Hacia abajo VII
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VII

A L FINAL del corredor había, efectivamente, un vestíbulo de entrada con una puerta, más bien un portón de madera recuperada que en algún tiempo debía de haber estado en una cuadra o en un pajar, pero ahora lucía, aceitado y bien restaurado, como una pieza de anticuario.

Frente a la puerta, una mesa, también antigua, que recordaba un poco a un mostrador de recepción, como en un hotel rural, pero sin nadie que la atendiera.

Unas flores frescas la adornaban pero, como no eran rosas, no supo ponerles nombre.

Fue hasta la puerta y bajó el picaporte de hierro negro con todas sus fuerzas. La puerta no cedió. Las llaves no estaban puestas.

Se dio la vuelta, mirando detenidamente todo lo que lo rodeaba.

A pesar de la sensación de hotel que producía aquel vestíbulo, no había cajetines ni llaves en ninguna parte.

El único cajón de la mesa tampoco contenía llaves de ningún tipo, ni tarjetas, ni nada que pudiera servirle.

No había teléfono. Era sólo la entrada de una casa que podía haber sido en otros tiempos un cortijo gigante, o un hospital, o tal vez un convento, a juzgar por el claustro en el que había encontrado a Tania.

Lo que resultaba inquietante de aquel lugar era que la salida al exterior estaba cerrada. Y que el plano era enloquecedor. Y que no había nadie. Y que el silencio no era sólo una falta de sonidos, sino su total ausencia.

Tampoco había escaleras por ningún lado.

Desde su llegada, no había encontrado ninguna forma de subir, de modo que debía de tratarse de un edificio muy grande, pero de una sola planta, lo que era un fastidio porque, si consiguiera llegar a un punto más alto, al menos podría ver la casa desde arriba y hacerse una idea de sus dimensiones y de su disposición.

La muchacha le había dicho que por la noche habría una fiesta.

¿No era lo mismo que la noche pasada? ¿No había sido una fiesta lo de la noche anterior?

¿No sería que allí todas las noches había fiesta, si llamaban fiesta a algo donde la mayoría de los invitados no parecían felices?

Y ¿qué hacían durante el día? ¿Dormir? ¿O estaban todos en alguna parte jugando a juegos como ése en el que había estado a punto de participar?

Se acercó a las cortinas de color tostado que cubrían una gran ventana, a su derecha, las apartó y miró hacia el exterior.

La lluvia volvía a caer en fuertes rachas que difuminaban el paisaje, pero allí estaban las arenas por las que había cruzado el día antes, a su llegada, y los farolillos que ahora se agitaban en el viento.

No tenía mucho sentido intentar salir con ese tiempo.

Sería más sensato dedicarse a explorar sin angustias y sin prisas.

Quizá tuvieran un salón de juegos de mesa, o una biblioteca, o una sala de televisión.

Hacía mucho que no leía un buen libro. O quizá podría acomodarse en un sillón y ver una película de las que le habían gustado en su juventud y que hacía años que no había visto, o hacer un solitario.

Era posible que hubiera una baraja en alguna parte.

Lo importante era llenar el tiempo hasta el atardecer, hasta que la noche trajera a los demás huéspedes y empezara la fiesta.

Quizá, entonces, comenzara a comprender.

Echó a andar por un pasillo distinto de todos los que ya había recorrido.

Éste parecía más ancho y, de algún modo, más público.

Éste podía, quizá, llevar a las zonas comunes.

Tenía que haber un comedor, algunos salones…

Lugares donde pudieran reunirse los huéspedes si el tiempo era como el de ahora y no permitía disfrutar del jardín ni de la playa, que debía de estar muy cerca, aunque no se viera desde ninguna ventana, ni se oyera el ruido del mar.

Al cabo de unos pasos, a su derecha, se abría un salón en penumbra, las cortinas echadas, los muebles cubiertos con sábanas blancas como sudarios. Daba la sensación de no haber sido usado en años, en décadas. Lo atravesó y siguió buscando.

No conseguía recordar quién era la misteriosa Mabelle que parecía ser la anfitriona de aquella extraña compañía.

