Hacia abajo IX
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IX

L A NOCHE se le había pasado en un suspiro.

Se había acostado cerca del alba y, cuando abrió los ojos, la luz rojiza del atardecer llenaba la habitación, colándose por los agujeros de las persianas en una lluvia de monedas de oro que bailaban sobre su cuerpo desnudo tendido en una cama de sábanas blancas en un cuarto de aspecto escandinavo.

Le llevó un tiempo recordar quién era y qué hacía allí.

Villa Consuelo lo estaba ayudando a olvidar, a descansar; quizá, antes o después, lo ayudaría también a reinventarse, a decidir quién quería ser y cómo quería vivir el resto de su vida.

No había prisa. Pronto volvería a ser de noche y empezaría la fiesta.

Todos aquellos maravillosos invitados volverían a desplegar sus galas y el jardín sería de nuevo una fantasía de luces y música, de vino y flores y pastelillos de todos los sabores, de bellos cuerpos de todas las edades.

Se levantó con agilidad, sin sentirse rígido o adolorido después de tantas horas en la cama.

El agua de la ducha estaba fría, vitalizante.

Esta vez eligió un conjunto negro de los que colgaban en el armario: tela ligera, camiseta y pantalón blandos.

Descubrió, al vestirse, que alguien le había pintado un círculo en el brazo izquierdo, o quizá fuera un tatuaje.

En el otro brazo había una figura de un ocho acostado.

Ninguno de los dos dibujos significaba nada para él ni le despertaba recuerdos, aunque los ojos rasgados de una mujer asiática se insinuaban en su mente junto con un punzón de tinta negra.

Podría haberlo soñado, pero el círculo y el ocho eran reales y no se borraban cuando los frotaba con la yema del dedo humedecida.

Se encogió de hombros. Nunca había sentido atracción por los tatuajes; sin embargo ahora estaba empezando una nueva etapa, más que eso, una nueva vida, y en esa nueva vida podía haber lugar para cosas que antes no lo tenían.

Salió al pasillo, cerró tras de sí y a la vuelta de la siguiente esquina se dio de bruces con un adolescente que, sentado en mitad del corredor, hacía un solitario en el suelo con una baraja desconocida y levantó la vista al oír sus pasos.

Sus ojos eran tan claros que daban escalofríos; parecían de cristal ciego.

—He venido a recogerte —dijo, levantándose con agilidad. Las cartas parecieron refugiarse en su mano por voluntad propia, como si fuera un prestidigitador—. Te esperan.

—¿Quién me espera? ¿Para qué?

El chico se encogió de hombros y echó a andar delante de él, grácil, casi etéreo, con unos pantalones de seda verdeazulada tan anchos que parecían una falda acuática acariciando sus piernas delgadas y sus tobillos adornados con unas cintas llenas de cascabeles diminutos.

Ahora parecía una chica, por detrás: cintura estrecha, huesos frágiles, cabellos blancos muy cortos y unas orejas a través de las que se transparentaban los últimos rayos del sol carmesí porque la chica caminaba hacia una puerta de cristales multicolores por los que entraba la luz.

—¿Cómo te llamas? —preguntó César.

—Nada —contestó sin volverse.

No estaba seguro de si era una respuesta, pero se encogió de hombros. Al fin y al cabo, ¿qué más daba su nombre?

—¿Adónde vamos? —eso sí que le importaba.

—Al lugar en donde tienes que estar antes de que empiece la fiesta. La Ama te espera. —Algo en su tono dejó claro que había usado una mayúscula.

—¿Mabelle? —preguntó, sintiendo un estremecimiento de placer a lo largo de la columna.

Esta vez no hubo respuesta. Traspusieron las puertas de cristales y, atravesando con rapidez un patio que César no conocía, donde varios arcos de rosas blancas esparcían un perfume dulce en medio de la sombra azulada que acababa de caer sobre ellos, llegaron a una escalera de caracol de piedra gris, encastrada en una torre de estilo medieval.

Sorprendentemente para él, emprendieron el descenso en lugar de subir.

