III
L A LUZ era ya anaranjada cuando llegó a Las Negras con el estómago apretado de ansiedad.
Hacia el oeste los agaves se recortaban como siluetas de cartón negro contra el cielo incendiado de poniente y, frente a él, el mar era de un azul profundo, casi doloroso, enmarcado por las rocas oscuras que daban su nombre al lugar.
“El sur”, se dijo, como un conjuro. “Estoy en el sur. He llegado abajo.” Como si fuera la primera vez, como si allí pudiera encontrar lo que otros lugares no le habían dado.
“¿Qué quieres, César? ”, se dijo. Una de esas preguntas que sabía sin respuesta, porque llevaba haciéndosela desde siempre y no había llegado más que a una conclusión contradictoria: “Todo. Nada”.
Lo mismo que se había contestado a los dieciocho años, cuando llegó por primera vez a Mallorca para trabajar de barman en una discoteca, disfrutar del verano y ver de ahorrar lo suficiente para pagarse los estudios en Madrid.
Recordaba con toda claridad la sensación de que el mundo se abría frente a él como un parque de diversiones lleno de caminos, de apuestas, de desafíos; de que todo estaba al alcance de su mano para tomarlo o dejarlo; de que no tenía más que elegir.
Y ahora, de nuevo, a pesar de que la última apuesta le había fallado —veintitrés años viviendo una vida prestada— se volvía a sentir igual: el mundo era como un buffet en un hotel de lujo.
Sólo que de momento no tenía hambre y el quedarse con nada no significaba un sacrificio, sino una opción legítima, su elección.
Y Villa Consuelo podía ser el lugar idóneo para esperar el momento en que tendría que decidir y volver a la vida de todos los días, un puerto en el que capear el temporal, un fuera de juego. ¿No le había dicho la voz que el tiempo era una ilusión? Quizá allí lo fuera.
Aparcó en la cuneta, antes de entrar en el pueblo, y apretó el móvil entre las manos un instante.
Ya no faltaba mucho para la noche. ¿Podía llegar a esas horas a un lugar desconocido donde lo esperaba una mujer desconocida o una conocida olvidada?
¿No sería mejor buscar un hotel por la zona o volver a Almería, llamar a Tania, salir a cenar y regresar de día?
—¿Vas al pueblo?
La pregunta salida de ninguna parte lo sobresaltó; la voz era ronca, masculina, y sonaba a su derecha, pero no podía ver a quien había hablado.
Se soltó el cinturón y se incorporó en el asiento, tratando de distinguir el origen de la voz.
El hombre estaba a contraluz, con todo el cielo del ocaso a sus espaldas y sólo se distinguía una silueta oscura, de pelo largo, sentada en una piedra.
El sol, ya cerca del horizonte, ponía un nimbo incandescente a su cabeza.
—Son sólo un par de kilómetros, pero estoy hecho polvo. —La voz sonaba arrastrada y apática, poco cultivada, pero le recordaba a la de un antiguo compañero de facultad que abandonó la carrera en tercero.
—Sube, anda.
Era alto y flaco, desgarbado, barbudo; no se parecía en nada al compañero de estudios que acababa de evocar. Iba vestido como los hippies que él recordaba de sus veranos en Ibiza: vaqueros destrozados, camisa india, chaleco con espejuelos, sandalias de cuero.
—¿Te importa? —preguntó mostrándole un canuto enorme, aún apagado.
—Por mí...
El hippy, que debía de ser de su misma edad, encendió el canuto y dio un suspiro de satisfacción mientras él ponía el coche en marcha.
—¿Quieres una calada?
Pensó en rechazar la oferta, pero extendió la mano. Aunque hacía mucho que no había fumado hierba, el olor le traía recuerdos agradables y sabía que lo relajaría. Inhaló un par de veces, sintiendo el humo extenderse por su cuerpo, agradecido por el regalo inesperado.
—¿Vives por aquí? —dijo, al devolverle el canuto.
—Ahora sí.
—¿Sabes dónde está Villa Consuelo?
Hubo un silencio tan largo que César pensó que el hippy se había quedado dormido y tuvo que echar una mirada a su derecha.
—Antes estaba —dijo por fin, y empezó a tararear una canción que le resultó conocida por un instante antes de perderse entre la tos del hombre—. Hace mucho.
—A mí me esperan ahora.
—Sí. Siempre esperan. ¿De verdad quieres ir allí?
—Claro. ¿Por qué no?
Se echó a reír. Una risa cascada y seca.
—Claro. ¿Por qué no? Tú eliges, tío.
Aquello empezaba a parecerle un diálogo de besugos, así que condujo en silencio hasta la entrada del pueblo. El tipo estaba colgadísimo; le parecía evidente que no iba a sacar nada en limpio preguntándole.
—Supongo que lo encontrarás en medio del desierto —añadió el hippy al apearse—. Si te han invitado, ellos te guiarán.
—¿Tú has estado allí?
Lo miró directo a los ojos por primera vez. Eran castaños, dulces, un poco velados.
—Casi. Pero conseguí retirarme a tiempo —dio la vuelta al coche y acercó los labios al oído de César, como para susurrarle un secreto—. Yo aún estoy vivo, ¿sabes?
—Sí, ya te veo —contestó con una sonrisa mientras apartaba la cara del olor del hippy, rancio, dulzón.
—¿Quieres venirte a dormir a casa y te lo piensas?
César negó con la cabeza.
—Gracias de todas formas.
—¡Suerte, tío!
Por el retrovisor lo vio aún un rato parado a la entrada del pueblo, siguiéndolo con los ojos, inhalando pausadamente, recortado contra el cielo ya violeta.