No le parecía posible haber olvidado a una mujer como ella si alguna vez la había conocido; además de que, si su número estaba en los vaqueros que él llevaba mucho antes de Sara, de eso tendrían que haber pasado más de veinticinco años, y la Mabelle que había conocido la noche anterior no tendría ni treinta.

¿Quién le habría dado, veinticinco años atrás, aquel número de teléfono que aún estaba operativo y lo había llevado hasta allí?

Recordaba los vaqueros, recordaba la época, había conseguido recordar nombres y caras de gente con las que se relacionaba entonces, pero nada le había ayudado a recuperar el recuerdo de esa mujer o de esa antigua invitación a la que él jamás había llegado a responder.

¿Por qué no lo habría hecho? En esa época, él se apuntaba a todo lo que le surgía.

Así había conocido a Sara y había entrado en el ambiente en el que ella se movía: aceptando todas las invitaciones, incluso de gente que apenas le habían presentado, aunque no le cayeran particularmente bien.

¿Quién le habría dado aquel número que él se había guardado en el bolsillo sin apuntar siquiera el nombre?

Mientras su cabeza daba vueltas y vueltas a esas cuestiones, sus pies seguían caminando, sus ojos fijándose en todo lo que iba viendo en su recorrido.

Más allá del salón de los muebles enfundados, abriendo una puerta de doble hoja con cristales biselados que lo reflejaban a él con la mano tendida hacia el picaporte, encontró una especie de biblioteca con un televisor de modelo antiguo y un par de mesas cuadradas con tapete verde para jugar a las cartas.

Era más o menos lo que estaba buscando, pero resultaba tan deprimente que volvió a salir para seguir su exploración.

Ya volvería si no encontraba nada mejor.

Le habría gustado saber qué hora era, pero su reloj había quedado abandonado en la mesita de la habitación donde había pasado la noche y, para el caso, lo mismo podía estar en el fondo del mar.

Jamás sabría volver allí. El móvil podría haberle servido, pero estaba sin batería y el cargador estaba en el coche.

De pronto se quedó parado, con una repentina sensación de vacío en el estómago. ¿Le habría puesto la capota al echar a andar hacia la casa la noche anterior?

No. Seguro que no. ¿Cómo iba a ocurrírsele cerrar la capota en una noche casi tropical, en el sur de España? ¿Quién podría haber imaginado una lluvia como la que caía fuera en esos momentos y que estaría cayendo también sobre su Mercedes deportivo, abandonado en las arenas sin ninguna protección?

Se detuvo, escuchando. La lluvia no se oía. ¿Habría dejando de llover otra vez?

Tenía que salir de allí, ir al coche, asegurarse de que todo estaba bien o, por el contrario, darse cuenta de que su maravilloso descapotable se había convertido en una bañera, abrir las puertas, dejar salir el agua y acercarse a algún taller a que le arreglaran todo lo que la lluvia le hubiera estropeado.

Ya habría tiempo de volver por la noche.

Y así, además, podría cargar el móvil y llamar a alguien.

Necesitaba hablar con alguien del mundo de afuera.

Con alguien normal. Con uno de sus hijos, tal vez.

Incluso con Sara. Ya no eran pareja, pero seguían teniendo una relación civilizada; no se negaría a hablar con él.

Aunque… ¿qué coño le iba a decir? ¿Que estaba en una casa rara, llena de gente aún más rara?

¿Que le había parecido ver a Lara en una situación en la que ningún padre decente querría ver a su hija?

¿Que estaba perdido y desesperado y se sentía solo?

¿Que, de pronto, tenía la sensación de que había desperdiciado su vida haciendo cosas que nunca lo habían hecho realmente feliz?

Sara se reiría de él, le quitaría importancia a todo y le colgaría, porque estaban esperándola para bajar al puerto o para salir a cenar, o para cualquier cosa más importante que ayudar al hombre que había sido su marido y había dejado de serlo. ¿Lo había querido alguna vez?

Sí. Tenía que haberlo querido, porque se había enfrentado a su padre, a toda su familia, a todo el ambiente que siempre la había rodeado, para que lo aceptaran, para que lo dejaran formar parte de un mundo al que no pertenecía por nacimiento.

