VIII
C UANDO despertó, la oscuridad era casi perfecta.
Extendió una mano sin saber qué era lo que pretendía alcanzar hasta que dio con un interruptor y todo se iluminó a su alrededor.
La habitación era como algunas que recordaba de sus tiempos de Ibiza una eternidad atrás: blanca, con baldas de obra, encaladas, donde se amontonaban libros, casettes, recuerdos, tonterías, trastos varios.
Un móvil estilo Calder colgaba inmóvil en el centro del cuarto.
La lamparilla que daba luz a la estancia era un cubo de madera calada con siluetas de camellos, lunas y estrellas.
No faltaba más que el cuerpo tibio de alguna muchacha sin nombre, como las que solía encontrarse en su cama al despertar en aquella época, tan lejana que parecía inventada.
No sabía qué hora podía ser, pero tenía hambre. Tal vez fuera ya de noche y la fiesta hubiese empezado ya. Ahora sólo tenía que encontrarla.
Se levantó, se dio una ducha rápida —había vuelto a hacer calor— y, al abrir el armario, encontró pantalones, camisetas, una túnica larga, una corta.
Se puso unos vaqueros negros y la túnica corta, blanca, con espejuelos en el cuello y en el pecho.
Al pasarse las manos por la cara descubrió que tenía una barba incipiente pero, como en el baño no había nada para afeitarse y le daba igual su aspecto, se alisó el pelo hacia atrás con las dos manos mojadas y salió de la habitación sin mirar atrás, sabiendo que nunca volvería a encontrarla, pero que daba lo mismo.
Siguió la música hasta que, al abrir una puerta a su izquierda, volvió a encontrarse con la salida al enorme jardín de la noche anterior, o al menos a uno que se le parecía.
Fue casi como volver a casa y, al mismo tiempo, le habría gustado poder escapar.
Olía a madreselva, lo que en su infancia su abuela llamaba “dama de noche ”, y a marihuana.
La gente pasaba delante de él buscando algo que siempre estaba un poco más allá.
Al fondo, un resplandor azul hacía pensar en la existencia de una piscina.
La música era ahora de violines, pero no interpretaban ninguna obra que él conociera.
Sin saber por qué, se dirigió hacia allí, hacia el azul.
Al pasar, sobre una gran bandeja de plata adornada con velas y con flores descubrió copas y vasos llenos de líquidos de distintos colores.
Atrapó una copa que podría haber sido champán y luego cogió al vuelo unos canapés que un muchacho jovencísimo, casi un efebo, ofrecía, cruzando entre la muchedumbre.
Los ojos de los demás resbalaban sobre los otros, como si buscaran a alguien en concreto, a alguien que no conseguían encontrar.
Un grupo de gente se movía al ritmo de la música en torno a una gran fogata que escupía chispas hacia el cielo estrellado.
Algunos bailaban enlazados, pero era como si estuvieran solos, cada uno abrazado a su dolor.
Algunos lloraban. Algunos lo miraban suplicantes, como si él pudiese hacer algo para liberarlos.
Antes de alcanzar la piscina, que proyectaba sus luces cambiantes sobre los muros del jardín, un joven con antifaz negro se plantó delante de él con un revólver en la mano.
César se detuvo y, a su pesar, dio un paso atrás, más sorprendido que asustado.
El muchacho levantó la mano derecha, le mostró el arma sin decir palabra, se apoyó el cañón contra la sien y, antes de que César pudiera hacer algo por impedirlo, apretó el gatillo.
El percutor dio en una cámara vacía y el revólver no se disparó.
Esbozando una sonrisa triunfal, el chico le tendió el arma.
Estaba claro lo que le pedía, pero César no estaba dispuesto a morir tan joven y para nada, de modo que le apartó la mano y trató de seguir su camino.
Mientras tanto se había formado un corrillo en torno a ellos dos y todos los ojos seguían sus movimientos.
—No —dijo él, tratando de sonar tranquilo—. Déjame en paz. No es eso lo que busco.
Algunos se apartaron, decepcionados. El chico volvió a tenderle el arma.
—No —insistió César—. Hay muchas cosas que aún tengo que hacer en esta vida. Muchas cosas que necesito averiguar.
Era verdad y, al mismo tiempo, algo en él se sentía atraído por la idea de coger aquel revólver y ver qué pasaba.
Al fin y al cabo, si la bala le perforaba el cerebro, se habría acabado, ya no tendría que decidir nada más, ya no sería necesario reinventarse, ni salvar su reputación, ni humillarse frente a nadie para conseguir un trabajo que, de todas formas, detestaría.
Y, si la bala no estaba en la recámara cuando apretara el gatillo, habría aceptado un desafío, habría nacido de nuevo, podría enfrentarse con cualquier cosa que la vida le tuviera reservado porque se sentiría capaz de todo, después de haber sobrevivido a su propia muerte. De hecho no tenía nada que perder.
El arma tembló en su mano durante un momento, pero la devolvió.
