Tres lunares
«Todo deseo estancado es un veneno».
André Maurois
Lo que sabía sobre ellas lo había aprendido en la deep web .
De la incredulidad tardó un minuto en pasar a la fascinación y decidió crear su propia muñeca.
Internet le había mostrado una gama de material desconcertante, empezando con aquel video en el que tres adolescentes torturan y asesinan a un turista golpeándole la cabeza con un ladrillo e introduciéndole un destornillador en repetidas ocasiones en uno de los ojos, o fotografías de personas teniendo sexo con el muñón de algún amputado y otras penetrándose el ano con cualquier tipo de objeto.
Hasta ahora había pertenecido al público que exonera sus culpas al saberse inocente, al ubicarse en un lugar ajeno a las atrocidades de las que forma parte desde un sitio remoto y en apariencia seguro.
A pesar de la connotación erótica de las criaturas y la vulnerabilidad de sus cuerpos, el sexo era algo adicional a la estética.
Descubrió que la sensación de fragilidad de un ser a total disposición de sus manías llenaba un gran vacío.
Era ese estado de desamparo total y dependencia hacia el individuo menos indicado lo que le fascinaba.
La delicadeza de sus cuerpos le recordaba su infancia, diluida en evocaciones excitantes, víctima de sus propias fantasías, y su anticipada ansia carnal aliviada en alguien de su edad, una mente frágil y abierta que aceptó su condición anacrónica sin titubear, sin ideas que mancillaran sus primeras experiencias hedonistas.
Desde los cuatro años había empezado a imitar el rol de una madre que amamanta; se colocaba una Barbie en el pezón diminuto.
Ese acto la estimuló mucho más que el instinto materno: la figura desnuda unida a su cuerpo creaba una sensación desconocida y placentera que la inundaba por instantes.
A los seis años tomó gusto por pasar las noches bajo los edredones de la cama de su hermano mayor, pues, en algún punto específico de esas horas en tinieblas, sentía urgencia por estar a su lado.
En silencio y con discreción se dirigía a la recámara de él, donde la seguridad de los cuatro muros diminutos de un mueble poco profundo con forma de auto la esperaba.
Sabía también de una necesidad apremiante que se satisfacía cuando inexperta palpaba el pequeño miembro y las suaves manos ajenas se complacían tocando sus tiernos glúteos.
No puede (o quiere) recordar cómo inició aquello, y parece tan lejano que las imágenes han perdido color; esas noches se han transformado en retazos de sentimientos que prefiere mantener ocultos.
A los doce años vio su primera película pornográfica.
Aún se acuerda de que ese día un llamado urgente la instó a buscar entre las pertenencias de su hermano; era una de las tardes en las que se quedaba sola en casa.
Tenía el presentimiento de que encontraría lo que estaba vedado para ambos, pero que él se había apropiado en secreto.
Como si su mano fuera guiada, tomó la cinta de video.
Tras colocarla en el reproductor, su mirada se fijó en los senos operados de la protagonista, que precedían a su agraciado rostro y una falsa cabellera rubia, labios abultados y un lunar sobre el labio superior.
La toma concluía admirando la belleza de su vulva depilada y exhibiendo una mano que manipulaba un artefacto de metal sobre sus genitales.
Los hombres que aparecían en la grabación lo único que sabían hacer era embestir, por cualquier orificio, cuerpos frágiles, sin detenerse un minuto a apreciar algo más que sus miembros dentro de ellos, pensando solo en derramar el semen para marcar territorio.
Ver esas cintas a escondidas, obtenerlas sin permiso y tener que devolverlas en completo sigilo le añadían la emoción necesaria para volverlo un rito excitante: desde esperar la protección de la soledad hasta regresar el objeto a su lugar original.
En ocasiones debía practicar un juego constante y repetitivo entre el rewind y el forward para llegar al punto específico en el que su hermano la había dejado y no levantar ninguna sospecha.
Conoció el placer de la masturbación. Entonces pudo considerar el aislamiento como el primer aliado del gozo; la imaginación fue el segundo.
