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¡Era Bobo! Su perro. O más bien el perro de sus hijos, el que Sara había considerado necesario que tuvieran los niños cuando el mayor cumplió diez años.
Él había hecho una broma que no le había gustado a nadie, sobre todo a su mujer y a su suegro: “Ahora sí que somos una familia de serie de televisión americana: casa con jardín, tres hijos, dos coches, un perro peludo”.
Desde entonces había decidido intervenir lo menos posible en las cuestiones relativas al animal, aunque el bicho se había ido ganando su corazón con el paso de los años.
Sara le había puesto Nanga, pero para él, y poco a poco para todo el mundo, siempre había sido Bobo: grande, peludísimo, blanco y gris, con los ojos ocultos tras el enorme flequillo. Más bueno que el pan. Bobo.
César se acuclilló en mitad del pasillo y empezó a llamarlo con suaves silbidos. Bobo siguió mirándolo, inmóvil. Luego dio dos pasos hacia atrás y se giró hacia su amo como invitándolo a seguirlo.
—¿Has venido con Sara? —preguntó, poniéndose de pie.
Bobo siguió quieto, esperando tal vez que él se acercara.
César avanzó un par de pasos y el perro se alejó unos metros por el pasillo. Parecía claro que quería llevarlo a alguna parte, o enseñarle algo, de modo que empezó a seguirlo, intrigado.
Recorrieron un largo pasillo flanqueado de puertas, luego pasaron por un salón que César no había visto nunca, de donde partían otros dos corredores igual de iluminados y vacíos que el que acababan de dejar atrás.
Bobo eligió el de la izquierda sin dudar un instante.
Caminaron en silencio y sin pausas durante un tiempo que a César ya no le parecía verosímil; empezaba a cansarse de aquello.
No tenía sentido seguir a un perro que no debería estar allí, para no llegar a ningún sitio.
Se estaba perdiendo la fiesta por una estupidez.
Decidió salir al jardín o a uno de los patios por la próxima puerta que llevara al exterior, y olvidarse de Bobo.
En ese mismo momento, el perro dobló una esquina y César se encontró en la pequeña entrada del portón cerrado. Algo en su interior se relajó de golpe, como si hasta ese momento hubiera estado conteniendo la respiración y ahora pudiera pensar de nuevo.
Aquel lugar seguía produciendo el mismo efecto de recepción de hotel, a pesar de que no había cajetines ni llaves, no había nadie atendiendo a los posibles huéspedes y la mesa con su ramo de flores frescas no era realmente un mostrador.
Había una campana de plata como a la espera, pero no la tocó.
No quería arriesgarse a que apareciera alguien precisamente en el momento en que existía, tal vez, la posibilidad de salir al exterior.
Bobo estaba junto a la puerta, moviendo el rabo con entusiasmo, como hacía siempre que quería que alguien lo sacara a dar una vuelta, volviendo la cabeza en su dirección, sus ojillos brillando entre las guedejas de pelo gris.
César se acercó, le puso la mano en la cabezota y le rascó las orejas como siempre. Bobo sacó su lengua rosada y le lamió con entusiasmo la mano que él le había puesto en el morro.
Se secó las dos manos en las perneras del pantalón y, preparándose para lo peor, bajó con fuerza la gran manivela de hierro forjado.
Esta vez la puerta se abrió.
Salieron a un jardín de cactus y plantas crasas donde ya se insinuaba la primera claridad del día —¿de verdad habían pasado toda la noche vagando por los pasillos Bobo y él?—, aunque aún no se apreciaban los detalles y nadie habría podido distinguir un hilo blanco de un hilo negro.
Olía a sal, a arena, casi a libertad.
Avanzó unos pasos hacia la pequeña cerca de maderas traídas por el mar que marcaba el límite del jardín. Cada paso le costaba un esfuerzo como si en lugar de arena seca fueran arenas movedizas lo que pisaban sus pies calzados con sandalias de cuero.