El chico del antifaz, adolescente, casi un niño, vestido de esmoquin con la pajarita deshecha, la aceptó casi amorosamente, le ofreció una tenue sonrisa, y diciendo “Si no es para ti, es para mí”, se puso el cañón contra la sien.
Antes de apretar el gatillo añadió mirándolo a los ojos: “Papá”.
El disparo le arrancó media cabeza. Su sangre salpicó la túnica blanca de César que, sólo en ese momento, se dio cuenta de que el muchacho era su hijo pequeño: Bosco.
Los invitados que los rodeaban, viendo que el espectáculo había terminado, fueron alejándose mientras César, anonadado, caía de rodillas junto al cadáver.
Con suavidad, le apartó la máscara. Lo que quedaba del rostro imberbe de Bosco parecía en paz.
El resto era una masa sanguinolenta, roja y blanca, que no ofrecía ninguna explicación.
Desde detrás sonó una voz cálida, con más graves que agudos:
—Quítate la camisa. Ve a darte un baño y te sentirás mejor. Sé que tienes hambre. Detrás de la piscina hay cualquier cosa que puedas desear. No tienes más que tomarlo.
César se giró hacia la mujer, la misma de la noche anterior, que lo miraba sonriendo.
Esta vez iba vestida. Llevaba una túnica negra semitransparente donde brillaban algunas lentejuelas también negras.
Estaba seguro de no haberla visto en toda su vida y, sin embargo, algo en ella le resultaba familiar.
Se quitó la camisa sin pensarlo y, cuando bajó la vista hacia el suelo, hacia la hierba salpicada de florecillas azules, no recordaba qué hacía allí, de rodillas, ni por qué la tela blanca estaba manchada de rojo.
—Ven conmigo. El agua está deliciosa.
Mabelle lo cogió de la mano y, en silencio, avanzaron veinte o treinta pasos hasta el borde de la piscina donde ella, como una faraona, dejó caer la túnica y con un gesto, lo invitó a hacer lo mismo.
Unos segundos después flotaban en un agua que cambiaba de color y que ahora era roja, como si estuvieran bañándose en sangre.
César dirigió la vista hacia el cielo que, de pronto, era más negro de lo que nunca había visto, y estaba cubierto de estrellas, caminos y dibujos de polvo de diamante.
Se dejó flotar como una hoja, con los brazos y las piernas en aspa, consciente de haber olvidado algo que había sucedido, algo que danzaba tentadoramente un paso más allá de la luz de su recuerdo, en la penumbra; sabiendo que había perdido algo, pero sin sentir lástima por ello.
Más bien al contrario: sintiéndose feliz por haberlo olvidado, por sentir la frescura del agua en su piel, el perfume de hierbas y fuego que traía la brisa, el dulce anhelo de alcanzar las estrellas en aquella noche tibia.
Cuando el agua se volvió violeta, César, sorteando a unos y a otros, salió de la piscina y, aún desnudo, empezó a buscar algo de comer.
Las voces y las risas, aunque suaves, le indicaron el camino hasta que, entre altas antorchas clavadas en el suelo, descubrió una mesa baja, tan larga que no le veía el final, cubierta de platos.
Hombres y mujeres estaban sentados en el suelo, sobre cojines de colores, o directamente sobre la hierba o las losas de piedra, charlando, bebiendo de copas de mil colores que destellaban como joyas cuando se alzaban para brindar, comiendo toda clase de manjares de fuentes que estaban sobre la mesa o les acercaban otras personas que pasaban cargadas con bandejas cubiertas de exquisiteces.
Se sentó en un lugar vacío, sintiéndose extraño en su desnudez.
Pero nadie parecía reparar en ella y al poco tiempo dejó de preocuparse.
Le ofrecieron un plato de carne recién asada, aún roja por dentro, que olía deliciosamente.
Se sirvió carne, verduras, un pan crujiente lleno de semillas, una gran copa de tinto.
Comió con entusiasmo. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de una comida, de la luz de sangre de las antorchas, del sonido de las risas y las conversaciones en las que no participaba y en las que no deseaba participar.
Por un instante, no pudo recordar qué hacía allí, cuándo había llegado, por qué.
Y no le importó, porque el vino era bueno, y había fresas aromáticas en un cuenco dorado y una hermosa muchacha lo acababa de besar al dejar a su lado un paño negro con estrellas de plata mientras se alejaba bailando, siguiendo la melodía de un violín que se perdía entre las frondas que susurraban a su alrededor.
El cansancio era hermoso, una especie de dulce languidez.
Se envolvió en el paño de seda, suave como una caricia y se quedó tumbado de cara al cielo, pensando que ahora sería perfecto que Sara siguiera queriéndolo, cogerla de la mano y marcharse en busca de alguna habitación donde hacer el amor hasta el amanecer perfumado de jazmines y luego correr enloquecidos por las altas dunas hasta lanzarse a las espumas del mar y ver salir la bola refulgente del sol de sus profundidades.