Hacia abajo IV
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IV

C UANDO dejó de verlo, volvió a parar el coche y sacó el móvil.

Las cigarras cantaban aún, enardecidas por el calor.

Olía a sal y a pinares, aunque en todo lo que abarcaba la vista no había más que un par de pinos retorcidos y maltratados por el viento constante.

Habían aparecido las primeras estrellas y el azul se adueñaba del mundo a su alrededor.

Inspiró hondo y marcó el número que se sabía de memoria. Esta vez tardaron mucho en contestar. El teléfono sonaba y sonaba como si el sonido tuviera que recorrer inmensidades astronómicas hasta llegar al misterioso lugar donde esperaban su llamada.

Empezó a sentirse absurdo, sentado en un coche de lujo con el mar a su derecha y el móvil pegado a la oreja, llamando a una desconocida sin saber para qué.

La voz era la misma, pero ahora sonaba más intensa, con una especie de alegría contenida, como impaciente, a pesar de que el mensaje grabado era tan lento y claro como el anterior.

—Desde Playa de los Muertos sigue la carretera durante diez kilómetros, siempre hacia el oeste. Luego hacia el sur, desde la higuera, dejando la pared de roca a tu derecha, ocho kilómetros. Para allí y espera. Estás llegando al final del camino. Pronto nos veremos.

Lo recorrió un escalofrío y estuvo a punto de aullar de alegría.

No tenía ni idea de quién podía ser aquella mujer, pero estaba claro que tenía talento escénico.

Aquello parecía la búsqueda del tesoro pirata, una expedición a Shangri-La, una fantasía adolescente.

Luego resultaría ser alguna vieja millonaria, tres veces divorciada, que se había retirado a un chalé perdido en la nada, donde el terreno es más barato, para seguir viviendo una juventud ibicenca, poblada de jóvenes hippies fugados de casa.

No aguantaría ni tres días y tendría que plantearse cómo pasar el resto del verano, pero de momento era la aventura que siempre había soñado y se sentía rejuvenecido en cuerpo y alma, lanzado a lo desconocido, fuera del tiempo, del mundo, de todo, dueño de su vida.

El mapa le dijo que acababa de rebasar la Playa de los Muertos, que existía realmente, aunque sonara tan efectista, de modo que puso el contador del coche en cero y empezó a avanzar despacio, en la penumbra iluminada por los faros que iban creando el camino a su paso.

Se sentía eufórico, como si una mano fantasmal le hubiera quitado veinte años de encima, como si el tiempo hubiera empezado a desenroscarse hacia atrás llevándolo a su ser verdadero, a una vida con futuro soñada en largas noches de verano, calientes y aromáticas, con rumor de mar.

La higuera era un borrón de sombra en la noche quieta.

A partir de allí se acababa el camino y el firme se hacía arenoso.

Le habría sido más útil ahora tener el cuatro por cuatro, pero se lo había llevado Sara a Ampurias, así que se limitó a meter primera y sonrió ante el rugido del motor, como si el coche fuera una prolongación de sí mismo.

Le resultaba curioso que el recuerdo de Sara no despertara en él ningún tipo de sensación, pero no era más que un hecho objetivo que no tenía nada que ver con él.

Sara estaba en Ampurias, con los niños, con sus padres, con José Luis, probablemente.

Y él estaba... ¿dónde estaba él? Mucho más abajo.

En el sur. En algún lugar entre el mar y el desierto. Donde quería estar.

Las rocas se alzaban frente a él, oscuras, poderosas. Tendría que dejarlas a su derecha. Ocho kilómetros para el final.

De repente, desde algún punto a su espalda oyó una explosión, seguida de cerca por varias más y toda la pared de roca se tiñó de rojo primero, de verde, de violeta.

En algún pueblo cercano alguien estaba lanzando fuegos de artificio.

Frenó, se soltó el cinturón y se dio la vuelta para ver el espectáculo: junto a la luna llena, posada sobre el horizonte como una calabaza redonda y enorme, el cielo se engalanaba de chispas de colores, un bordado efímero sobre el raso de la noche.

Todo era tan perfecto que parecía falso, como diseñado para él, a la medida de su estúpido romanticismo y sus deseos inconcretos.

Pensó con una punta de diversión que parecía una metáfora de su vida: ir conduciendo en linea recta hacia una pared de roca iluminada por colores cambiantes creyendo que ése era el espectáculo, cuando a su espalda estaban los fuegos artificiales, la luna llena, el mar.

Y era todo tan sencillo como detenerse por un instante, bajar del coche y darse la vuelta para ver lo que se había estado perdiendo, para ver lo mejor.

Cuando el aire volvió a quedar en silencio, después de que se apagaran los últimos ecos, y la luna empezó a recuperar su color nacarado, subió al coche de un salto y siguió conduciendo los últimos kilómetros, pugnando por encontrar una tonada que tararear, pero no se le ocurría nada que casara con la sensación que lo llenaba y acabó por contentarse con la melodía del motor y la vibración que sentía en todos los músculos.

