Hanae: El Pacto Maldito CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

ANTES

El follaje de los arces al llegar el otoño vestía de colores todas las esquinas de Japón.

Los naranjas y rojos intensos solo se apagaban ligeramente en los días grises y lluviosos que abundaban en la época.

Las brisas solían sorprender a más de un campesino cargando canastas hasta las cañadas o de regreso a sus casas, empujándolas ferozmente para volar junto a ellas; o hasta dejarlas caer y perderse en el suelo.

Era una vida humilde, la que tenía parte de la sociedad, pero no Hanae.

Desde la ventana de su habitación, veía con curiosidad al pueblo cerca de su hogar.

Había días en los que solía preguntarse cómo sería vivir con ropas de distintas telas en una casa donde pocas cosas cabían en sus rincones, saliendo temprano en la mañana para hacer trabajos de agricultura o pesca, e incluso cargando las mismas canastas que buscaban bailar con el viento.

Entre los rincones de su imaginación, Jin, la mujer que la peinaba con una trenza que casi llegaba a su cintura, anunció que había finalizado con el acostumbrado peinado de la menor.

Hanae sonrió, levantándose al instante, y sin detenerse a ver el resultado en el espejo, salió con prisa hacia el patio.

Había estado ansiosa por respirar el aire de libertad y ocio, ya que, durante todo el día, estuvo inmersa en tareas en el interior de la gran casa.

Su madre insistía que debía aprender todo tipo de cosas para ser una buena pretendiente a un futuro esposo, pero las prioridades de la joven Yoshida se encontraban en otras actividades, como la esgrima.

―Uno, dos… Uno…

Contaba al ritmo de sus pasos y el movimiento de su espada improvisada de bambú, mientras rodeaba un pequeño estanque en su jardín.

A veces solía escabullirse para practicar a escondidas cuando su madre estaba ocupada en sus aposentos, o cuando la misma salía por pendientes.

Ambas tenían una relación cercana, quizás por el hecho de que Hanae había perdido a su padre antes de nacer, según le fue contado.

Aunque, en ocasiones, sentía que había más información debajo de la superficie; su madre solía evadir conversaciones respecto a él o intentaba no mencionarlo.

De cierta forma, la menor comenzó a creer que le dolía el recuerdo de aquel hombre que nunca pudo conocer.

―Dos, tres… ¡Agh! ―expresó ante casi caerse en el estanque. Por un segundo, creyó que los koi se burlaban desde la oscuridad de esas aguas, así que pasó una mano sobre la superficie para espantarlos.

Los peces de colores blancos, negros y anaranjados se movieron rápidamente en ese estanque, buscando escapar de la mano que perturbó su paz momentáneamente.

Respiró profundo, volviendo a alzar su «espada» de bambú.

En su mente se creaba todo un escenario de guerra, teniendo la oportunidad de pelear salvajemente contra enemigos mientras empuñaba su fiel espada.

Su madre, de vez en cuando, le decía que ser samurái no era algo propio de las mujeres, quienes, a los ojos de Hanae, llevaban vidas mucho menos emocionantes.

La pequeña Yoshida quería salir de las puertas de su encierro y demostrar de lo que era capaz.

¡Ser reconocida! O al menos ser alguien más significativa en el mundo que solo la esposa de un noble, algo que, probablemente, terminaría siendo su destino tarde o temprano.

Y, mientras ella esquivaba un ataque y empujaba al enemigo, su piel se erizó.

Parecía ser una de las típicas brisas otoñales, pero esta pasó por su cuello, como una afilada y fría caricia, trayendo consigo una extraña sensación.

Los finos vellos de sus brazos se alzaron y su cuerpo se tensó.

La brisa pareció susurrarle que debía cuidarse.

Sus ojos se dirigieron expectantes hacia su alrededor, como si buscara, inexplicablemente, al causante de su incomodidad repentina. En ese momento, un grito se escuchó. La niña corrió en dirección a este, creyendo que sucedió un accidente. Sin embargo, se trataba de algo mucho peor.

Al llegar, los guardias que resguardaban su casa, tenían desenfundadas sus espadas y tantōs, y presenciaban a una criatura en el medio del salón.

La criatura de pelaje negro devoraba a Jin, la mujer que había peinado a Hanae minutos atrás.

Clavaba sus largas garras en su cuerpo, traspasándolo sin piedad, y mordía los órganos que sobresalían visiblemente de su pecho.

Una piscina rojiza se extendió frente a las escaleras.

Tan solo dio dos mordidas más antes de girarse hacia los testigos de su acto.

―¡Señorita Yoshida, detrás de mí! ―advirtió uno de los guardias, posando su mano en el hombro de Hanae para esconderla detrás de su espalda.

La menor no se negó, manteniendo sus ojos abiertos en su totalidad, creyendo que si pestañeaba la escena dejaría de ser real.

Incluso sintió como si aquella criatura se fijara únicamente en ella.

Se estremeció queriendo correr, pero su miedo la mantuvo estática.

Otras criaturas similares aparecieron de la nada en lo que parecían nubes de polvo negro.

Cada una cargaba la misma mirada inyectada de sangre.

Fue cuestión de tiempo para que comenzara una lucha por defender la casa y sus propias vidas.