En algún momento dejó de contar las vueltas que lo llevaban cada vez más y más abajo en una oscuridad que empezó siendo penumbra para acabar convertida en tinieblas, una negrura sólida donde sólo podía orientarse por el sonido de los cascabeles de su guía.

La temperatura iba aumentando sin llegar a ser desagradable, pero le resultaba curioso estar rodeado de piedra y no sentir frío.

En un par de ocasiones tuvo que controlarse para no preguntarle a Nada a dónde iban o cuánto faltaba para llegar.

No quería parecer un niño, aunque estaba empezando a encontrar inquietante aquel descenso.

Al cabo de un tiempo indeterminado, una luz de fuego le hirió los ojos y tuvo que protegérselos durante unos segundos hasta que, poco a poco, se fue acostumbrando y pudo abrirlos de nuevo. Cuando miró a su alrededor, su guía había desaparecido, dejándolo solo en un lugar que quitaba el aliento.

La sala era inmensa, de piedra viva, sostenida por unas maravillosas bóvedas de crucería y docenas de columnas que se reflejaban en una superficie de agua que, desde donde él se encontraba, tanto podía ser un lago subterráneo, como una cisterna abandonada, como una sala capitular con apenas unos centímetros de agua en el suelo. Era de una belleza sobrecogedora.

Su guía se había evaporado sin que él se diera cuenta y no había nadie más. Sólo reflejos y silencio. Columnas hacia arriba y hacia abajo, alguna gota cayendo a lo lejos sobre una piedra húmeda, el crepitar de las antorchas que iluminaban la estancia.

De pronto, en la entrada de enfrente, al otro lado de la superficie de agua, apareció una figura vestida de negro, como él.

A esa distancia no podía precisar si era hombre o mujer, y parecía tan perdida como él mismo.

Otra figura se perfiló a la derecha. Luego, otra a la izquierda.

Todos inmóviles, tan lejos unos de otros que no podían ver los ojos de los demás hasta que, imperceptiblemente, fue apoderándose de la estancia una lejana melodía de flauta que iba acercándose, más como una brisa que como un sonido, hasta que de pronto explotó entre ellos con címbalos y tambores, llenando la bóveda en un solo acorde que, una vez agotado, se quedó reverberando en el mismo aire como un espejismo sonoro.

Segundos después, Mabelle estaba en el centro del espejo de agua como una Venus de tinieblas y, a su alrededor, varias criaturas asexuadas, bellas como estatuas de mármol, se separaban de ella para ofrecer a cada uno de los presentes una copa llena de un líquido rosado y chispeante, y una larga daga negra.

César cogió lo que le tendía una niña coronada de rosas y, sin saber qué hacer, miró en torno.

Cuando Mabelle levantó su copa todos la imitaron, bebieron de un trago y lanzaron las suyas por encima del hombro, hacia la oscuridad de piedra.

—¡Que empiece la fiesta! —oyó decir en una voz que no reconoció como la de ella y que, inmediatamente, se trizó en mil ecos, reflejándose en los muros y las bóvedas.

Las luces se apagaron de pronto y un terrible hedor a ciénaga se apoderó de las tinieblas.

Se oyeron varios gritos de pánico, punteados por risas sincopadas, histéricas, y rugidos de gargantas que no parecían humanas.

César, aterrorizado, agarró la daga con todas sus fuerzas y dio varios pasos atrás, buscando la protección del muro de piedra.

Si conseguía alcanzarlo, no tenía más que seguirlo con la mano libre hasta encontrar el vano de la escalera que lo había llevado allí.

Aquello no parecía precisamente una fiesta y su único deseo era alejarse cuanto antes de ese espantoso lugar.

Las tinieblas exacerbaban el hedor a casa de fieras, a sangre y a miedo, así como los horrendos sonidos: chapoteos, jadeos, gritos de rabia, gritos de pánico, extraños susurros aterrorizados, el entrechocar de hierros, los poderosos rugidos de fiera que iban aumentando, acercándose, voces airadas profiriendo maldiciones, juramentos de venganza, aullidos de frustración…

“Hay que matar a la Bestia”, oyó en dos de las lenguas que conocía y, aunque no sabía a quién o a qué se referían, de repente supo que jamás lo lograrían, que era un ritual eterno, que, a pesar de que la Bestia estaba allí y era tan real como él mismo, nunca podría matarla con la daga que aferraba en la mano derecha, ni siquiera a costa de su propia vida.