El recuerdo de Solsbury Hill le llegó de pronto y estuvo a punto de gritar de alegría porque era ésa, era ésa la sensación: que alguien iba a venir a buscarlo para llevarlo a casa, al lugar donde lo esperaban, donde tenía que estar. Por eso lo había dejado todo atrás, porque ya no le hacía falta.

En alguna parte aulló un animal, un perro tal vez, su marcador llegó al ocho y se detuvo en mitad de la nada. El camino que lo había llevado hasta allí se acababa en ese punto. A izquierda y derecha las dunas de arena se extendían impolutas, plateadas bajo la luna.

Se tironeó del pelo de la nuca, bajó del coche y se quedó unos instantes con el móvil en la mano sin saber qué hacer.

La voz no le había dado más indicaciones, sólo “para allí y espera”; seguramente enviarían a alguien a buscarlo.

Pero la noche seguía en calma, cálida y expectante, vacía de la casa que había imaginado, vacía de toda presencia humana.

Encogiéndose de hombros frente a su coche cargado de vestigios de su vida anterior, echó a andar hacia el sur.

Una gaviota solitaria, blanca contra el cielo estrellado, voló sobre él, muy alto, como el fantasma de una cometa, en silencio.

La arena levantada por sus pisadas se deslizaba por sus pantorrillas en una caricia fría y siseante mientras remontaba una duna intentando orientarse.

A menos de cien metros, abajo, al pie de la duna, brillaban unas lucecillas colgadas de los árboles de un jardín que ocultaba una casa imprecisa, grande y blanca, medio tapada por grandes árboles y enredaderas.

Volvió la vista atrás, hacia la sombra plateada del coche, considerando la posibilidad de regresar a recoger una bolsa con lo más preciso, pero decidió que no valía la pena; la casa estaba tan cerca que era mejor ir directamente con lo puesto, presentarse y volver después.

Los árboles crecían frente a sus ojos conforme bajaba hacia Villa Consuelo y las lucecillas se iban definiendo como velas o mariposas en lámparas de cristal ambarino.

De algún lugar llegaba un tintineo de varillas de metal o hueso y el eco lejano de una música de laúd que parecía volar hasta él traída por las rachas de un perfume dulce, de jazmín o madreselva, que llenaban su olfato por un segundo y desaparecían de nuevo como si sólo las hubiera imaginado.

No había verja ni puerta de entrada; una pequeña cerca de madera y un seto bajo de alhelíes separaban el jardín de la arena pero, al cruzarlo, envuelto en su fragancia olvidada, tuvo la sensación de traspasar un umbral.

“Bienvenido”, dijo una voz femenina muy cerca de él.

No la había visto porque estaba apoyada en el quicio de una puerta, oculta por la sombra de la marquesina.

Era tan alta como él, llevaba una túnica suelta de un rojo muy oscuro, casi como su pelo, que, con el reflejo de las lamparillas, parecía de fuego, y se cubría los hombros y el pecho con un chal negro bordado de espejitos y lentejuelas.

—Veo que nos has encontrado al fin. ¿Quieres pasar?

No era la misma voz de las grabaciones, pero tenía una cualidad similar, grave, lenta, misteriosa, como si fuera una voz hecha no para dialogar, sino para guiarte, para dar indicaciones, para mostrarte un camino, una voz que no esperara respuesta.

—¿Quieres pasar? —insistió ella abriendo la puerta para dejar el paso libre al interior. Por detrás de su hombro, se abría un pasillo largo, embaldosado con azulejos de tipo árabe de intrincado diseño.

—Gracias, sí —consiguió murmurar él, al tiempo que le tendía la mano en un gesto que ella ignoró—. Soy César Ugarte.

—De momento.

—¿Cómo dices?

—Que aquí puedes ser quien quieras ser, lo que quieras ser. No hay prisa —llevaba una estrella de ocho puntas pintada o tatuada entre las cejas, y sus ojos, bordeados de kohl, eran tan verdes que parecían de cristal.

Se volvió de espaldas y lo precedió por el pasillo. Su túnica ondeaba como una llama a su alrededor lamiendo sus pies descalzos, sus finos tobillos con pulseras. Había puertas a ambos lados y todas eran diferentes.

—Puedes elegir la que prefieras —dijo ella por encima del hombro—. Eres libre. Hay ropa en todos los armarios si quieres cambiarte. Si tienes hambre o sed, pásate por la cocina o por el patio. Allí nos encontrarás.

—Me gustaría saludar a la anfitriona.

—No hay prisa.

Desde algún lugar al fondo del pasillo le llegó un rumor de risas y unos acordes de guitarra.

—¿Hay fiesta esta noche? —preguntó sonriendo.

—Siempre hay fiesta. Te esperamos.

La mujer caminó unos pasos más y, en lugar de seguir hasta el fondo del pasillo, abrió bruscamente una puerta y desapareció tras ella, dejándolo perplejo.