La menor siempre cuestionó la necesidad de tener hombres en cada esquina de la casa para protección; sin embargo, en ese momento, agradecía que estuvieran ahí.

Los guardias hacían lo que podían y debían: defender la casa de su señora y la vida de Hanae. Demostraban su lealtad con valentía, aunque esto les estuviera costando la vida.

Hanae no se quedaría para ver el desenlace y escaparía en dirección a las escaleras, esquivando los sucesos que la rodeaban y casi cayendo mientras corría.

Sin importar su miedo, pasaba al lado de las criaturas y se agachaba detrás de cualquier persona u objeto que le sirviera de protección.

No obstante, al llegar a las escaleras para subir al segundo piso de la minka ―una casa tradicional japonesa―, soltó un grito de dolor extremo, derrumbándose al inicio de los escalones.

Una de las criaturas clavó sus garras en su pierna descubierta, sin aparente intención de soltarla.

Los ojos de la niña se fijaron primero en los ajenos, tan oscuros como su pelaje, y luego en sus colmillos, bastante cercanos a su extremidad.

Creyó que se la comería, como hizo con la señorita Jin. Se preguntaba si sería una muerte dolorosa y lenta, o si sería rápida e insufrible. Cerró sus ojos fuertemente para esperar su final; sin embargo, un sonido le hizo abrirlos.

La espada de un guardia había traspasado el ojo de la criatura, logrando que esta liberara el agarre de su pierna herida.

―¡Corra! ―gritó el guardia que la salvó, quien tenía varias heridas en sus brazos y una mirada de terror que se le quedaría grabada en su memoria para siempre.

Hanae no se movió al instante; en cambio, la criatura sí. Se giró hacia aquel hombre y le clavó sus garras en todo el abdomen hasta sacar todo su contenido. Las vísceras enredadas y ensangrentadas quedaron colgando de su dueño.

Al ver la desagradable escena, la niña gritó y corrió lo más rápido que pudo en dirección al piso superior, donde se encontraba su madre.

A su corta edad de trece años, escaseaba de un plan, pues solo pensaba en llegar a los brazos de la mujer que le dio la vida y refugiarse en ellos para siempre. Ella la protegería de todo.

Ella la despertaría de esa pesadilla.

―¡Mamá! ¡Mamá! ―gritaba con desesperación. Lágrimas brotaban de sus ojos.

Al inicio no recibió respuesta y comenzó a pensar lo peor.

Pero, inesperadamente, fue jalada hacia el interior de una habitación.

El corazón se le detuvo antes de alzar su vista y notar a la mujer a su lado, quien lejos de devolverle una sonrisa, tenía una expresión tensa, como si hubiera visto a un fantasma.

―Hanae… ―pronunció bajo, con un tono que daba la impresión de que algo malo iba a salir de esos labios.

Antes que nada, la mujer analizó cada esquina en el rostro de la menor, luego bajó la vista hacia sus extremidades para asegurarse de que estaba bien, pero notó las tres garras dibujadas en su pierna.

Eran heridas abiertas, graves y punzantes.

Hanae sentía que el corazón se le había escapado de su pecho para alojarse en su pierna.

Hanae pudo jurar que su madre se tornó más pálida que antes, adoptando un color blanquecino cercano a la muerte.

La mujer levantó a su hija y la sentó en la cama de aquella habitación.

Con gran velocidad, sacó una caja repleta de piedras negras con brillantes tonos violetas, líquidos extraños en frascos, hojas verdosas de distintas formas, entre otros elementos poco convencionales utilizados en la medicina natural.

Existían historias de las propiedades curativas de algunas plantas, de las aguas milagrosas de ciertos ríos, y de piedras preciosas que aceleraban la curación.

Eran historias que su madre contaba durante algunas noches en vela, y que Hanae asoció con cada objeto frente a sus ojos.

De alguna forma, se sentía familiarizada con estos.

―Mamá… ¿Qué haremos?

La inocencia en su voz se dio a notar, después de debatirse en si debía hablar o no.

Sentía que, con cada sílaba que pudiera pronunciar, una de esas criaturas saldría detrás de ella para devorarla y no dejar rastro de su existencia.

Ni siquiera podía comprender qué había visto, pero la herida en su pierna era tan real como las sábanas que tocaba.

―Te irás, Hanae. Lejos de aquí ―dijo su madre, apresurando sus palabras, mientras sus manos trabajaban con velocidad.

Los líquidos que agregaba a la herida, causaban muecas y quejidos en su hija, quien lloraba en silencio, intentando no hacer ruidos escandalosos.

―¿Me dejarás sola…?

El sonido de su voz quebrándose, podía asimilarse al de su corazón siendo aplastado en el suelo.

Su madre no contestó al inicio, debatiéndose en qué decir y qué no a una niña de trece años que estaba viviendo sucesos inexplicables. En su mente, todo el caos estaba sucediendo más temprano de lo que esperaba, porque sí, siempre supo que acontecería algo así.

―Tu padre viene a buscarte…

Fue lo primero que mencionó mientras finalizaba de cubrir la herida con una de las hojas de su caja. Sin embargo, Hanae se quedó muda, escuchando sobre la llegada del hombre que pensaba que las había abandonado, pero lo siguiente fue peor: