V
—¡Hola! No te había oído llegar.
—Yo amo el silencio. Por eso prefiero esta parte del jardín. Tengo que recordar, ¿comprendes? El ruido me distrae.
—No te entiendo, lo siento.
—Quisiera conocer a la anfitriona —dijo César, tratando de romper la absurda situación.
—Sí. Es lo que queremos todos. Ven conmigo. Te presentaré a Mabelle.
—¿Mabel?
—No. “Ma–belle” —dijo, forzando el acento francés.
Él estaba seguro de no haber conocido nunca a nadie que se llamara Mabelle, aunque por supuesto era posible que veinticinco años atrás se hubiera llamado de otro modo: Pilar o Sonsoles y que después de construir o comprar esa casa hubiera decidido usar un nombre más acorde con el nuevo entorno.
Lo más probable era que, cuando por fin se encontrara frente a ella, por mucho que hubiese cambiado, algo en su expresión le recordara un tiempo, aunque fuera breve, pasado en común. O su tono de voz o su mirada.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó a su guía mientras regresaban a la zona más concurrida del jardín—. Yo soy César.
—No me acuerdo, ya te lo he dicho. Llámame Sol, si quieres, como los otros.
Sol ignoró su mano tendida y siguió caminando a su lado, girando la cabeza de un lado a otro como un pájaro, con la mirada dirigida hacia arriba, como si fuera a encontrar a la mujer que buscaban subida a un árbol.
Ya no hablaron más. Al cabo de unos minutos llegaron a una pequeña elevación alfombrada de césped donde un grupo de personas semidesnudas parecía arrastrarse boca abajo en una especie de ballet tan lento que tenía una cualidad submarina.
Los cuerpos jóvenes y dorados de sol estaban parcialmente cubiertos por cintas de seda de colores, cuentas de vidrio y abalorios de hueso y plumas.
Sol se quedó parado frente a ellos, como a la espera, y César lo imitó, perplejo.
Al cabo de unos instantes, el movimiento general se fue ralentizando y de entre los cuerpos emergió una figura femenina desnuda, de una palidez nacarada que docenas de finísimos regueros de sangre acentuaban.
Al volverse en su dirección los que la rodeaban, César notó que todos tenían los labios manchados de rojo y sonreían con expresión vacua.
La mujer, cuyo rostro estaba cubierto por un antifaz negro del que surgía una melena falsa y violentamente azul, dio unos pasos hacia él y se quedó mirándolo sonriente, con los ojos brillantes.
—Bienvenido —dijo—. Veo que nos has encontrado.
La voz era la misma que conocía del teléfono: grave, aterciopelada, peligrosa. Sintió un escalofrío de excitación.
—No ha sido fácil, pero aquí estoy —hasta a él le sonó estúpida su respuesta, totalmente desplazada en aquel lugar—. Quería darte las gracias por la invitación. Este sitio es increíble. Me quedaré un par de días, si no te importa.
—Claro que te quedarás.
Mabelle tenía una figura tan perfecta que no podía ser natural y César no conseguía despegar los ojos de su cuerpo, aunque sabía que podía resultar grosero mirar de esa manera a su anfitriona. Alguien debería cubrir aquel despliegue antes de que él acabara poniéndose en evidencia.
Como en respuesta a su pensamiento, una muchacha se adelantó hacia ellos con una tela dorada y envolvió a Mabelle.
—Estás en tu casa. Aquí no hay reglas, ni horarios, ni prohibiciones. Busca lo que has venido a buscar.
Le resultaba cargante que en aquella casa todo el mundo hablara en aquel estilo críptico y vagamente esotérico; debían de ser adeptos de alguna secta recién inventada y de algún modo estaban convencidos de que él era de los suyos, pero no deshizo el equívoco porque necesitaba desesperadamente unos días de alejamiento para poder pensar y decidir qué iba a ser de su vida en cuanto acabara el verano.
—Gracias. De momento lo que busco, sobre todo, es descanso y un poco de tiempo para pensar.
—Lo tendrás en abundancia.
—¿Nos conocemos? Quiero decir, ¿nos hemos conocido en algún momento? No quiero parecer descortés, pero la verdad es que no recuerdo...
Ella rió. Una risa musical que hacía desear escucharla de nuevo.
—Aquí son muchos los que no recuerdan.
Se arrebujó en la tela dorada, pasó junto a él sin volverlo a mirar y desapareció entre las frondas, dejándolo perplejo.
Cuando se volvió, el grupo se había disuelto y Sol había desaparecido.
Por lo demás, todo seguía igual. No había forma de saber si la fiesta acababa de empezar o estaba dando ya los últimos coletazos; no había ni euforia ni timidez ni aburrimiento, sino una cualidad que antes le había pasado desapercibida y que venía a ser como si el tiempo estuviera haciendo una pausa entre dos momentos.
Se encogió mentalmente de hombros, se sirvió otro vaso de una botella de color diferente y empezó a buscar la puerta de cristales que lo llevaría de nuevo a su habitación.
De repente el cansancio empezaba a pesarle y le apetecía volver a estar en un cuarto a solas, con una buena cama y las luces apagadas.
Ahora sólo se trataba de encontrarlo, de manera que vagó un rato más por el jardín tratando de dar con la misma puerta que lo había llevado allí, pero sin éxito.
Al final, harto ya de dar vueltas, abrió una cristalera que daba a un largo pasillo y cerró tras de sí dejando atrás los sonidos de la fiesta que continuaba a sus espaldas.
Avanzó hasta una bifurcación y enfiló el pasillo de la izquierda porque al fondo le había parecido distinguir una cancela de cristales de colores como la que recordaba.
No podía estar seguro de que fuera la misma, pero en el fondo daba igual, así que acabó abriendo una puerta que podía ser la de su cuarto y que de hecho lo era, a juzgar por la disposición de los muebles.
Suspiró con alivio, sintiéndose absurdamente en casa.
Aquello era un laberinto, pero acabaría por orientarse.
Al entrar en el baño, su alivio se evaporó.
Por un momento había estado seguro de que era la misma habitación, pero en el baño no quedaba la menor evidencia de que alguien lo hubiera usado recientemente, de que él lo hubiera usado apenas dos horas antes.
Todo estaba limpio, seco, perfecto: las toallas dobladas en sus barras, el jabón envuelto en el papel, la papelera vacía.
O se había equivocado de cuarto o el servicio era de una eficiencia de hotel de gran “lujo.”
Se desnudó despacio, pensando en el día que estaba a punto de acabar y que ya le parecía tan lejano como si fuera un recuerdo de su infancia.
Dejó el móvil en la repisa del lavabo y se dio cuenta de que no tenía cobertura y de que se había dejado el cargador en el coche, pero si no había cobertura, en la base daba igual que estuviera cargado; ya lo haría por la mañana.
Ahora lo importante era dormir, recuperarse, desprenderse de la pegajosa sensación de tener que recordar algo que no conseguía precisar, pero estaba demasiado cansado: el calor, los kilómetros que había recorrido, el alcohol...
todo se confabulaba para que no quisiera más que cerrar los ojos.
Apagó la luz del baño, destapó la cama y, con un suspiro que le habría dado vergüenza de no haber estado solo, se metió entre las sábanas. Estaba en el sur.