Hanae: El Pacto Maldito
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CAPÍTULO 1
LA DEUDA
Nadie pedía nacer. Nadie planeaba su existencia desde el momento de ser la nada en el mundo.
Era imposible que siquiera un ser supiera cómo iba a resultar su vida, cómo sería su historia o quiénes serían sus padres.
Pero, si Hanae lo hubiera sabido, probablemente habría decidido no ser parte del mundo.
Estuvo marcada desde el mismo momento de su existencia.
Marcada por una entidad del inframundo, maligna y sin planes gratos.
¿Quién hubiera imaginado que ella, Hanae Yoshida, nacería mitad humana y mitad demonio?
Era algo que desconocía hasta años después de que su infancia se hubiera visto interrumpida.
Su vida pasó de ser tranquilidad a través de cada estación, de diversión dentro de las puertas de su hogar, a ser una búsqueda de comida, refugio y seguridad, mientras que el rastro que dejaba en su viaje era olfateado por los sabuesos de un demonio de alto rango llamado Nobukatsu,
su supuesto padre.
Había estado residiendo en uno de esos pequeños pueblos que tanto solía mirar desde las ventanas de su antiguo hogar.
Comúnmente, portaba su kasa ―un sombrero tejido de paja de arroz― sobre su cabeza, mientras ayudaba a recolectar los cultivos de arroz cada día en un amplio campo, cuyas parcelas están usualmente rodeadas de agua.
Aprendió de los ciclos del arroz, y de otros cultivos, gracias a los pueblerinos con los que se ha cruzado, y también debido a su madre, quien la instruyó en distintos ámbitos de la vida cuando era pequeña.
El humilde pueblo estaba rodeado de montañas y frondosos bosques, los cuales cambiaban según la época. Actualmente, estaban en otoño.
Los campesinos a su alrededor la conocían como una joven silenciosa que era acompañada por una espada a donde sea que fuese; sin embargo, nunca se sintieron amenazados por su presencia, tan solo mantenían la distancia, aportando más soledad a su vida.
De hecho, las historias de sus hazañas a lo largo del tiempo, le brindaban una fama que pasaba de boca en boca.
Una fama que jamás pidió, pero fue inevitable de adquirir.
«La Matademonios» y «la Oni Vengativa» eran apodos frecuentes, aunque «Joven Maldita» era uno que abundaba entre aquellos que presenciaron de lo que era capaz con solo una espada.
Las historias a veces eran creadas a base de especulaciones.
De todas formas, dijeran lo que dijeran, ella no autoproclamaba ninguna etiqueta.
Hanae estaba constantemente inmersa en el odio de sus ayeres, aun pasados once años desde que tuvo que dejar su hogar.
A pesar de la tranquilidad, la espina de que algo la vigilaba se mantenía clavada en su nuca. Sentía que, cuando menos se lo esperara, algo saldría a través de las sombras. Para su buena o mala suerte, ella siempre estaba expectante. Con todos sus sentidos en un estado de alerta.
Cargando su canasta de paja, la joven sumergió sus pies en las frías aguas sin inmutarse, avanzando hasta los cultivos de forma que recolectaba lo que mañana sería la comida de sus vecinos y de sí misma.
A su alrededor, podía contar las pocas personas que hacían lo mismo que ella a esas horas.
Una pequeña lámpara de aceite colgaba de su cintura e iluminaba sus acciones, pues, acercándose el invierno, los días parecían oscurecerse más rápido.
Sin embargo, las cosechas debían continuar para recolectar todo lo posible antes de su llegada.
Hanae se dedicó a la humilde labor sin apresurarse y, cuando la canasta estuvo repleta, comenzó a caminar de regreso al pueblo en silencio, ignorando la humedad en su calzado y en su vestimenta.
De todas formas, la vanidad nunca fue lo suyo, a pesar de que tuvo una vida repleta de comodidades, así que las elegantes telas que la solían cubrir en su niñez, no le hacían mucha falta.
Había otras cosas que, si pudiera recuperarlas sin otorgar su alma a un demonio, lo haría con todo el deseo del mundo.
Estaba a unos metros del pueblo, pasando entre los árboles que mudaban las hojas en otoño.
Es como si hubiera sido ayer que presenciaba la estación desde la seguridad de su casa.
Sin embargo, el silencio fue interrumpido por un grito, el cual se multiplicó en otros.
Dejó caer la cesta al suelo y corrió en dirección a los alaridos, donde los campesinos corrían despavoridos.
Llamas intensas se extendían sobre los techos de las casas en medio del caos. Pero, ¿a qué se debía?