Sin necesidad de una enseñanza previa, un conocimiento nato la guio cuando una tarde de domingo no pudo reprimir unos leves gemidos espontáneos al llegar al orgasmo; esa exaltación que sería el leitmotiv de su existencia.
El inicio de su vida sexual fue más incómodo que placentero.
Conoció la limitación de algunos hombres enfocados en el deleite propio o ignorantes casi por completo de la anatomía femenina, y aprendió que a estos últimos se les podía mentir sin miramientos en relación con su desempeño.
Su interés hacia los varones fue disminuyendo hasta que solo encontró buenos motivos para mantenerlos a su lado a manera de simple compañía.
Decidió mudarse cerca de la universidad a la que había ingresado.
La colonia era grande, con casas más chicas que sus jardines y habitadas por parejas jóvenes.
No tardó en encontrar su verdadera fascinación: una hermosa niña de nueve años, delgada, de cabello castaño, ojos oscuros y con las piernas apenas cubiertas por una pelusa clara.
Tres lunares en línea recta adornaban su rostro en una de las mejillas.
Asimismo, la risa de la pequeña ayudó a desarrollar una obsesión que la llevó a coleccionar, durante meses, diversas muñecas de porcelana articuladas y de un realismo impresionante, con un estilo muy similar a las creaciones de artífices orientales.
Las sustitutas en miniatura no tardaron en atestar una habitación.
De diversos tamaños, con cabellos de colores y vestimentas de diferentes texturas, tenían una característica peculiar en el rostro: una expresión de tristeza infinita, de pérdida; una intuición grabada en sus delicados rasgos.
Indagó un poco y descubrió que la niña se llamaba Gabriela y que era la única hija de Leonor, una cuarentona que había llegado huyendo de los chismes y el desprecio por ser una madre tardía y soltera.
La señora era muy reservada y la criatura no parecía importarle demasiado: a menudo notaba, gracias a sus continuas risotadas, que la pequeña rondaba sola hasta el anochecer.
Durante las tardes que se paseaba frente a su casa, la contemplaba con deleite cada segundo.
En una ocasión, al regresar de la facultad, la encontró sentada en su jardín con una muñeca sin un brazo y el cabello mal cortado.
La invitó a pasar a su hogar con el pretexto de mostrarle su colección.
Fue una de tantas veces en que jugarían con las muñecas, vistiéndolas y recreando situaciones diversas.
Incluso le regaló algunas con la condición de que no dejara de ir a verla.
La niña era encantadora y llegaba como partía, sola.
No mencionaba a persona alguna durante sus visitas.
La madre se mantuvo al margen de esa amistad.
Las muñecas se habían convertido en un vínculo con lo único preciado en su vida.
Aquellos objetos representaban mucho más de lo evidente.
En ocasiones, tomaba las pequeñas manos plásticas y frotaba sus labios y clítoris con ellas.
Después lo hacía con sus rostros, y no dejaba de mirarlas a los ojos cuando el ansiado orgasmo llegaba.
Una noche, buscando sitios en internet donde vendieran muñecas de tamaño real, de algún material suave y que tuvieran articulaciones realistas, navegó durante horas hasta que llegó a páginas ilícitas.
No tardó en encontrar a las Lolita Slave Toy: en el este de Europa, en países en constante crisis social por conflictos bélicos, niñas menores de diez años eran convertidas en esclavas sexuales de juguete y entregadas al mejor postor.
Cualquier tipo de problema legal se evadía con un pacto monetario entre los fabricantes y un orfanato: llegaban a venderlas hasta por cuarenta mil dólares.
Eran sometidas a diversos procedimientos que aseguraban su eficacia, como la extirpación de las cuerdas vocales y las piezas dentales o la amputación de antebrazos y antepiernas, sustituidos por prótesis flexibles inmejorables.
Su docilidad se conseguía a través de un suministro constante de sedantes, y se debían alimentar con regularidad a través de una mamila.
La garantía era que vivirían al menos durante tres años a partir de la entrega.
