Hacia abajo VIII #2
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VIII #2

No le había sido escrupulosamente fiel, pero las veces que había estado con otras mujeres nunca habían sido importantes.

También había comido y bebido con otras personas a lo largo de su vida y eso no significaba que la hubiese engañado.

En el caso de ella, sin embargo, era muy distinto.

Sara no sólo se había acostado con otro, sino que había decidido sustituirlo a él en su corazón, en su familia, en su casa y en su empresa.

Lo que ella había hecho era extirparlo de su vida para siempre, como si fuera un tumor; y eso dolía.

Ahora que estaba sólo consigo mismo podía confesárselo.

Dolía horrorosamente. Era como la canción de Abba que había oído en la discoteca vacía: The Winner Takes It All .

Sólo que hasta ese momento el ganador siempre había sido él, y era él quien se lo había quedado todo, mientras que ahora había perdido y todo lo que había sido suyo pasaba a ser del nuevo ganador, sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.

Casi no se reconocía, allí tumbado bajo las estrellas, en el lugar más extraño del mundo, en pleno sur, lo más abajo que se podía estar, entre gente de todas las edades que no había visto jamás, sin hacer planes de venganza o al menos de revancha contra quienes le habían arrebatado su vida.

Una risotada masculina que no le resultaba desconocida lo sacudió y le hizo levantar la cabeza buscando su origen.

No era posible, pero allí estaba, formando parte de un corrillo de hombres de su edad y unos cuantos más jóvenes que lo escuchaban con deferencia, en un obvio intento de que no se les notara demasiado que le estaban haciendo la pelota.

Su suegro. Su jefe. El padre de Sara. El abuelo de sus hijos.

El hombre que, después de veintitrés años de ser familia y trabajar juntos día tras día, había tenido el coraje de decirle que él allí no pintaba nada y que se alegraba de que su hija, por fin, hubiese recuperado el sentido común.

¿Qué hacía allí Álvaro vestido como para una barbacoa en el chalé de los vecinos?

Sin saber para qué, se puso de pie, sintiéndose de repente ridículo así como estaba, medio desnudo, envuelto en un pareo de estrellas, descalzo y sin afeitar.

Las risas del corrillo de hombres se intensificaron y hasta creyó captar algunas miradas en su dirección, aunque la luz movediza de las antorchas no permitía estar seguro de nada.

Tendría que entrar en la casa, vestirse correctamente y sólo entonces enfrentarse a él. Acercarse. Saludarlo con displicencia, sorprendido de que, siendo él quien era, tan clásico, tan poco espontáneo e imaginativo, estuviera allí, en aquel lugar de magia viva.

Le repugnaba su presencia en aquel jardín porque era un desmentido a lo que él había creído comprender: que sólo ciertas personas muy especiales tenían acceso a lo que allí sucedía.

Y ahora se encontraba con las risas de Álvaro y sus acólitos, como si estuvieran en el Club de Hípica y, como socios fundadores, todo les perteneciera.

Se alejó con rapidez, sorteando grupos, tratando de no pisar a los que rodaban por la hierba o, en una quietud total, miraban las estrellas tumbados en cualquier parte.

Otra vez le acometió el deseo de marcharse, de salir de allí, subirse en el coche y devorar la carretera hasta llegar a cualquier parte, a donde fuera.

No acababa de comprender por qué no se había marchado ya, después de la cena.

Ni siquiera había saludado a la anfitriona y no le parecía de buen tono, sin conocerla, pedirle que lo alojara por una noche.

Se vio reflejado en el cristal de una ventana oscura y apenas se reconoció. ¿Qué hacía él envuelto en un pareo sin llevar siquiera un bañador debajo?

De repente ya no sabía adónde iba tan deprisa.

Se dio la vuelta y se quedó mirando a su alrededor.

La fiesta daba la sensación de estar empezando.

Llegaba música de todas partes. Había gente bailando, escupefuegos pintando la noche de rojo, malabaristas que lanzaban al aire objetos que giraban y brillaban…

era una fiesta increíble. Debía de ser el cumpleaños de la anfitriona, así que tendría que buscarla, felicitarla, sacarla a bailar, para compensar en parte el no haberle traído ningún regalo.

En cualquier caso, tendría que vestirse y para eso era necesario entrar en la casa y buscar su habitación, cualquier habitación.

Entró en la primera que le salió al paso.

