Hacia abajo VI #2
57%

VI #2

Dio un paso adelante, dejando la puerta abierta.

Los hombres se apartaron ligeramente, como para dejarle sitio entre ellos.

La chica tenía el rostro vuelto hacia la ventana cubierta con unas tupidas cortinas de color rubí; la melena le cubría la cara y rozaba sus pezones, erectos como frambuesas, en unos pechos más grandes de lo esperable en un cuerpo tan joven.

A su pesar, sintió que su respiración se aceleraba y la sangre lo invadía.

Hacía mucho que no había sentido un deseo tan poderoso, unas ganas tan salvajes de follar, allí mismo, delante de aquellas bestias, con aquella desconocida sin rostro.

Se acercó, vacilante. El espejo que cubría el techo sobre la cama reflejaba la escena, ofreciendo perspectivas inesperadas.

Se sentía extraño entre aquellos mastodontes que, de repente, habían dejado de moverse sobre la muchacha, salvo para acariciarse a sí mismos y no perder la erección, pero no podía evitar ir hacia ellos, hacia la cama.

Todos lo miraban, inescrutables, como si sus rostros fueran sólo proyecciones, dibujos animados.

Uno de ellos levantó a la chica con dos manos como zarpas y, sin ningún esfuerzo aparente, la giró de espaldas, poniéndola casi arrodillada frente a él, sus nalgas blancas como una manzana ofrecida al borde de la cama.

Otro recogió en una cola su melena trigueña y tiró de su cabeza hacia atrás.

Ella soltó un gemido y volvió el rostro hacia él con una lasciva sonrisa de invitación.

Era Lara.

Era su hija la que lo miraba lamiéndose los labios, entrecerrando los ojos, girando perezosamente las ancas frente a sus ojos dilatados.

Se oyó gritar. Un rugido de tigre, de animal herido.

Los hombres prorrumpieron en carcajadas. La chica que era Lara se echó a reír mientras su mano atrapaba el falo erecto de uno de ellos y, como un helado, se lo llevaba a la boca.

Caminando hacia atrás, trastabillando, logró llegar a la puerta sin que nadie se lo impidiera y cerró tras él. Se apoyó en la pared del pasillo y, poco a poco, fue resbalando hasta quedar sentado en el suelo, sobre los azulejos morunos de intrincados dibujos en los que no había reparado antes.

Aquello no podía ser verdad. Era una alucinación. Una alucinación provocada por…

Sí, César. ¿Por qué?

¿Por los huevos revueltos?

¿Por el zumo de naranja?

Podría llevar alguna sustancia psicotrópica.

¿Sí? ¿Para qué?

Sacudió la cabeza en un intento de acallar la estúpida segunda voz que tan bien conocía.

Los asquerosos sonidos de la habitación habían cesado. Estaba seguro de que, si ahora abría la puerta, no habría nadie dentro, pero precisamente por eso no se atrevía a hacerlo.

O sí. Seguían allí, en silencio, en perfecta inmovilidad, esperando a que él entrase de nuevo para continuar con el juego; y él ya no quería jugar.

No quería volver a ver a esos gorilas. No quería volver a ver a esa muchacha que se parecía a su hija, pero no podía serlo.

Su hija no tenía esas tetas redondas y pesadas, ni esa mirada procaz, ni ese…

Se golpeó la cabeza contra la pared y, con esfuerzo, se puso de pie y echó a andar pasillo adelante por aquel corredor eterno.

No recordaba nada parecido de la noche anterior.

Cuando entró desde las arenas, atravesando el pequeño jardín con sus farolillos, siguiendo a la pelirroja, apenas le había costado un par de pasos llegar al jardín o patio o lo que fuera aquello.

Decidió entrar en una de las habitaciones de la derecha.

Daba igual cuál escogiera. Sólo quería mirar por la ventana y saber si daba al patio o al jardín exterior.

Por mucho que lloviera, tendría que ser capaz de distinguirlo.

Y en el peor de los casos, saltaría por la ventana y saldría fuera.

No aguantaba más allí dentro, encerrado.

El calor, que al despertarse casi no había sentido, se había hecho tan intenso que el aire se estaba volviendo irrespirable. Había empezado a sudar. Notaba cómo la camiseta se pegaba a su espalda, cómo los vaqueros le resultaban desagradables al contacto con la piel. Tenía que salir de allí.

Abrió la primera puerta que le vino en gana. El cuarto era vagamente moruno, de paredes encaladas, una cama grande con colcha de seda de rayas de colores, una jarapa en el suelo, una ventana de madera pintada de azul. Enrejada.

Se quedó un instante esperando, sin saber qué hacer, hasta que volvió sobre sus pasos, cerró la puerta y abrió otra, unos cuantos metros más allá. Esta vez dio con una habitación de estilo asiático, tailandés o balinés: cama baja, blanca, mosquitera, madera de teca, ventilador en el techo.