Tenía que haberlo querido y, luego, en algún punto de su vida, había dejado de hacerlo.

Pasó por una sala de billar con cuatro mesas verdes, casi borrosas bajo la luz amarillenta de las lámparas.

Siguió caminando y, bajando tres peldaños entre plantas falsas que parecían reales, llegó a una discoteca como las de algunos hoteles que conocía de vacaciones en Anatolia, Túnez, Chipre…

un cuarto modesto, con una bola de cristales y focos rojos y morados cuya luz se estrellaba en ellos y llenaba las paredes de reflejos que giraban una y otra vez sobre los sofás semicirculares, sobre la pequeña pista de baile donde, sorprendentemente, sonaba un tema de Abba a toda potencia, sólo para él: The Winner Takes It All.

No había nadie detrás de la barra, de modo que se sirvió un whisky sin esperar a que se presentase algún camarero y lo atendiera. Hacía ya tiempo del desayuno y no tenía ni idea de la hora que era, de modo que daba igual.

Se sentó en uno de los taburetes de la barra, como habría hecho en sus tiempos al llegar a una discoteca; un buen lugar para apreciar el ambiente, para decidir qué hacer y a quién acercarse.

La pista seguía vacía mientras sonaba Dancing Queen, pero, si cerraba los ojos, podía ver a las chicas con sus enormes melenas rizadas por la permanente, sus hombros marcados, sus cinturones elásticos, sus maquillajes brillantes con un toque de purpurina rosada en los pómulos y en los labios.

Al cabo de un rato, Abba dio paso a Bob Dylan y, con los primeros compases de Hurricane, se bajó del taburete y se acomodó en uno de los sofás que rodeaban una mesita redonda.

Hacía mucho que no había oído aquella canción: un perdedor, un boxeador fracasado que acaba en la cárcel por un crimen que no cometió.

Nada más terminar la canción, y antes de reconocer la siguiente — Solsbury Hill, de Peter Gabriel, una de sus favoritas— sintió la necesidad de ir al baño.

Dejó el vaso casi vacío sobre la mesa y atravesó la pista cruzada por los destellos de la bola de cristal mientras, en la canción, el águila prometía llevarlo a casa y él, como siempre, sentía ese tirón en el alma, ese deseo de dejarlo todo atrás y marcharse de allí, de lo que había sido su vida, abandonándolo todo, desnudo y expectante, cabalgando el águila que lo llevaría a casa, de vuelta al hogar, a ese hogar que no sabía dónde estaba ni cuál podía ser.

El baño estaba vacío, casi abandonado, pero al empujar la puerta tras de la que le había parecido oír un jadeo, su mirada cayó sobre un muchacho que, sentado en el váter y aferrando con los dientes una goma tensa, le pedía farfullando “Ayúdame, tío, ayúdame” mientras una jeringuilla temblaba en su mano derecha y sus ojos rojizos, de inmensas pupilas, se clavaban en él.

La sorpresa de encontrarse de golpe con alguien le hizo dar un paso atrás sin darse cuenta.

El chaval gemía con un sonido lastimero y continuo, como si no se diera cuenta de que era él mismo quien producía el sonido.

La jeringuilla cayó al suelo y rebotó hasta los pies de César que, por puro automatismo, la recogió y se la quedó en la mano sin saber qué hacer con ella.

“Por favor, papá, por favor…” oyó decir a aquella piltrafa —piel y huesos— que, ahora se daba cuenta, era su hijo Ignacio.

Soltó la jeringuilla, dio un empujón a la puerta, que ocultó al chico sentado en el váter con su pelo revuelto y sus ojos enloquecidos, y, tropezando con sus propios pies, salió a la discoteca donde ahora sonaba Boney M.

— Rivers of Babylon — y, casi ahogándose, siguió adelante hasta que consiguió llegar a un salón adonde ya no llegaban ni la música ni los alaridos de aquella criatura.

Vomitó el whisky en una palmera que tanto podía ser natural como artificial y, con el único propósito de alejarse de allí, siguió avanzando por el pasillo hasta que, de puro agotamiento, abrió una puerta y se dejó caer en una cama que lo acogió como una tumba.