Las imágenes e historias que encontró no la abandonarían: si una niña cruzaba por su campo visual, la imaginaba sin extremidades y vendada por completo, a excepción de los orificios vitales.
Cuando alguna madre le sonreía o saludaba, ella respondía al gesto con simpatía.
En una visita al dentista, al ingresar al consultorio observó en otro cubículo a una nena con un singular instrumento dental que le prohibía cerrar la boca.
Por instinto recreó una escena con la pequeña rodeada de diversos artefactos llamativos, siendo víctima de dispositivos médicos innecesarios.
Si todavía no tenía su propia Lolita era por lo costoso, así que se dedicó a leer cada detalle con el que eran creadas e investigó sobre los diversos procedimientos quirúrgicos, las técnicas y los recursos y suministros médicos necesarios para lograr el objetivo de la manera más satisfactoria posible.
Durante ese proceso no estuvo con Gabriela, y logró tener dispuesto lo necesario a la brevedad.
La tarde esperada llegó y la niña mostró una docilidad aprendida que le sentaba muy bien; parecía aceptar su futuro, tener un natural instinto de extinción.
Tras el primer sedante administrado en su bebida, era un ser admirable: el rostro tranquilo y la postura relajada en una posición excepcional.
La risa acostumbrada se transformó en tiernos suspiros y había logrado desnudarla sin oposiciones.
En sus ojos entrecerrados se podían observar reflejadas las últimas imágenes con que se despediría del mundo.
Comprobó que los tres lunares simétricos eran su única seña particular.
Pasaron cuatro horas y el segundo sedante fue inyectado. El cuerpo cedió por completo. No sabía si alguien había visto a Gabriela entrar a su casa, si la madre la estaría buscando o si la policía irrumpiría en cualquier instante para escudriñar por doquier.
La condujo a la habitación que había acondicionado, aislada acústicamente por completo, donde procedería a realizar las modificaciones necesarias.
La recostó y sujetó con fuerza sus extremidades, asegurándolas con gruesas cintas.
Le colocó el abrebocas y se dispuso a extirpar los dientes.
No pensó que tardaría tanto, que manaría tal cantidad de sangre ni que tuviera que usar tanta fuerza con las pinzas.
Aunque lo consiguió, la chiquilla quedó en un estado tan deplorable que durante los siguientes días se negó a ingerir cualquier líquido a excepción de los narcóticos.
La impresión de la boca sangrante e inflamada fue demasiado.
Saber la maldad real, advertirse a sí misma capaz de reproducir el horror con sus propias manos, la alejó de los siguientes pasos de la transformación.
Decidió esperar a que se recuperara y dejar que las circunstancias impusieran sus requisitos.
Después de una semana nadie la molestó, ni siquiera vio carteles anunciando la desaparición de la pequeña.
Gabriela había bajado de peso y tenía una existencia de sombra; su cuerpo se había convertido en un caparazón degradado. Se privaba durante horas. Sus signos vitales eran vagos y no había vuelto a abrir los ojos. La calamidad recreaba la desgracia en esa habitación.
Decidió detener, en definitiva, el proceso de la transmutación. Su presente se transformó en una interminable espera por algo que sabía distante. Descubrió que no hay peor tortura que el dolor y el recuerdo.
Fantaseaba con los posibles desenlaces al conservar ese fragmento de infancia suspendido por correas, y, al considerar cada opción que podría —y quizá debería— poner fin de forma repentina, rechazaba su viabilidad a causa de la frustración, de la interminable soledad que acarrearía.
Aquello se había convertido en una fugaz situación de masoquismo cotidiano.
Decidió fotografiar su creación en ciernes y subir el material a algunas de las páginas en las que había iniciado todo.
Evitando detalles personales o cualquier tipo de información superflua, una Lolita agónica y desdentada apareció en una multitud de pantallas.
Un cliente habitual de esos sitios dio con las fotografías, y un golpe certero a su memoria evocó un suceso por completo remoto: reconoció, en aquella muñeca moribunda, los tres lunares alineados que marcaban el mismo lugar en su propio rostro.