VI
Se levantó y, trastabillando, entró en el cuarto de baño, orinó largamente y, sin tomarse el tiempo de pensarlo, se metió en la ducha y dejó caer el agua fría sobre su cuerpo hasta que se sintió totalmente despierto.
Se secó con una toalla mullida y gruesa y abrió el armario como le había indicado su guía de la noche anterior, la mujer de la melena pelirroja y la estrellita negra en el entrecejo.
De la barra colgaban varios pantalones, un traje de lino y unas cuantas camisas de verano.
En las baldas había ropa interior y camisetas de distintos colores, unas lisas y otras con rostros y nombres de varios grupos antiguos de rock.
Sin saber bien por qué, escogió unos vaqueros muy gastados y una camiseta negra de Metallica.
Eran de su talla y, aunque no se probó las demás prendas, estaba convencido de que también lo serían.
En el suelo del armario había un par de mocasines, unas sandalias, unas zapatillas de deporte sin marca y unos zapatos con cordoneras.
Se calzó las zapatillas negras, que también eran de su número.
Un rugido repentino de su estómago le recordó que hacía mucho que no había comido nada y, despidiéndose con una mirada circular de la habitación en la que había pasado la noche, salió al pasillo buscando la cocina o el comedor o la sala de desayunos, o cualquier lugar donde pudiese encontrar comida.
No estaba seguro de poder volver a localizar la habitación, pero empezaba a darse cuenta de que aquello no tenía la menor importancia.
Por fin llegó a una cancela de metal y cristales de colores tras de la cual se intuían ruidos de conversaciones, de loza y cubertería.
Sonrió.
Por fin.
Abrió la puerta y los sonidos cesaron. Era, efectivamente, un comedor, pero estaba vacío. Allí no había un alma.
Se quedó un momento quieto, con la cabeza ladeada, tratando de comprender qué estaba sucediendo.
El silencio era completo, pero a su olfato llegaba un maravilloso aroma de café recién hecho, de modo que se puso en marcha hacia la pared del fondo, donde había una cocina casi industrial, como la de un hotel o un restaurante, madera y metal, con una encimera de granito negro.
La cafetera estaba llena, había una jarra de leche fría y una de leche caliente; bajo una campana de cristal encontró bollería variada, pequeños emparedados de salmón y pepino, y pinchos de tortilla.
Un poco más allá había una tostadora junto con panes variados y otra campana, esta vez metálica, que contenía huevos revueltos y tocino crujiente.
En una bandeja se sirvió de todo lo que le apeteció y caminó hasta el otro extremo de la sala, donde unas cortinas hacían suponer que detrás de ellas se encontraba una ventana.
Cogió la tela con dos dedos y la desplazó cuidadosamente.
La sorpresa lo dejó pasmado. Llovía. Llovía tanto que el paisaje era apenas una acuarela difuminada; verdes y azules temblaban detrás de los cristales ocultando la vista al exterior.
De todas formas, retiró la cortina y, mientras comía, echaba miradas a la nada azulenca preguntándose qué hacía él allí, para qué había venido, dónde estaban los demás, qué diablos era todo aquello.
El comedor desierto tenía algo de convento abandonado, de barco a la deriva, de hospital clausurado, a pesar de que los huevos que masticaba aún estaban calientes y el café no había perdido su aroma.
Comió rápido, disfrutando cada vez menos de lo que hacía, deseando marcharse de aquel comedor de hospicio y recorrer los laberínticos pasillos en busca de otra voz humana.
¿Estarían todos durmiendo aún? ¿Qué hora podía ser?
Ahora se daba cuenta de que no se le había ocurrido mirar el reloj al levantarse y, estúpidamente, se lo había dejado olvidado en la mesita de noche de su habitación.
Por suerte, aún llevaba el móvil, pero se había quedado sin batería.
Se puso de pie, se palpó los bolsillos y descubrió, con alivio, que por puro automatismo se había guardado las llaves del coche en el de delante, como siempre.
Luego se acercaría a recoger la bolsa y quizá a aparcarlo a la vista de la casa.
Era casi lo único que tenía y era muy nuevo, aún valía un buen pellizco; aparte de que un descapotable como el suyo siempre era una carta de presentación cuando, después del interregno de Villa Consuelo, se animara a volver al mundo y buscar un trabajo de su nivel, lo que, siendo sincero consigo mismo, a su edad le iba a costar sudores de sangre.
Pero ahora no era momento de pensar en eso.
Se había propuesto descansar, olvidarse del día a día, recuperar fuerzas para empezar de nuevo, solo, sin ninguna carga, sin ninguna ambición concreta.
