Hacia abajo I
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Hacia abajo

Hacia abajo

Por Elia Barcelo

© inepub.com

I

“LOS DESVANES deberían estar en el subsuelo de las casas”, murmuró César, formulando por primera vez lo que había pensado en más de una ocasión. Claro, entonces se llamarían sótanos. Y sin embargo no es lo mismo, no trae a la mente las mismas asociaciones. Los sótanos están llenos de trastos presumiblemente útiles: la caldera, las herramientas, los botes de pintura, las conservas, cosas que pertenecen a la vida cotidiana, y la favorecen y la garantizan. Cosas del presente. Los desvanes, por otro lado, representan el pasado, todo lo que alguna vez fue útil o hermoso o necesario y hemos decidido apartar de nuestra vida diaria, pero que sigue ahí, mudo, a la espera, como los recuerdos que a veces desenterramos en noches de insomnio y sabemos que nos pertenecen, que nos conforman, que constituyen el abono del que ha nacido nuestro ser actual. Por eso deberían estar abajo, en la oscuridad, en las raíces, no en la planta más alta de la casa, iluminados por esas ventanas sesgadas de cristales manchados por las lluvias de la primavera, por las que se cuelan los rayos del sol de una mañana radiante que ilumina un jardín que ya no le pertenece, como ya no le pertenece la casa, ni nada de lo que contiene.

El desván de la casa de Sara —se fuerza a pensar en su casa como la casa de Sara, que está ahora en la Costa Brava pasando el verano con sus padres— ni siquiera parece un desván; es sólo un espacio iluminado, escrupulosamente limpio, lleno de cajas iguales, blancas, con tapa de rayas azules, rotuladas con la letra redonda y voluntariosa de su mujer, de su exmujer, de la madre de sus tres hijos que ahora estarán en el chalé de los abuelos haciendo vela y windsurf mientras él intenta borrar las huellas de su existencia en la casa común que ahora, por decisión judicial, le pertenece a ella.

Ha sido un impulso estúpido el que lo ha llevado al desván a rescatar, de entre todas las cosas inútiles que ha ido recogiendo a lo largo de los años, una maleta antigua que cree recordar y que debería de estar llena de trastos viejos de su época de estudiante, algo que no quiere dejar al alcance de Sara y de los niños o, mucho peor, del contenedor de basura al que con toda seguridad irá a parar en cuanto ella vuelva de Ampurias. Se lo dijo bien claro antes de marcharse: “todo lo tuyo que encuentre cuando te hayas ido desaparecerá, César; así que asegúrate bien y no me vengas luego con que tienes que pasarte a recoger esto o aquello. Hablo en serio”. Sara siempre hablaba en serio; ése era uno de los problemas de su matrimonio.

Encontró la maleta que buscaba en la alacena del fondo, donde ella había encerrado los trastos menos presentables, todo lo que no se podía meter en las cajas que tan pulcramente guardaban los adornos de Navidad, los negativos de las fotografías antiguas, las flores secas para las distintas decoraciones, las guirnaldas y farolillos de las barbacoas del verano, de las fiestas de Carnaval, los disfraces de los niños...

Pensó por un instante lo fácil que resultaría rociar todo aquello de gasolina, salir al jardín todavía húmedo de la noche y ver arder la casa como una hoguera en una playa.

Tironeó de la maleta, la acostó sobre el parqué y abrió los dos cierres con un ahogo en el pecho, como si fuera la caja de Pandora y todos los males del mundo fueran a salir el exterior. La casa estaba en silencio, conteniendo la respiración, ávida por ver los tesoros que se encerraban en aquella maleta marcada por cicatrices de viajes y traslados, de un piso de estudiantes a otro, de un barrio a otro, hasta su entrada triunfal en la casa maravillosa de Somosaguas, regalo de boda de sus suegros.

Pasó la mano con mimo por sus viejos cuadernos, por los mazos de fotos atados con gomas amarillentas, por la ropa pasada de moda que veintitrés años antes había considerado demasiado buena para tirar. En un impulso sacó los vaqueros, sus vaqueros favoritos desgastados por el agua de Ibiza y las noches pasadas en la playa, se quitó los pantalones caqui que había elegido para empezar su exilio y, después de tumbarse en el suelo, como a los veinte años, consiguió cerrarse la cremallera. Se había conservado delgado, seguía estando en forma, pero su cuerpo, a pesar de todo, ya no era el mismo que cuando se gastó medio sueldo en aquellos vaqueros una eternidad atrás. De todas maneras decidió llevárselos, junto con todos los demás recuerdos de aquella maleta semiolvidada.