Buscó a Bobo con la mirada, pero debía de haberse escondido en alguna parte, husmeando, siguiendo el rastro de algo más interesante que él, que no era más que el marido de su ama.
El cielo empezaba a pintarse de amarillo frente a sus ojos. Grandes gaviotas lo cruzaban lanzando chillidos, trazos negros y rápidos sobre el amanecer. Unas dunas de considerable tamaño cerraban la vista al mar, que sentía muy cerca aunque no pudiera verlo. Tendría que escalarlas para…
Su pensamiento se detuvo, sorprendido.
¿Escalarlas? No exageres, César, se dijo. Subir. Trepar. No era más que eso.
Pero ahora se daba cuenta de que estaba cansado, tan cansado que no se sentía capaz de subir a la cresta de aquellas dunas ni siquiera para contemplar de nuevo el Mediterráneo. Quizá más adelante, cuando descansara un poco.
Volvió la cabeza en la dirección de la que había llegado hasta la cerca, hacia atrás.
La casa apenas se distinguía en la penumbra de los altos árboles que la enmarcaban.
¿Eucaliptos, tal vez? Nunca había sido bueno recordando los nombres de los árboles…
Podría volver ahora a la casa, antes de que acabara la noche, buscar donde dormir y descansar un rato.
El mar seguiría allí. Podría volver más tarde.
Ya a punto de dar media vuelta, le pareció ver una silueta sentada en una de las dunas más pequeñas; una silueta que le resultaba familiar.
Con cierto esfuerzo, avanzó hasta salir unos pasos más allá de la cerca que apenas si le llegaba a la rodilla, un símbolo, más que una protección.
La silueta era cada vez más nítida, recortada contra el cielo incendiado del amanecer como un dibujo de cartulina negra sobre un papel de seda naranja.
Paso tras paso fue subiendo la cuesta de arena hasta alcanzar al hombre que, con las piernas cruzadas en loto, clavaba la vista en el horizonte de luz. Tenía que haberlo oído jadear mientras trepaba, pero no se volvió.
—La has encontrado —dijo una voz ronca que no le resultaba desconocida.
–—¿A quién?
—La que buscabas. ¿No te acuerdas? Villa Consuelo… Aunque… tiene muchos nombres, pero me acuerdo de que tú la llamaste así.
César se sentó junto al barbudo, sintiendo que podía hacer años desde que lo había llevado al pueblo en su coche.
—¿Te gusta? —insistió el viejo hippy, después de dar una calada a un cigarrillo de hierbas que olía a viajes a la India y a trenes llenos de pulgas—. ¿Es verdad que siempre hay fiesta?
—Sí. Creo que sí. ¿Tú no has estado nunca?
—No. Ya te dije… Yo aún estoy vivo.
César se echó a reír por reflejo, pero, apenas dos segundos después, la risa se le había quedado atrapada en algún lugar de la garganta y la dejó morir.
El filo del sol acababa de remontar el horizonte de arena tiñendo el mundo primero de un brillo dorado; luego, de una luminosidad rojiza, devastadora. Oro en un lado de las dunas, plata en la sombra. Al fondo, un hilo de fuego que podría ser el mar cabrilleaba, muy lejos, enloquecido de luz.
—Nunca llegaré al mar, ¿verdad? —preguntó César, con la boca seca, herido de pronto por un golpe de comprensión.
—No —contestó el otro, al cabo de unos momentos—. Lo siento, tío. Me alegro de que lo sepas. Te lo advertí, ¿recuerdas?
César meneó la cabeza. Quizá. Quizá no. No se acordaba bien. En cualquier caso, ahora ya era tarde, ya daba igual.
—Tengo que irme —dijo.
—Ya.
Cuando cruzó el umbral, de vuelta a la casa, de vuelta a la fiesta, César volvió la cabeza hacia las dunas, pero la silueta había desaparecido.