situación donde tuviera que sobrevivir por sí sola a tan solo trece años.

Había ignorado las advertencias de los pueblerinos respecto al hombre con el que se encontraría, decidiendo escalar la montaña; superando el frío del otoño y la altura, así como el dolor de sus pequeños pies debido a la distancia y al camino empinado.

Jamás había caminado tanto en su vida. Jamás había hecho algo tan osado como explorar las afueras de su hogar.

No obstante, no se esperaba el silencio del sujeto cuando la recibió.

El hombre tenía una barba grisácea, arrugas marcadas por los años y algunas cicatrices que, aunque parcialmente desvanecidas, aún relataban la primera vez que se abrieron; sobre todo una, vertical, en su rostro.

Él pareció juzgarla con la mirada. Vio su cabello oscuro, trenzado y desaliñado; notó sus ropas de telas finas, lo que podía significar que era una noble.

Algo extraño, pues ¿por qué una niña de la clase alta subiría la colina con tanto esfuerzo para llegar hasta él?

Miró a Hanae a los ojos antes de bajar su vista a las garras marcadas en su pierna.

Era una herida que aún no terminaba de cicatrizar, debido a la profundidad.

Varios de los pueblerinos le preguntaron a la niña por esas marcas, pero ella omitió explicaciones.

Algunas veces salió corriendo para evitar que preguntaran más de lo que ella había podido asimilar.

Ese día, el hombre invitó a pasar a la niña, siendo la primera vez en años que aceptaba visitas.

―Come… ―dijo con seriedad, colocando frente a ella un plato de sopa de miso recién hecha.

Olía delicioso, y ella no podía controlarse por el hambre. Sin importar el humo que emanaba del caldo, comenzó a sorberlo con insistencia, sintiendo que no se llenaría nunca.

―¡Eh! ¡Eh! ―exclamó el mayor, alzando una mano para que se detuviera―. No querrás quemarte los intestinos, niña.

La joven Hanae le hizo caso, comenzando a comer lentamente, a pesar del hambre que escarbaba en su estómago.

El hombre que la alimentaba, se sentó frente a ella con curiosidad, intentando descifrar qué le había sucedido.

Sin embargo, las deducciones que hacía en su mente, eran poco agradables o convencionales.

―¿Cómo te llamas? ―inquirió con firmeza.

―Hanae… ―pronunció débilmente. Había tenido días sin hablar, ya que, cuando intentó contar lo sucedido en búsqueda de ayuda, muchos la tildaron como una «niña loca» o una «mentirosa huérfana».

Se llegó a preguntar si acaso era cierto… Quizás estaba loca.

Quizás su casa no fue invadida por criaturas de apariencia inexplicable, que masacraron a todos los que se interpusieron entre ellos y su hambre.

Tampoco asesinaron a su madre frente a sus ojos.

Sin embargo, esa marca en su pierna era la prueba de que no había tenido una pesadilla, sino que la estaba viviendo.

―¡Habla fuerte y claro, niña!

―¡Hanae Yoshida!

Él carecía de tacto, sobre todo con los niños; sin embargo, ella no carecía de fuerza. La había visto intentar subir la colina en más de una ocasión y nunca la ayudó. El hombre quiso comprobar qué tanta fuerza mental tenía esa joven, pues le importaba más que la física.

Entendía que, sin la suficiente fortaleza mental, todo se convertía en imposible. Le había sorprendido que Hanae pudo llegar a él, a pesar de su herida.

Además, ese apellido se le hacía conocido, pero decidió restarle importancia por el momento.

―¿Qué viniste a hacer aquí?

―¡Quiero entrenar, señor!

Para ser pequeña, tenía una idea clara de lo que quería: Matar a los demonios que asesinaron a su madre y encontrar a su supuesto padre que los envió.

Una idea ambiciosa, construida con cierto egoísmo, pero el hombre no la interrogó.

Era consciente de que había cosas que clamaban venganza o justicia, según se mirara; y alguien de esa edad debió haber sufrido mucho.

―Mañana temprano… Al salir el sol.

Fue lo último que el hombre dijo. Luego se levantó de la mesa y se retiró a su dormitorio en esa pequeña cabaña, dejándola sola.

Hanae tendría un par de horas para descansar antes de que se anunciara el próximo día.

Por lo que, esa noche, disfrutó de un techo humilde y una cama que no estaba cubierta de tierra o lombrices.

***

A primera hora de la mañana, estuvo de pie.

Su madre le había enseñado a ser responsable en sus tareas y a rechazar la impuntualidad para evitar tener una mala imagen ante ojos ajenos.

Sin embargo, al salir de aquella casa en la colina, el hombre ya la estaba esperando, haciéndola dudar de su propia puntualidad.

Bajó los escalones de la entrada y caminó sobre la verde hierva hasta quedar frente a él.

Era como si su expresión seria no se despegara nunca de su rostro añejado.

Lo primero que él hizo fue lanzarle un pedazo de bambú que cayó en el suelo. Ella lo tomó al instante, pero con notable confusión al sentir la textura y el peso de la planta.

―Trata de defenderte de mí.