Demonios…
Los vio, materializándose a través de lo que parecían portales de humo oscuro. Se trataban de los mismos demonios que alguna vez la acecharon en su niñez. Los recordaba perfectamente con su pelaje oscuro, sus cabezas grotescas e inhumanas, y sus dientes inmensos, deseosos por desgarrar carne humana.
Durante su vida entera entrenó su cuerpo y mente, descubriendo características de sí misma que trascendían de lo humano. Anteriormente, se había enfrentado a otros demonios, a la vez que recorría un camino de sobrevivencia. La diferencia es que, los que tenía frente a ella, asesinaron a su madre.
Los recordaba a la perfección, ya que fueron los protagonistas de sus pesadillas durante años.
La joven, de largos y trenzados cabellos negros, desenfundó la katana que tanto ha utilizado.
Con esta arma ha derramado la sangre de animales que ha cazado, de la sábila de árboles, pero también de algunos demonios que la alcanzaron en su recorrido por Japón, llevándose experiencias poco gratas.
Esperaba que, esta vez, se bañara de un rojizo de venganza con aquellos que irrumpieron en su hogar.
―Hanae… ―dijo uno de los demonios, girándose hacia ella mientras emitía leves risas burlonas.
Eran tal cual los recordaba, aunque no sabía que estos tuvieran la capacidad de hablar, ni menos de reír.
―¿Recuerdas cuando despedacé a tu mami? La vida se fue de sus ojos antes de que la devorara... Llegó tu hora.
El demonio se comenzó a acercar a pasos lentos mientras Hanae tenía la katana alzada frente a ella.
Se movía creando un círculo con sus pasos en la tierra.
Mantenía la distancia y recibía los olores desagradables que emitían las criaturas.
Una grave putrefacción, similar al olor de varios cuerpos en descomposición.
Era un aroma que pudiera desmayar a un humano, si acaso pudiera ser percibidos por estos.
Sin embargo, ella podía aguantarlo. Ha soportado peores cosas que un demonio hediondo.
Analizaba en cámara lenta sus próximos pasos, así como los posibles puntos débiles de sus enemigos.
―No… ―respondió Hanae y blandió la espada, cortando el aire con agilidad.
Cuando se quedó sin hogar, se encontró con samurái retirado que afirmó haber peleado en mil y una batallas, y seguía en pie. Él le enseñó diversas artes marciales, sobre todo el arte de la espada, estableciendo un lazo con esa compañera.
«Si sientes que te vas a rendir, no lo hagas. Si ya estás en medio de la guerra, no te detengas».
Fueron las cortas palabras cargadas de mucho significado que el samurái le dijo una vez. Hotako, se llamaba. Hanae lo había encontrado en una colina alejada de la civilización, después de seguir las indicaciones de unos pueblerinos y sus referencias.
Decían que era un guerrero retirado y, al mismo tiempo, advertían que estaba loco, o que tenía diversas enfermedades y por eso estaba distanciado.
Incluso llegó a escuchar rumores de que era el espíritu de un oni; en cambio, al llegar al lugar, solo se encontró con un viejo hombre barbudo que había vivido más de lo que cualquiera podía creer.
Ese mismo, al ver a la niña, reconoció la misma mirada de alguien que vivió un infierno en vida, así que aceptó ayudarla mediante entrenamientos, aun desconociendo la razón de su llegada a la colina.
Las enseñanzas del hombre las mantenía en su mente en cada pelea y, no fue hasta que el demonio frente a ella arremetió, que actuó.
Las garras chocaron contra el filo, generando finas chispas. Dos veces más se defendió de los ataques, antes de contraatacar, logrando hacerle un corte en el pecho a su enemigo. Una herida que molestó a la criatura y soltó un gruñido antes de volver a atacar, esta vez con más fuerza y velocidad.
Hanae movía la espada con destreza mientras retrocedía. No obstante, si seguía así, chocaría contra una de las casas de los campesinos. Por tal razón, rodó hacia un lado en el suelo, evitando una agresión y, al mismo tiempo, llegando a un área para alcanzar altura.
La espadachina subió sobre los henos apilados de los caballos hasta llegar al tejado de una casa.
Si bien el demonio estaba listo para subirse y atacarla, la mujer se impulsó desde el tejado, girando sobre su eje en el aire, como si formara parte de la brisa.
Lo próximo que vio fueron los ojos atónitos de la criatura antes de quitarle la vida.
La cabeza cayó al suelo, separada del cuerpo.
De la espada comenzó a gotear la sangre que Hanae tanto anhelaba.