El pensamiento lo hizo sonreír. Llevárselos, ¿adónde? Ni siquiera sabía qué iba a hacer cuando, por fin, después de dar una última vuelta a la casa, cerrara la puerta principal para no volver. Montse y Javier le habían ofrecido pasar unos días con ellos en Cádiz hasta que se “centrara”, Pilar le había insinuado que no le importaría dejarse invitar a pasar un fin de semana en alguno de los hoteles con “encanto” que tanto le gustaban; podía también instalarse en algún hotel del centro a leer los anuncios de trabajo y de pisos de alquiler, pero de alguna manera todo le daba pereza, como si el verano fuera una droga adormecedora y suave que le impidera enfrentarse con la realidad, con su realidad de hombre de casi cincuenta años, fracasado en lo profesional y en lo familiar, abandonado por todos.

Memeces —se dijo—, cursiladas, novelerías, gilipolleces. Sólo se trataba de volver a empezar. Sin Sara, sin hijos, sin empresa familiar, ni suegro jefe, ni tarjetas de platino. Desde el principio y hasta las estrellas. Per aspera ad astra. “¡Gilipollas!” Esta vez lo dijo en voz alta, casi con cariño.

Se abrió la cremallera para poder levantarse del suelo y, al meterse las manos en los bolsillos por pura costumbre, descubrió un papel doblado. Unos números escritos en tinta roja en una letra que no reconoció: elegante, segura, misteriosa de algún modo. ¿Quién podía haberle dado aquel número? Debió de ser alguien a quien conoció bien en algún tiempo si no fue necesario anotar también el nombre. ¿Una mujer?

Intentó recordar, mientras se quitaba y doblaba los vaqueros y volvía a cerrar la maleta, a alguna de las mujeres que habían compartido etapas de su vida, pero ninguna se ajustaba a la imagen que aquellos trazos parecían conjurar en su mente.

Echando una mirada distraída a las famosas cajas blancas y azules, agarró la maleta y bajó las escaleras dándole vueltas al papel en su mano libre. Si era un número de teléfono, llevaría años desconectado o, en cualquier caso, su dueña habría cambiado de domicilio tiempo atrás.

¿Y esa manía de pensar que era una mujer? Podía haber sido un posible compañero de piso que nunca llegó a serlo, un contacto de trabajo, cualquier cosa, incluso una combinación fortuita de números para una apuesta.

Pero ¿qué se perdía con probar? Por primera vez en veintitrés años no tenía ningún plan que no hubiera sido establecido de antemano. Lo había perdido casi todo, por tanto era casi libre. “Freedom’s just another word for nothing left to lose”, como cantaba Janice. Quizá tuviera razón.

Sacó el móvil y marcó con el nuevo prefijo, suponiendo que se trataba de un antiguo número de Madrid y, para su sorpresa, le contestaron antes incluso del primer pitido. Era una cinta grabada. Como él había deseado, era una voz de mujer, lenta, cálida, goteante, una voz de polvo y telarañas, de terciopelo ajado, una voz de interiores nocturnos, de humo y calor y música de saxo.

“Si tienes este contacto es que perteneces al número de los elegidos. No te preocupes por el tiempo transcurrido. El tiempo es una ilusión. Encontrarás Villa Consuelo hacia el sur, siempre hacia abajo, cerca de Almería. Invierno y verano. Siempre. Llama desde Las Negras para recibir indicaciones más precisas. Te espero. Te esperamos.”

La comunicación se cortó. Lo recorrió un escalofrío. Tuvo que oír dos veces el mensaje hasta captar lo que le decía aquella voz que se empeñaba en arañar imágenes en su mente que tanto podían ser recuerdos olvidados como fotogramas de películas antiguas o jirones de sueños juveniles.

Almería. Las Negras. ¿Había un pueblo en Almería que se llamara así? De algún modo no le apetecía meter aquel nombre en el buscador del móvil. Estúpidamente, no quería que aquella búsqueda quedase registrada, que algún algoritmo supiese que le interesaba. Cruzó el salón a toda prisa para coger el Gran Atlas de la Península Ibérica para saber si existía aquel pueblo. Existía. Cerca de Almería capital, un pueblo muy pequeño de la costa.

Dejó el atlas en su sitio y se pasó las dos manos por el pelo, tironeando hacia abajo, como siempre que estaba confuso. ¿Lo esperaban? ¿Quién? ¿Quién podía haberle dado aquel número? ¿Cuándo?

Salió al jardín y metió la maleta en el coche, junto a las bolsas que contenían lo que había decidido conservar de las últimas casi tres décadas de su vida, sin contar con las cuatro piezas buenas que había metido en un guardamuebles y que de hecho sólo se había llevado para no dejárselo todo a Sara, para afirmar su orgullo.

Miró la casa, desapasionadamente esta vez, como si nunca hubiese sido suya: buena, cara, elegante. Representativa. Absurda. Una casa sin misterio, con un pasado hecho de barbacoas junto a la piscina, de cenas de Navidad y fiestas infantiles y cocteles con los socios.

Conectó la alarma, echó todos los cerrojos de la puerta blindada y miró por última vez hacia arriba, hacia el desván. Quizá no fuera tan mala idea que los desvanes estuvieran en lo más alto de la casa, donde llegaba la luz. Quizá no habría sido tan mala idea haberle prendido fuego.