Hablar con los muertos En el Oriente se empezó esta guerra #2
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En el Oriente se empezó esta guerra #2

Antes de salir y realizar cualquier acción, incluso llorar, fue consciente de la tragedia inmediata y llamó al médico familiar con la esperanza irreal de encontrar una solución.

El doctor llegó en quince minutos al sitio indicado, donde halló el cuerpo de David custodiado por su madre y los dos chiquillos.

Después de una breve revisión, dijo que, debido a las graves lesiones medulares, la muerte había sido instantánea.

La nana comenzó un llanto profundo y silencioso.

Horacio guardó silencio y supo real una amenaza sin necesidad de escucharla.

Un terror germinaba ya en su interior. El fallecimiento se atribuyó a un percance; aunque los adultos dudaban del argumento, ninguno expresó su inquietud ni volvió a interrogar a los niños.

Al día siguiente, los padres aparecieron tras dos meses de ausencia, y fue la última vez que los hermanos vieron a la nana.

A las pocas horas volvieron a partir, tras dirigir algunas frases cortas a ambos y besarles las frentes.

Una tutora llegó ese mismo día por la noche y se instaló en la habitación asignada.

La muerte del niño de cinco años, hijo de la servidumbre, no fue una noticia importante.

Los gemelos pasaron un último cumpleaños juntos, el número veinte.

No habían tenido noticia alguna de sus padres desde las últimas tres celebraciones, y los sorprendió el repentino anuncio de la aya: su padre había decidido darles a conocer los términos de su testamento vital en esa fecha precisa.

La mansión, por supuesto, quedaba a nombre de los dos hijos, y todos los objetos de valor dentro de esta serían repartidos por igual.

Cada uno era acreedor a una cuenta bancaria con los mismos fondos, cuyas cifras les parecieron infinitas. Y eso era todo.

Horacio decidió marcharse. Una fría despedida los hizo conscientes de que una parte de ellos, la única con rastros humanos, se perdería.

Ambas vidas, separadas por cientos de kilómetros pero idénticas en cuanto a sus necesidades primitivas, no cesaron de saciar sus manías. Horacio se apropió de la sofisticación y el poder del que Édgar, bestial desde la concepción, no podía gozar encerrado en ese lugar, confinado a sí mismo.

Desde la separación, Édgar acostumbró a salir a cazar zorros los jueves.

La primera vez que lo hizo, observó, en la lejanía, a un anciano moviéndose con dificultad y con algunas ramas en los brazos, y dirigió hacia él la mira de su rifle.

Su primer pensamiento fue de soberbia, el segundo se convirtió por instinto en un acto: presionó el gatillo cuando la cabeza del hombre estaba enfocada con precisión.

La fuerte vibración de un ventanal lo trajo de nuevo al presente y Horacio se percató de las decenas de siluetas blancas que adornaban la desolada vivienda.

Sus formas delataban los objetos ocultos debajo de ellas: reconoció el reloj de pie del siglo pasado, el piano de cola, del que en escasas ocasiones escuchó alguna melodía, y la gran mesa del comedor, con sus respectivas sillas, aguardando en silencio por una multitud inexistente.

Le habían notificado la desaparición de su hermano semanas atrás, pero lo había considerado otra de sus extravagancias e ignoró la llamada.

Durante los últimos años habían perdido cualquier tipo de contacto, y preocuparse por él no era algo que tuviera en mente en ese momento.

Sin embargo, las llamadas continuaron irrumpiendo en su vida, hasta que una angustia súbita lo consumió y decidió regresar.

Volvió, tras una década, al hogar paterno.

Descubrió que su hermano se había convertido en un personaje del que no se podrían confirmar sus estrafalarias obsesiones.

El poder de la riqueza de ambos se había esparcido de boca en boca: comprar el silencio o la dignidad de cualquier ser humano era una posibilidad que se permitían cuando advertían la cifra anhelada en un rostro.

Supo que su posesión más preciada seguía siendo el Turco, que su padre, pocos días antes de morir, había adquirido para la colección en su último viaje a Estambul y que había sido entregado en la mansión por Murat, un enigmático mensajero del mismo antiguo bazar, quien alegaba que había sido pagada una cantidad exorbitante para que tanto él como el autómata ajedrecista lograran realizar la travesía al Nuevo Mundo.

En una carta firmada, su padre pedía que habilitaran y le asignaran el cuarto del sótano al hombre y que vaciaran uno de los salones y ahí colocaran el artefacto.

Fascinados por el excepcional artilugio, y por el enviado, los hermanos lo pusieron en marcha.

Murat les mostró que el autómata en realidad era ficticio: dentro de él había el espacio preciso para que un ser humano adulto se introdujera y, a través de un complejo mecanismo, lograra realizar los movimientos necesarios para que el maniquí manipulara las diversas piezas de ajedrez en el tablero.