Un ligero humo rojo manó del filo de la katana, tratándose de una característica de esta, debido a tener obsidiana en su estructura; un mineral de purificación o, en otras palabras, de exorcización de demonios. Estaba adherido al diseño de su espada, ayudando a eliminar a los enemigos infernales.
Hanae, viendo la cabeza en el suelo, omitió cualquier sonrisa o sentimiento de satisfacción, ya que, la que quería ver en su lugar, era la de Nobukatsu.
Antes de poder imaginárselo, cuatro más de los mismos demonios aparecieron. La misma cantidad que invadió su casa años atrás. La joven sacudió su espada logrando despegar la sangre de la criatura caída. Era más espesa de lo que esperaba.
Antes de que algo sucediera, se fijó en sus alrededores.
Había casas incendiadas o destruidas, la mayoría de los animales estaban muertos o escaparon, así como los campesinos; muchos estaban desgarrados en el suelo.
Fue una matanza sin sentido y por puro placer, ya que a quien buscaban era a ella, Hanae Yoshida. Y ella nunca estuvo lejos…
La ira invadió a la espadachina, viendo también a algunos niños en las mismas condiciones irreconocibles. Escondió, incluso de sí misma, el pesar dentro de su pecho, después de tanta muerte a su alrededor.
―Los que no quieran terminar como su apestoso amigo, den un paso atrás... O díganme cómo llegar al Jigoku.
Al infierno… A ese horrible lugar del que se hacían menciones temibles en las religiones o leyendas.
Existían diversos simbolismos y pinturas del Jigoku.
Incluso se hacían menciones para asustar a los niños que actuaban con maldad.
Sin embargo, Hanae estaba segura de que no era un simple invento folclórico.
Era una realidad que nadie quería conocer.
Entonces… ¿por qué ella buscaba ese lugar?
Ninguno de los demonios se alejó o habló, por lo que Hanae lidiaría con ellos.
De todas formas, estaba convencida de que, incluso si alguno se acobardaba, iría tras este para asesinarlo.
Los cuatro se lanzaron hacia ella al mismo tiempo, querían cubrirla y atacarla, formando una cúpula a su alrededor con sus cuerpos.
Pero la joven se agachó y giró, dejando con sus pies una marca de media luna en la tierra.
Los demonios cayeron con sus cuerpos cortados a la mitad.
En ese momento, el silencio volvió a reinar.
Hanae analizó una vez más los canastos despilfarrados con sus cosechas inservibles, el humo que aumentaba entre la madera y los henos, y las vidas arruinadas…
Luego, su vista se fijaría en un único caballo negro, aún amarrado en un poste, pero asustado de cualquier brisa que le rozara.
La mujer enfundó su katana, su única pertenencia valiosa que jamás faltaría en sus viajes, y se acercó al animal.
El caballo relinchó ante la cercanía de Hanae, alzando sus pezuñas al aire en un intento desesperado de evitar ser tocado.
El caos y la presencia de los demonios lo había asustado, por lo que ella pronunció un bajo «ssh» mientras se acercaba con cautela, de forma que logró acariciar la cabeza del animal, calmándolo.
Cuando estuvo segura de que no la tumbaría de la silla, lo desató y se subió en él.
Unos cuantos pasos firmes en el suelo húmedo fueron su reacción, moviendo levemente la cabeza, y causando que las riendas se sacudieran.
Finalmente, la joven mujer cabalgó, siguiendo el camino hacia un destino incierto, y pasando cerca de los cuerpos en desintegración de los demonios, los cuales desaparecían con más rapidez que los humanos.
Posiblemente, en el día de mañana, no existiría rastro de los asesinos del pueblo, haciendo creer que fue culpa de un animal salvaje.
Hanae tenía una misión: encontrar a Nobukatsu y asesinarlo.
Era un objetivo que se había alargado, debido a no conocer su paradero.
Y, mientras intentaba encontrar información, sus intentos de vivir pacíficamente eran en vano, debido a los diversos demonios que, constantemente, la buscaban para consumar el pacto que su madre, Natsuki Yoshida, hizo tiempo atrás.
Sin embargo, la joven era persistente, y aquel ataque solo le recordaba una vez más porqué debía triunfar.
Un solo pensamiento residía en su cabeza al momento de dar los primeros pasos fuera del pueblo… Sentía que todo lo que tocaba, moría.
Antes, los demonios me aterraban… Tenía pesadillas cada noche. Muchas veces me negaba a dormir, donde sea que estuviese. Sin embargo, un día comprendí que debía hacer que me tuvieran miedo, que retrocedieran al ver que iría hacia ellos…
O que se arrepintieran de haberlo intentado.