II #2
En Almería siguió las indicaciones al centro de la ciudad y de ahí hacia la playa para dejar a su pasajera en algún sitio concurrido desde donde pudiera buscar un hotel o un albergue juvenil.
Encontró un aparcamiento junto a una terraza cubierta por toldos blancos y bajó a estirar las piernas antes de despedirse de ella y hacer la llamada que le indicaría cómo llegar a Villa Consuelo.
—¿Puedo invitarlo a tomar algo?
Era la primera vez que Tania iniciaba una conversación, pero evidentemente trataba de ser amable y compensarle el favor.
—No me debes nada. Igual tenía que venir.
—Me gustaría invitarlo de todas formas.
—De acuerdo —contestó antes incluso de haberlo pensado—. Te acepto una mineral.
—¿No bebe?
—Cuando conduzco, no —mintió. No podía decirle que quería llegar adonde fuera con sus cinco sentidos.
—Yo tomaré un gin tonic —pidió ella cuando se instalaron en una mesita con vista al mar.
—Vale. Otro para mí. ¿Nunca te quitas las gafas?
Ella se llevó la mano a la montura y volvió a bajarla.
—Me molesta tanta luz. Estudio en Yvasküla, pero me crié en una ciudad pequeña, más arriba del círculo polar. Me gusta la oscuridad.
Lo dijo lentamente, mirándolo, como si en aquella frase hubiera algo que él tuviera que comprender, pero antes de que César pudiera formular una respuesta, una mano se estrelló sobre su hombro en una sonora palmada.
Cuando alzó la vista, Toño lo miraba desde su metro noventa con los ojos azules chispeantes de curiosidad.
—¡Macho, qué increíble encontrarte aquí! ¿Tú no veraneas en la Costa Brava?
Se puso de pie y le estrechó la mano, sintiendo cómo la máscara que había abandonado al salir de Madrid se le volvía a pegar al rostro.
—Allí tengo a la familia.
César se había colocado frente a Toño de una manera que le tapaba la vista de Tania.
—¿No vas a presentarme a tu amiga? —preguntó, bajando la voz mientras le hacía un guiño cómplice.
—No es una amiga; estaba haciendo autoestop y la he recogido hace un par de horas —su sonrisa dejaba espacio suficiente para todo lo que el otro se quisiera imaginar.
Toño sorteó el cuerpo de César y tendió la mano a la muchacha.
—Soy Toño. Un buen amigo de César.
Ella se la estrechó sin sonreír.
—¿Quién es César? —preguntó Tania.
—¡Coño, macho, lo siento! —Toño parecía realmente preocupado por haber cometido el desliz de pronunciar el nombre de César—. Bueno, pues mucho gusto, ¿eh? Os dejo ya, que me esperan.
Se despidieron con otra palmada y Toño se marchó, visiblemente aliviado de quitarse de en medio.
—¿Por qué se ha puesto tan nervioso su amigo? —preguntó Tania en cuanto se quedaron solos.
César se encogió de hombros.
—Supongo que ha pensado que tengo un lío contigo y que ni siquiera te he dado mi nombre auténtico.
—¿Qué es un lío?
—Una relación sentimental, como se le llama ahora. Un adulterio.
—¿Está usted casado?
—Claro. Quiero decir... sí, pero ya no.
Por primera vez en las horas que la conocía, Tania se echó a reír.
—¡Qué mal mientes! —dijo, pasando de repente al tuteo.
—No miento —dio un trago a su gin tonic y la miró de frente.
Era un momento tan bueno como cualquiera para verbalizar lo que aún no se había dicho ni siquiera a sí mismo con todas las palabras—.
He mentido mucho en esta vida, pero ahora no miento.
Me casé con mi mujer hace casi veintitrés años, tenemos tres hijos, hemos llevado un matrimonio bastante decente durante mucho tiempo; convencional, lo admito, pero llevadero.
Y hace unos meses me dijo que se había enamorado de otro y que no le veía ningún sentido a que siguiéramos juntos, así que estamos en trámites de divorcio, ella se ha ido a la Costa Brava con sus padres y con nuestros hijos, me han echado de la empresa familiar, construcciones, y de la casa que compartíamos, y aquí me tienes, en pleno sur salvaje, yendo hacia abajo, cada vez más abajo, charlando con una perfecta desconocida, finlandesa por más señas, y sin saber qué va a ser de mi vida.
¿Todo claro? —se acabó la bebida de un trago y se puso las gafas de sol.
—¿Y tú qué eres? ¿Una víctima?
—Una víctima del constructivismo —hizo un gesto al camarero para pedir otra ronda—.
Toda la vida me he empeñado en creer que cada uno se construye la realidad en la que vive y, aunque me daba cuenta de que la cosa se me estaba yendo de las manos y que lo que yo vivía no era lo que había querido de joven, seguía adelante.
Y al final fue Sara la que decidió por mí, como siempre.
Ahora tengo que ver cómo construirme una nueva vida; a mi medida, de ser posible.
—Te encuentro admirable —dijo ella sin asomo de ironía—. Eres sensato, honesto y lógico.
—Muchas gracias —se tomó la mitad del gin tonic y se puso de pie—. Tengo que irme.
—¿Adónde? —ella también se levantó.
—No te lo creerías.
—Prueba.
—A un sitio que no sé qué es ni dónde está.
—Suena interesante. No estarás pensando en el suicidio, ¿verdad?
Ahora fue él quien se echó a reír.
—Habría sido más cómodo hacerlo en el salón de casa y a Sara la habría fastidiado mucho más.
—¿Me llevas contigo?
—¿Adónde?
—A ese lugar.
Se miraron a través de la doble barrera de las gafas de sol hasta que César empezó a mover lentamente la cabeza.
—No. No puedo. Tengo que ir solo. Dame tu número de móvil y te llamaré cuando vuelva.
—Si vuelves —dijo ella en voz muy baja, sin dejar de mirarlo.
—Aún tengo que dar mucha guerra —contestó con una sonrisa—. Lo siento, Tania. Anda, dame el número y disfruta de tu viaje por España.
—¿De verdad quieres ir allí? —preguntó ella aún.
Él asintió con la cabeza, grabó las cifras que ella le dictaba, le dio un par de besos torpes y huyó hacia su coche con el móvil apretado en la mano sin saber, como tantas veces, si era eso realmente lo que quería hacer.