Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

―Esas cosas que viste son demonios y… él viene del mismo lugar que ellos.

En ese punto, la mujer tenía los ojos inyectados de miedo, fijos en Hanae, quien le devolvió la mirada inmersa en preguntas peligrosas.

Era imposible saber cuál estaba más aterrorizada; sin embargo, ante la incredulidad que la pequeña poseía en su infancia, no pudo creerle a su madre al inicio.

¿Demonios atacaron la casa y su padre también era uno? Parecía una cruel broma.

No obstante, juzgando por la presencia de los «imposibles» demonios y de la «imposible» herida en su pierna, la cual ardía más que antes, no podía caberle las suficientes dudas.

―Esos… ¿Realmente son demonios? ¿Quién es mi padre?

Aquella palabra pesó en su boca como un ancla. El hombre que debió criarla ni siquiera era un hombre. Y si ni siquiera era un hombre, comenzaba a preguntarse: ¿Qué soy yo?

―Nobukatsu es su nombre y… te quiere a ti como pago de una deuda ―respondió su madre.

En apariencia, cada riqueza y las tierras que poseían, la posición de su clase, los bienes…

Todo fue a causa de un acuerdo con un demonio y, el rostro de Hanae al conocer esto, contaba mil y una historias de decepción, como si hubiera vivido una mentira.

Comprendió, en tan solo un instante, cómo su madre obtuvo el dinero para pagar por las sirvientas y ayudantes en la casa, por los jardineros y guardias...

Entendió la posesión de una gran minka en medio de los humildes pueblos cercanos, así como la posición privilegiada de su madre en la clase social noble, aun sin tener un esposo como cabeza de familia.

Una mujer siendo exitosa en una época donde los daimyō (señores feudales) dominaban las tierras del país.

―Tú no eres humana, Hanae… Eres algo más.

Un «algo más» que la menor no pudo descubrir en ese instante, ya que los estruendos en la planta baja anunciaban que, los demonios de apariencia mamífera, se acercaban hacia ellas; sedientos de sangre y deseosos de aquella niña que no tenía la culpa de la ambición y necesidad de su madre.

Un nudo, tanto de miedo como de arrepentimiento, se formó en la garganta de la mujer.

Su madre se apresuró hacia el armario, abriendo una tabla en el suelo; un espacio oculto que Hanae nunca antes había visto. De este sacó una larga caja que posicionó en las piernas de Hanae.

Al abrirla reveló un largo filo conectado a un mango de cuero, trenzado en forma de diamantes dorados.

Entre la empuñadura y la hoja se extendía una guarda metálica en forma de flor de loto, cuyos pétalos estilizados se abrían alrededor de la base del filo.

Un diseño cuidadosamente realizado que Hanae no tenía tiempo de apreciar.

Era una katana, decorada con finos detalles, y cuyo uso era más letal que las espadas de los hombres que murieron defendiendo la casa Yoshida.

Su madre la sacó de la caja con cuidado, dispuesta a otorgársela a su hija. A Hanae le pareció una acción inesperada, debido a que siempre tuvo prohibido tocar armas reales. Incluso era sermoneada al utilizar su improvisada espada de bambú.

―Tómala, llévala contigo a donde sea que vayas. Vive, Hanae…

Hanae tomó el mango del arma, dudosa. Sintió el peso al instante, pero no podía compararse al peso de la decisión que su madre estaba tomando por ella. Aquellas gentiles manos se posaron en sus mejillas. Su madre estaba despidiéndose.

―Y perdóname por haber recurrido a la oscuridad... No soy el ejemplo de madre que debía ser, y tampoco podré darte la vida que tanto quise para ti.

Sus lágrimas caían tan rápido como el agua de una cascada, pero saladas y llenas de dolor.

Abrazó a Hanae y esta le correspondió, llevando sus delgados brazos a su alrededor.

La menor era incapaz de odiar a aquella mujer en ese instante de confusión.

Al fin y al cabo, fue su madre quien le dio todo, y la que ahora buscaba darle una última oportunidad para que viviera.

―Escapa y nunca te detengas…

La guio hacia la ventana.

A pesar de estar en un segundo piso, la mujer siempre fue consciente de los gustos de su hija respecto a actividades poco convencionales, como la escalada.

Más de una vez tuvo que regañar a Hanae cuando la encontraba cruzando entre las cornisas o intentando llegar al techo de la minka.

Incluso Jin tuvo que encargarse de bajarla de las alturas antes de que su madre repartiera regaños a Hanae, y a todo aquel que estuviera a cargo de su cuidado, o antes de que se lastimara.

Sin embargo, esta vez no habría regaños. Necesitaba que Hanae se alejara, sea como sea.

Su madre se obligó a sí misma a pensar que Hanae nunca sería encontrada.

Incluso intentó proteger su casa, no solo con guardias entrenados, sino también con inciensos y rezos.

Con piedras, amuletos, y todo lo que supuestamente servía de protección espiritual y contra fuerzas demoníacas.

Había deseado que su hija tuviera una vida normal lejos del peligro.

Sin embargo, nunca pudo cambiar el destino fijado años atrás.

Un destino que ahora llegaba como un cuchillo, con su filo apuntando a ambas.

Hanae, sin decir palabra alguna, e ignorando el palpitar insistente de su corazón, colocaría una pierna afuera de la ventana antes de sostenerse de la enredadera que abrazaba la estructura de su casa.

Una salida de emergencia que no le preocupaba y que, más de una vez, utilizó sin temor a la caída.

Le otorgó un último vistazo a su madre, quien se alejó de la ventana y dio un suspiro para darse valor.

Durante toda su vida actuó como una mujer imponente y valiente, capaz de hacer cualquier cosa, pero ahora esa capa parecía derrumbarse.

Hanae no comprendía si su sacrifico se trataba de valentía, o una locura imperdonable.

―Te amo, Hanae…

Seguido de sus palabras quebradizas, la puerta se abrió, rompiéndose en pedazos que volaron por toda la habitación.

Se hizo añicos con un solo empujón. Posteriormente, lo que vieron los ojos de Hanae, fue a su madre sonriéndole con tristeza, siendo traspasada por las garras de los demonios, mientras una lágrima caía junto a su último aliento.

Era mitad demonio y mitad humana, una conclusión a la que llegué después de repasar las palabras de mi difunta madre. Un engendro que debía sobrevivir por las decisiones equivocadas de mi sangre. Sin embargo, no podía confirmar qué tan demonio era…

En mí habitaba dolor, miedo, enojo y odio… emociones tan humanas como el amor que llegué a sentir por la mujer que murió por mí. Y esas emociones eran las mismas que me motivaban a ser algo más que mi origen.