Lo único que podía hacer era tratar de huir, marcharse, intentar dar con la salida que en algún momento, ya no sabía cuándo, Tania le había mostrado y romper la puerta o la ventana, lo que fuera necesario para verse en el exterior, correr hasta su coche y salir de allí para no volver jamás.

Fue tanteando en la oscuridad, alejándose del centro de la sala, cuidando de no hacer el menor ruido que pudiera delatarlo, hasta que su mano se agitó en el vacío y supo que había llegado a la escalera. A la misma que lo había llevado allí o a otra diferente, no tenía importancia.

Los gritos y los ruidos de metal contra metal, de agua salpicada, de gorgoteos de sangre, de estertores finales se iban alejando y ya había puesto el pie en el primer escalón cuando una mano se cerró sobre su tobillo produciéndole una inmediata repugnancia.

Soltó un rugido mientras, con la pierna libre, pateaba hacia atrás con todas sus fuerzas tratando de librarse de quien fuera que lo tenía sujeto.

Sólo oyó una exhalación, como si hubiera aplastado una bolsa llena de aire, pero la presión no se aflojó apreciablemente.

Se agachó con la daga en la mano y, a tientas, sabiendo que era más que posible herirse a sí mismo, empezó a tajar furiosamente, de arriba abajo hasta que encontró una carne bajo su hierro y, de pronto, la mano que lo aferraba desapareció.

Subió en las tinieblas, de dos en dos, sin detenerse un segundo, girando y girando por las angostas escaleras, temiendo que quien fuera el dueño de la mano lo estuviera persiguiendo.

Le habría gustado detenerse a prestar oído, pero no se atrevía, y sus propios jadeos eran ya tan fuertes que acallaban cualquier otro sonido mientras seguía dando vueltas, sus piernas como pistones machacando la escalera hasta que, aunque la oscuridad seguía siendo intensa, sus ojos captaron una luminosidad blanquecina y toda su piel supo que ya no estaba encerrado entre los muros de la torre, que se hallaba en el exterior, en el jardín de las rosas, respirando el aire libre.

Y que la luminosidad venía de la luna llena que blanqueaba la rosaleda haciendo brillar las flores como estrellas caídas.

Apoyó la espalda contra el muro frío, se enjugó el sudor de la cara con el faldón del suéter y, durante un par de minutos, se concentró en respirar, simplemente respirar, algo tan simple y cotidiano, y que, sin embargo, durante el tiempo pasado en el subsuelo, había creído que no volvería a hacer.

No tenía ni idea de dónde estaba. La Luna no servía de ayuda porque estaba prácticamente en el cenit y él tampoco había sido nunca muy bueno orientándose por el Sol y las estrellas. Sólo podía deambular sin rumbo, confiando en que la suerte le fuera propicia.

El silencio monacal que lo rodeaba se apartaba a veces como una nube que cubriese la cara de la Luna para insinuarle que, en alguna parte, había comenzado la fiesta. Le llegaban jirones de música, entrechocar de platos y cubiertos, sonidos apagados de conversación.

Tenía que seguirlos para llegar al jardín, a la fiesta donde los invitados estarían ahora llegando con sus mejores galas.

No recordaba bien qué hacía él allí, solo en la oscuridad, sudado, con el corazón latiendo como un tamtam africano.

No sabía qué otra cosa había querido hacer, salvo buscar un lugar al aire libre, beber, comer algo quizá…

Estaba agotado. Tal vez era eso. Tal vez estaba tratando de encontrar un cuarto donde tumbarse un rato.

La respiración se le había regularizado ya, el sudor se había enfriado sobre su piel y le resultaba pegajoso y desagradable.

Buscaría una habitación, se daría una ducha, se cambiaría de ropa y saldría al jardín grande, a bailar, a reírse de nuevo.

Tenía la sensación de que hacía mucho que no se reía.

Buscaría a Tania. Luego empezaría la noche. Y la fiesta.