Los adolescentes realizaron sus mejores aperturas y tácticas, pero, en la infinidad de veces que jugaron contra él, solo en dos ocasiones lograron pensar que podrían vencerlo.

El Turco no perdió una sola partida y se mostraba generoso cuando regalaba dos o tres piezas al contrincante.

Horacio recordó con malicia la dicha que le ocasionaba ver rabiar a su hermano tras cada juego devastador y decidió constatar que el artilugio seguía formando parte de ese espacio melancólico.

Conforme se acercaba, su corazón comenzó a palpitar con mayor rapidez y un tamborileo continuo en las sienes lo acompañó.

Entró en el salón y quitó la sábana blanca que cubría al Turco: las piezas estaban guardadas, a excepción del rey negro, que el Turco sostenía en su mano derecha.

El silencio que debía preservar y su imposibilidad para tener cualquier contacto social fuera de la mansión, aunado a las constantes vejaciones por parte de Édgar, convirtieron a Murat, el gran ajedrecista, en un mártir agotado.

El autómata era ahora el objeto predilecto de los invitados.

Édgar tenía planeada una gran fiesta para el día siguiente, una celebración que no se compararía en nada con las anteriores.

Durante la mañana, diversos servicios llegaron al lugar para decorar e instalar artefactos por doquier, y en ese transcurso el anfitrión decidió verificar que no hubiera desperfectos.

Encontrar vacío el escondite en el Turco lo enfureció. Murat no estaba en la mansión y nadie lo había visto durante toda la mañana. Édgar soltó una sarta de improperios y decidió ser él mismo quien tomara su lugar.

Esa noche, en su primer y último juego, el Turco perdió por primera vez, y el hecho no tuvo la menor gracia: de manera rápida y estrepitosa, una apertura italiana del contrincante lo dejó fuera de la partida en un par de movimientos.

La atmósfera chocante del estrafalario lugar se alteró y se fragmentó el sentimiento de grandeza que profesaba su público.

Para prolongar la mentira, Édgar contuvo su cólera.

Los invitados, tras varias horas de no encontrar al anfitrión por ningún lado y ante la negativa del ajedrecista artificial a realizar cualquier otro movimiento, decidieron marcharse.

Cuando ningún sonido fue audible, decidió salir, mas la pequeña puerta estaba atascada.

Empujó, pataleó y dio puñetazos, pero esta no cedió.

Entró en pánico y comenzó a gritar pidiendo ayuda, importándole un bledo que cualquiera supiera la verdad.

Nadie acudió al llamado y aquel minúsculo espacio se convirtió en el único testigo de sus últimos minutos de vida, de la angustia que lo invadió al saberse consumido por su obstinación.

La servidumbre no volvió: solo se presentaba al ser convocada.

La oscuridad lo fue invadiendo todo. A pesar de que durante el día tenía una vista limitada del exterior, reconocía una figura fugaz y pequeña burlándose de su condena, mofándose de su castigo y regocijándose.

Días después, todo cesó de manera repentina tras un prolongado silencio y un golpe seco.

Sus sentidos dejaron de percibir. Lo último de lo que se percató fue de la palabra bienvenido pronunciada por una voz infantil que conocía muy bien.

Durante los últimos años nadie visitó el Messidor.

Con algunos inconvenientes, dos trabajadores lograron transportar al autómata. En el trayecto al vehículo, escucharon el sonido del engranaje hacer algunos ruidos sordos.

Horacio, una vez en su hogar, encontró una placa de oro atornillada en la parte inferior, que mostraba más de lo que Murat le había contado en su adolescencia: el creador y el lugar y año de fabricación: « Wolfgang von Kempelen, Hungría, 1769 ».

Optó por acomodarlo en la estancia e intentó ponerlo en marcha aun sabiendo que no funcionaría.

Al tocar la madera y verificar el estado de su autómata, halló el compartimento en el que se ocultaba la llave de la trampilla por donde se introducía el jugador real.

En cuanto la abrió, encontró una momia muy bien conservada. Reconoció los rasgos duros del rostro que dejó de ver cuando se convertía en adulto. No sintió tristeza alguna, solo alivio al saberse libre de una maldición que lo había perseguido desde que tenía memoria.

Por dentro, la caja de ébano devenida ataúd presentaba evidentes muestras de violencia: rasguños profundos que denotaban una intensa desesperación y que exponían algunas uñas clavadas en la madera.

Los puñetazos habían dejado marcas significativas, pero el Turco había sido hecho para sobrevivir durante siglos, incluso a enfurecidas batallas en su interior.

En el rostro momificado de su hermano era clara la señal particular de su estirpe: algún día, él también debería afrontar su propio abismo.