Por un instante sintió el impulso de abrir el armario y comprobar si había en él ropa de su talla, pero el miedo pudo más y no lo hizo.

Se limitó a dar los cinco pasos que lo separaban de las puerta-ventanas que se abrían al exterior y atravesarlas con una facilidad que le quitó el aliento.

Había estado seguro de que no se abrirían, de que estaba atrapado en aquel lugar.

Fuera había dejado de llover, aunque el cielo seguía gris, con una espesa capa de nubes arrastradas por un viento que apenas movía las ramas más altas de los cuatro cipreses de aquella especie de claustro monacal al que había salido.

Se dio la vuelta, pero la puerta que había franqueado no se distinguía de las demás y todas tenían visillos blancos que cerraban la vista al interior.

El recuerdo de la habitación carmesí donde su hija, o aquel fantasma que se le parecía, jugaba con aquellas bestias, se iba desdibujando en su cerebro.

No era más que una fantasía, una alucinación, un jirón de las pesadillas de la noche pasada.

Lara estaba en la Costa Brava, con su madre y sus hermanos en casa de los abuelos, y sus diversiones consistían en salir a navegar durante el día y, por la noche, bailar en La Bocana con gente de su edad, chicas y chicos que conocía desde su infancia.

El claustro estaba fresco, silencioso, solitario. Caminó por él fijándose en las rosas que esparcían su fragancia como una ofrenda a quien quisiera apreciarla, en los altos cipreses que se balanceaban ligeramente al compás del movimiento de las nubes.

Debajo de uno de ellos, para su sorpresa, distinguió un cuerpo pálido, tendido en una hamaca de madera, una mujer joven, desnuda, de pubis lampiño y piel blanca, moteada de pecas diminutas y rojizas, con el pelo del color del lino y unas gafas oscuras cubriéndole los ojos.

Dormida.

O quizá muerta.

Se acercó, procurando no hacer ruido, y se quedó quieto, frente a ella, mirándola hacia abajo, sin saber qué hacer. Aquella muchacha era la autoestopista finlandesa que había llevado hasta Almería.

—¿Tania? —la voz le salió ronca; llevaba muchas horas sin usarla.

La chica movió la cabeza hacia él. Las gafas eran tan oscuras que no permitían saber si había abierto los ojos, si lo había reconocido.

—¿César?

Increíblemente, el alivio lo inundó. Era maravilloso ser reconocido por alguien.

—Así que por fin has encontrado lo que buscabas —dijo Tania, sentándose en la tumbona con toda naturalidad, como si no estuviera desnuda frente a su mirada. Curiosamente, la hamaca estaba perfectamente seca. Igual que las hojas y las flores, ahora se daba cuenta.

—Bueno… yo no diría tanto. La verdad es que lo que estaba buscando era la salida al jardín exterior. Tengo que acercarme a mi coche a recoger mis trastos, pero esta casa es un laberinto y me he perdido.

—Aquí todo el mundo está perdido.

—¿Sabes salir?

—Sé llegar a la salida.

Como cuando estaban juntos en el coche, hubo una larga pausa que a ella no pareció resultarle incómoda.

—¿Qué hacías aquí? —preguntó él por fin.

—Tomar la sombra.

César sonrió. Aquella muchacha era realmente rara.

—¿La sombra?

—Me gusta que las sombras pasen sobre mi cuerpo, que lo acaricien; sentir la diferencia entre las partes a las que llega el sol y las que reciben la sombra de las nubes, de los árboles, del viento…

—No me has entendido. ¿Qué haces tú aquí, en esta casa? ¿Por qué has venido? ¿Me buscabas?

Tania lo miró de frente, inexpresiva, sus ojos, dos pozos de sombra, las crenchas de su melena suelta cruzándole la cara impelidas por la brisa.

—No, César. No necesito buscarte. Ya te he encontrado.

Él cambió su peso de un pie a otro, incómodo, sin saber cómo continuar aquel absurdo diálogo, deseando estar muy lejos de allí.

—Me has dicho que sabes por dónde se sale.

—¿Quieres que te acompañe?

—Por favor.

Ella se puso de pie y, sin molestarse en recoger la ropa, echó a andar hacia uno de los rincones del patio donde una pequeña puerta gótica daba paso a un largo corredor monacal que tenía un arrimadero de madera oscura en las dos paredes.

Grandes cuadros borrosos, también oscuros, los acompañaron en el trayecto mientras César seguía la frágil figura blanca que caminaba descalza delante de él sin decir palabra hasta que por fin se detuvo en un vestíbulo y, con un gesto, le indicó un camino.

—Sigue por ahí. Al final del pasillo está la puerta que da a las arenas.

—¿No quieres acompañarme?

—Nos veremos por la noche, en la fiesta.

—¿Qué fiesta?

Ella sonrió, se cruzó los labios con el dedo índice, abrió una puerta que César no había visto y desapareció tras ella, dejándolo perplejo y con más ganas que nunca de salir de allí, volver a su coche y, quizá, marcharse para siempre.