La mujer de la noche anterior le había dicho que buscara lo que había venido a buscar.
Eso era lo primero que tendría que decidir: qué buscaba.
Luego, cuando lo supiera, se pondría a trabajar para conseguirlo.
Siempre había conseguido lo que deseaba, una vez que sabía qué era. Y en esos momentos aún no lo sabía.
Tenía que confesarse que una parte importante de sus deseos consistía en esconderse y lamerse las heridas.
No podía ocultarse a sí mismo que Sara le había hecho daño, mucho daño.
Lo había humillado en lo más profundo de su ser porque, aunque él ya no era feliz con ella, aún no se había decidido a admitir que su matrimonio era un fracaso.
Había sido su mujer, la niña pija con la que se había casado, la que había tomado la decisión, se había buscado otro tío de un escalón superior, más viejo, eso sí, pero más rico, y a él le había dado la patada con toda naturalidad.
Y su maldito orgullo lo había llevado a marcharse casi sin nada, a cedérselo todo con elegancia, como si no le importara, porque no soportaba que volvieran a humillarlo, que le negaran lo que le pertenecía, que dijeran que toda su displicencia y su generosidad de siempre no eran más que una pose, que cuando las cosas se ponían desagradables, él quería su parte, como un cualquiera.
Dejó la bandeja sobre la mesa y cruzó el comedor hacia las puertas dobles, alegrándose de llevar zapatillas con suela de goma. Habría sido horrible oír el ruido de sus pasos sobre las baldosas blancas en medio de aquel silencio sideral.
Echó a andar por el pasillo buscando alguna salida al jardín o al patio con la vaga idea de acercarse al coche, aunque con la lluvia no tenía mucho sentido.
Sería mejor esperar a que escampara y salir después; tampoco había ninguna prisa.
O sí. La verdad era que no recordaba si había bajado la capota.
Quizá no. ¿Cómo se le iba a ocurrir que podía llover en el sur en pleno verano?
Si no la había cerrado, ya era tarde. El coche se habría convertido en una bañera.
Tendría que esperar a que dejara de llover, saliera el sol y se fuera secando.
Se detuvo en mitad del corredor para echar una mirada en las dos direcciones.
Aquella casa, además de insensatamente inmensa, no tenía ninguna lógica.
El pasillo se extendía casi hasta el infinito y, cuando encontraba una curva, se bifurcaba en otros pasillos igual de limpios, igual de solitarios y silenciosos.
Estaba empezando a darle grima. Cada vez que doblaba una esquina, imaginaba que se iba a encontrar con un niño en su triciclo o unas gemelas con coletas mirándolo fijamente, pero todo seguía vacío, callado.
De pronto, a su izquierda, oyó un gemido detrás de una de las puertas. Alguien se habría despertado — ya iba siendo hora— y se habría dado cuenta de que tenía una resaca espantosa que le estaba rompiendo el cráneo. O bien no se había despertado solo y estaba empezando a disfrutar de la compañía.
Le cosquilleaban las yemas de los dedos de ganas de abrir la puerta y asegurarse de que había otras personas en aquel lugar.
Se quedó quieto, escuchando, hasta que acabó pegando la oreja a la superficie de madera. Desde dentro le llegaban suspiros, gemidos, jadeos, susurros… Era evidente que su segunda suposición era la acertada.
Como si lo viera en una película, vio su mano girando el pomo de la puerta y empujándola lentamente hasta que fue capaz de distinguir en la penumbra la enorme cama redonda donde una mujer y varios hombres se entregaban a unos juegos eróticos que, sin saber exactamente por qué, le parecieron sucios.
Los hombres eran grandes y musculosos, con el cráneo afeitado, y varias correas y cinturones de cuero cruzándoles los cuerpos peludos y tatuados, con piercings metálicos destellando al moverse y reflejar la luz rosada de la lámpara que, desde el suelo, iluminaba la escena.
La mujer debía de ser muy joven. Entre los hombres, solo se adivinaban pedazos de un cuerpo delgado, pálido, flexible, y una melena larga y abundante como la de su hija Lara, de un rubio oscuro.
Sin saber por qué se quedó allí, inmóvil, pegado a la jamba, observando, hasta que uno de los hombres, que mostraba una enorme erección, lo miró a los ojos y le hizo un gesto de invitación con la mano.
César se pasó la lengua por los labios, dudando.
Había hecho muchas cosas en su vida, pero nunca había participado en algo así.
Una parte de su ser lo empujaba hacia delante; la otra lo mantenía pegado a la puerta, buscando la liberación del pasillo y la posibilidad de encontrar la salida al jardín.