Hacia abajo II
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II

A L ENFILAR la salida sur de Madrid, hacia la costa —siempre hacia abajo, recordó—, sintió un golpe de euforia, como si un terremot o hubiera sacudido el cementerio donde dormía y hubiera desplazado la losa que cubría su sepultura.

Pisó a fondo el acelerador y se quitó la gorra para notar el viento despeinándolo a trallazos. Era libre. No volvería jamás.

Hasta septiembre. Cuando tendría que entrevistarse con Carlos, que le había medio ofrecido un puesto en su empresa, por debajo del que había tenido hasta ahora, pero suficientemente digno como para mantener su estilo de vida habitual, o casi.

Pero ahora era ahora y la autovía era una flecha imparable disparada entre campos deslumbrantes, amarillos bajo el sol de mediodía, recién aligerados de su carga de espigas, como él, preparándose para un nuevo ciclo.

La Castilla ancha y plana que cantaba Machado se extendía a su alrededor y, como el mar, dejaba abiertas todas las direcciones, pero él sabía adónde quería ir, por improbable que fuera lo que le esperaba.

Hacía demasiado tiempo que su vida no era más que tedio y rutina, sin sorpresas, sin misterio, sin pasión…

y había sido necesario que Sara se enamorara de otro para que él se encontrara de nuevo como a los veinte años, con una incógnita por delante y la absoluta seguridad de que volvería a conseguir lo que se propusiera.

Sólo tenía que decidir qué era lo que quería.

Durante los primeros cien kilómetros se limitó a volar por la autovía adelantando sin esfuerzo camiones y turismos familiares que escapaban de un Madrid casi desierto ya, con la vista fija en la tenue línea imaginaria que separaba la tierra del cielo y la mente perdida en recuerdos insustanciales, evanescentes, que iban quedando atrás enredados en el viento de la marcha.

Paró en una gasolinera a repostar y a comprar una botella de agua mineral helada bajo un sol brutal que difuminaba el horizonte y creaba espejismos danzantes sobre los campos.

Una muchacha muy joven, posiblemente extranjera, con una enorme mochila a la espalda conversaba con un camionero junto al mastodonte.

Al salir de la tienda, la chica estaba al lado de su coche, como esperándolo.

Tenía la piel muy clara, salpicada de pecas, unas gafas pequeñas y muy oscuras cubrían sus ojos y la melena rubia, recogida en una larga cola de caballo, parecía un puñado de trigo.

—Perdone —le preguntó con un suave acento extranjero—, ¿va hacia el sur?

Paseó la vista por su figura antes de responder. Era delgada y fibrosa, cuerpo de atleta, de nadadora quizá, pecho mínimo, piernas largas. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza considerando la posibilidad de compartir con ella unos kilómetros.

—¿Podría llevarme?

—¿Adónde quieres ir?

Ella se encogió levemente de hombros:

—Hacia abajo. Al sur, a la costa. Donde usted me deje.

—¿Te va bien Alicante? —No estaba seguro de querer llevarla más lejos, ahora que acababa de redescubrir la sensación de libertad.

—Sí. Va bien. Gracias.

Acomodaron con dificultad la mochila sobre las bolsas que cubrían el pequeño espacio posterior del Mercedes descapotable.

—Bonito coche —comentó la chica.

¡Si supieras que es prácticamente todo lo que tengo!

, pensó él casi divertido. No le apetecía hablar, pero tampoco quería comportarse de modo grosero con aquella muchacha que debía de tener la edad de su hija.

Carraspeó para darle ocasión de que dijera algo y, cuando no lo hizo, acabó por preguntar:

—¿De vacaciones por España?

—Soy finlandesa. Empiezo un Erasmus en Madrid en septiembre y antes quería ver un poco el país. Iba a venir con una compañera, pero ha conocido a un chico y se ha quedado.

César esbozó una sonrisa. Todo aquello le recordaba a sus propios veranos tanto tiempo atrás, antes de Sara, antes de la vida real, de lo que llevaba años considerando su vida.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Tania.

Ella no le preguntó su nombre y él no vio ninguna necesidad de decírselo; de todos modos resultaba difícil hablar con el viento y el ruido del motor.

Ella no hizo ningún comentario sobre Don Quijote frente a los molinos, ni cuando empezaron a aparecer los castillos, árabes y cristianos, que salpicaban la ruta hacia el sur.

¿Ya no les enseñaban nada en la universidad o es que había dado con una muchacha especialmente parca en palabras?

Daba igual. No era asunto suyo. A pesar del calor y del sol que picaba en la piel, era agradable conducir en silencio, viendo el paisaje desenroscarse bajo los neumáticos como una cinta sin fin, echando alguna mirada a los muslos de Tania, unos muslos duros de corredora, salpicados de pelillos dorados.

—¿Dónde quieres que te deje? —preguntó por fin cuando llegaban a la periferia de Alicante.

—Donde usted vaya. Por el centro estará bien.

—Yo sigo hacia Almería, pero no me importa desviarme al centro.