Sus palabras la tomaron por sorpresa, creyendo por un segundo que estaba bromeando. En cambio, las comisuras de los labios ajenos nunca se alzaron en una sonrisa, ni las arrugas de sus ojos se estrecharon de felicidad. Su rostro era un poema en piedra desde el día anterior.

―Pero, tengo una espada…

Recordó la katana que le había otorgado su madre y que llevaba consigo todo el tiempo, aunque aún no se acostumbraba a su peso ni conocía su letalidad.

―Una espada cuyo filo no te servirá si no aprendes desde cero.

Hanae, al comprender la seriedad del asunto, se colocó en posición; según siempre había imaginado en el jardín de su casa. El hombre dio unos pasos, asestando un golpe. Luego lanzó una patada repentina para la joven.

Hanae se cubrió el rostro con el bambú, pero no fue lo suficientemente rápida para proteger su estómago de la patada, cayendo de espaldas al suelo.

―¡De nuevo!

Otro intento y otro intento, y así se fueron repitiendo sus fallos por varios días. Recibía rasguños y moretones. Terminaba agotada y adolorida. A veces, las cicatrices de su pierna ardían al rozar el suelo al caer. Caía tanto que en algún momento creyó que se fundiría con la naturaleza.

Al mismo tiempo en que su pierna sanaba, otras partes de su cuerpo sufrían. Sin embargo, aprendió a quejarse poco, hasta que, al décimo fallo del tercer día, el sensei parecía estar a punto de tirar la toalla.

―No estás lista para avanzar… ―dijo, dándose la vuelta con actitud de rendición.

Estaba alejándose del área de entrenamiento, frente a la casa; una minka humilde y pequeña con necesidad de una renovación.

―¡Espere! ¡Sí estoy lista!

Hanae quiso detenerlo con desesperación, suplicando por otro intento más. Estaba convencida de que lo lograría esta vez; aun si los cincuenta intentos anteriores no demostraron progreso.

Él se detuvo, girándose para verla.

―No lo estás… ―Bajó los escalones quedando frente a ella, recalcando la gran diferencia de altura―.

Por lo que puedo ver… tienes una motivación, pero careces de muchos ingredientes para ser una verdadera guerrera.

Un samurái no puede depender solo de aquello que lo motiva, pero, al parecer, sea cual sea tu razón de estar aquí, no es lo suficientemente fuerte.

¿No era lo suficientemente fuerte…? ¿Vengar a su madre no era razón suficiente?

Se quedó estática, sin poder recolectar las palabras que pudieran contraatacar la teoría de su sensei.

En su lugar, gritó. Soltó un grito y corrió detrás del sensei.

Alzó su espada de bambú, dispuesta atacarlo por la espalda, pero el hombre se giró justo a tiempo para golpearla con su vara en un costado.

La niña cayó hacia atrás, tropezándose con los escalones de madera, y sintiendo dolor cerca de sus costillas al impactar contra el suelo.

Soltó un quejido mientras alzaba la vista al mayor.

―¡Basta! ―gritó el hombre, apuntándole con la punta de su bastón de bambú―. Careces de talento y, según puedo ver, también de honor…

Atacar por la espalda era considerado deshonroso y cobarde para los guerreros. A Hanae le faltaba mucho por aprender. Lo comprendió al ver a su sensei alejarse y entrar a la casa, desapareciendo de su vista hasta el día siguiente.

Hanae se levantó junto a la primera ave que voló la zona, y mucho antes de que las nubes desnudaran al sol. Decidió que entrenaría por sí sola.

Débilmente, giraba el bambú de forma similar a como movía la espada improvisada que tenía en su hogar. Se desplazaba imitando los movimientos que el sensei ejecutaba en cada entrenamiento.

Durante todo el día recordó los movimientos y posturas de su maestro, y la firmeza de sus manos al atacar, desconociendo que este la miraba desde la ventana, siendo testigo de lo que sus palabras causaron en ella.

Nunca antes había entrenado a infantes, creyendo que sería una tarea imposible.

No obstante, para su sorpresa, aquella niña tenía más voluntad y decisión que muchos hombres que pasaron por sus manos.

Le recordó a una mujer que alguna vez estuvo bajo sus entrenamientos.

Se mostraba desesperada por aprender las artes marciales y por obtener sus conocimientos.

Su insistencia la llevó a cometer errores, pero aprendió el significado de la paciencia.

Terminó siendo una gran aprendiz. Incluso después de haber concluido su entrenamiento para ser una debida onna-bugeisha ―una mujer guerrera―, aquella mujer continuó yendo a la colina para visitarlo.

En caso de no poder, enviaba a uno de sus sirvientes con canastas llenas de frutas o alimentos recién preparados.

Hace tiempo no la veía.

Y esa niña, en aquella colina, le recordaba tanto a su vieja aprendiz.

En ese tercer día, sirvió la cena. Un estofado de setas y conejo recién cazado. El alimento nunca faltaba en esa mesa. El sensei solía comer en soledad, pero desde la llegada de Hanae, la compañía se había vuelto parte de su rutina.