Sobre la cama, en la oscuridad, brillaban débilmente una camisa blanca, un pantalón de lino.

La puerta del baño estaba entreabierta, la luz amarillenta llenaba el cuarto de calidez y una voz femenina tarareaba una canción que no conseguía identificar pero que le resultaba tranquilizadora, familiar.

Una mujer salió del baño frotándose con la toalla la melena rizada que se iría rizando cada vez más conforme avanzara la noche y que sólo se permitía dejar en libertad en los mejores momentos del verano.

—¿Aún no te has vestido? —preguntó Sara, con impaciencia—. ¡Vamos, date prisa! A ver si llegamos para los fuegos artificiales…

Su perplejidad era tanta que se limitó a hacer lo que le había pedido, mientras ella se enfundaba un vestido ibicenco, también blanco, con un collar largo de colores y unos pendientes enormes con forma de flor. Era Sara, sí, pero Sara a los veintidós años.

—¡Vamos, tortuga! —insistió ya en la puerta, tendiéndole la mano.

Estaba caliente, seca, suave. De algún modo había pensado una estupidez. Había pensado que cuando tratara de estrechar la mano de Sara, sus dedos la atravesarían como si estuviera hecha de niebla.

—¿Y si nos quedamos? —propuso él, en voz baja, ciñéndola por la cintura y apretándola contra la pared.

—No —contestó ella sin sonreír—. Nos esperan.

—¿Quiénes, Sara, quiénes nos esperan?

—Mabelle. Los niños. Mi padre.

—Tú no puedes estar aquí, Sara. Y ellos tampoco.

Lo miró fijamente, con una sonrisa despectiva.

—¿Ah, no? ¿Por qué? ¿Porque tú eres especial?

¿Porque hace mil años, cuando tu mayor tesoro eran unos vaqueros de marca, alguien te dio un número de teléfono que sigue activo?

¿De verdad crees que era a ti a quien querían atraer?

¿Para qué, César? ¿De verdad piensas que esto es un refugio para fracasados?

Se echó a reír de repente, echando la cabeza atrás, a pesar de que él la había empujado contra la pared. Ya no tenía veintidós años y su melena era corta, rubia y lisa, como la de la Sara que, sin alterar el tono de voz, le había ordenado recoger sus cosas y no volver más.

Su mano derecha se enredó en las hebras doradas y, agarrándolas en el puño, estampó la cabeza de su mujer contra la pared de la entrada, una vez, dos veces, tres…

mientras sus grandes ojos azules de niña de colegio de monjas se desorbitaban y sus labios seguían curvados en una mueca de desprecio insoportable.

—¿Te hace sentirte más hombre, César? ¿Era esto lo que querías? —la oyó decir.

Sin saber cómo, sus dos manos subieron hasta la garganta de la mujer madura en la que se había convertido aquella deliciosa muchacha que por un momento había vuelto a ser.

Al menos ahora ya no hablaba. Sólo producía un ronquido estrangulado, altamente satisfactorio, mientras trataba de soltarse de su agresor, pero él era mucho más fuerte, y era bueno tenerla cogida del cuello, disfrutando de cómo su expresión altiva iba difuminándose y sus ojos se abrían, enrojecían, suplicaban…

—Calla, zorra —se oyó repetir—. Ahora, de repente, me respetas, ¿verdad? Tendría que haberlo hecho antes. A ver qué dice ahora tu papaíto.

Antes de saber conscientemente que quería matar a la que había sido su esposa durante veintitrés años, César se encontró con un monigote entre las manos, un cuerpo desmadejado sin voluntad ni expresión, un cadáver.

La sacudió como hacen los niños, esperando despertarla, pero sus brazos se balanceaban sin control y en su cuello había florecido un collar violeta.

—Déjala sobre la cama, César —oyó decir desde el pasillo.

La puerta estaba abierta. Tania, con sus gafas negras y los brazos cruzados, lo miraba sin particular expresión.

—Únete a la fiesta. Yo me encargo.

—¿Qué… qué vas a hacer con ella? ¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho?

—Nada. No te preocupes. Vete. Ya nos veremos.

Con una última mirada a la muñeca rota que reposaba en la cama que no era su cama, que no era la cama de nadie, César salió al pasillo, siguiendo la música lejana que lo alejaba de allí, que lo llevaba de vuelta al jardín nocturno donde habían empezado a brillar los fuegos artificiales.