—Almería está cerca de Granada, ¿verdad?

—Más o menos.

—¿Podría llevarme hasta Almería?

—Claro. Si te da igual...

—Hasta fin de agosto soy libre —contestó Tania con una sonrisa, mirándolo fijamente a través de las gafas oscuras.

Podría haberle contestado que él también, pero no lo hizo.

La llevaría como máximo hasta donde tuviera que hacer la siguiente llamada de teléfono; luego seguiría solo.

Fuera lo que fuera lo que le esperaba en aquella desconocida Villa Consuelo, no podía presentarse con una desconocida recién salida de la adolescencia.

A él nunca le habían gustado las jovencitas; prefería las mujeres de su edad, con experiencia, de conversación interesante y pícara, y de ojos oscuros.

¿Cómo serían los ojos de Tania? Azules probablemente, como los de Sara, como los de los cientos de Barbies que habían pasado por las manos de su hija.

El azul era un color perfecto para el cielo, para el mar que empezaba a aparecer ahora a su izquierda, revelándose de golpe como un milagro al remontar las pendientes, podía ser incluso un buen color para algunas flores, como las que se encontraban en las praderas de los Alpes, pero definitivamente no era color para unos ojos.

¿Cómo decía la canción gallega? “Ojos verdes son traidores, azules son embusteros, los negros y acastañados son firmes y verdaderos.”

El sol seguía pegando fuerte sobre la cinta de asfalto y el coche devoraba los kilómetros sin esfuerzo, hacia el sur, mientras el viento agitaba las flores blancas y rosas de las adelfas de la mediana y unas nubes altas y deshilachadas cruzaban indolentes el cielo.

Tania agitaba inperceptiblemente la cabeza siguiendo el ritmo que le marcaban los auriculares que llevaba puestos y era como estar flotando en una burbuja de champán, dorada y efímera.

—¿Te gusta España? —preguntó César, ya cerca de Puerto Lumbreras, donde debía desviarse hacia Almería.

—Es como otro planeta —dijo ella, tras unos segundos.

—¿Pero te gusta?

—No lo sé aún. Es todo distinto.

—¿Distinto a qué?

—A lo que me imaginaba. A las fotos, a las películas. Yo creía que el sur era como un jardín, y aquí es todo tan seco... Mire, la tierra casi blanca, esos cactus como en las películas del oeste...

A él le gustaba así: las rocas destacándose contra el cielo, los agaves, las enormes chumberas, el sol reverberando sobre el asfalto... pero prefirió hacerle una sugerencia en lugar de discutir con ella.

—Granada es un jardín. Si quieres, te dejo ahí delante, en Puerto Lumbreras, en la desviación, a hora y media de Granada.

Tania sacudió la cabeza después de haber echado una mirada al mapa de carreteras.

—No. Lléveme a donde usted vaya. De allí ya veré.

Por un instante la imagen de Granada como la recordaba de su último viaje apareció detrás de sus ojos: intensamente verde de jardines y blanca de cal, las callejuelas del Albayzín, el murmullo del agua, la luz frutal de sus atardeceres, el olor del jazmín en las noches cálidas, la mole de la Alhambra iluminada desde el Paseo de los Tristes...

Podría llevarla a Granada y enseñarle el milagro del sur.

¿Y ella? ¿Qué podría enseñarle ella? ¿Su forma de ver lo que él había visto mil veces? ¿Su cuerpo pálido y casi adolescente en la penumbra de una habitación de hotel?

—Como quieras.

El espejismo de Granada se desvaneció y, con él, lo que pudiera haber sido. Ella volvió a pulsar su móvil.

—¿Qué estás oyendo?

— Dead Can Dance . ¿Los conoce?

Él negó con la cabeza mientras tomaba la desviación a Almería y traducía para sí el nombre del grupo: Los muertos pueden bailar . ¡Qué extraños los jóvenes! ¿Qué clase de música puede hacer un grupo que se llama así?

—Deberías oír algo más español. No sé. Paco de Lucía quizá. O algo más moderno, como Alejandro Sanz o Rosalía… no sé.

Ella no contestó y él se limitó a conducir, molesto consigo mismo por dar consejos no pedidos y, evidentemente, no apreciados.

Había sido una estupidez llevarla. Él tenía que pensar en su futuro, o al menos en su presente.

Almería se acercaba y, con ella, la posibilidad de que sucediera algo inesperado, incalculable, nuevo, misterioso.

El móvil le quemaba en el bolsillo y el deseo de volver a llamar a aquel número para escuchar de nuevo aquella voz lo forzó a hacer una inspiración profunda.

Si hubiera encontrado una justificación, la habría hecho bajar del coche allí mismo, en mitad del paraje desierto que atravesaban, porque aquello era una aventura y las aventuras se emprenden en solitario, pero ella estaba sentada como una muñeca, relajada, inmóvil, con la vista fija en el horizonte y las manos, de uñas cortas y limpias, cruzadas en el regazo.