En el Oriente se empezó esta guerra
«¿Por qué piensa lo peor?
Porque, a veces, lo peor también sucede».
Alberto Barrera Tyszka , La enfermedad
Era el cuarto juego consecutivo que perdía y aún nadie lograba entender cómo uno de los campeones mundiales de ajedrez estaba pasando por una racha como esa.
El rumor corrió con premura y todas las personas, tanto aficionadas como profesionales, no se quisieron perder la oportunidad de probar suerte con el excepcional contrincante, el Turco, que resultaba invicto en cada partida.
Su fama creció, y empezó a recibir a invitados de otros países, pues ningún ajedrecista digno desdeñaba la ocasión de conocerlo y enfrentarse a él.
La complacencia de Édgar, su joven propietario, era total, por lo que había decidido que el Turco debía tener un mayor renombre y ser conocido fuera de sus dominios.
Para asegurar su éxito, convocó primero a los mejores ajedrecistas: si los derrotaba, podría afirmar que siempre saldría victorioso.
En realidad, el único juego que no ganó concluyó en un jaque perpetuo.
Era magistral: un mueble rectangular de ébano, en apariencia cerrado y del tamaño de una mesa individual, exhibía dos puertas de pequeños compartimentos en su lado más amplio; un cajón largo debajo, y, en la superficie, un ostentoso tablero de ajedrez.
En el flanco opuesto a las puertas, sentado en un banco, se encontraba un autómata ataviado con lujosas ropas, las cuales incluían el turbante y la túnica que dieron origen a su nombre.
Su semblante relajado y su anatomía delicada eran una invitación a aproximarse.
Édgar, quien convivía solo con una temerosa pero necesaria servidumbre, se dedicó a dilapidar su parte del patrimonio familiar en festines a los que acudían los habitantes populares de Villa La Angostura.
Al terminar el primer mes se interesó más en las relaciones interpersonales que en los enfrentamientos entre los jugadores y el Turco.
Nadie lo culpaba: esas noches de singulares excesos parecían ser ahora lo único que alegraba su existencia, e incluso se pasaba por alto que obligara a los criados a realizar sus labores semidesnudos y los implicara en toda clase de actos sexuales, castigándolos con severidad si se negaban a participar en ellos.
Muy pocos sabían sobre su vida, y eran aún menos sus allegados.
Su carácter provocaba por igual odio, lástima o compasión, pero nunca cariño.
Si aceptaban las múltiples invitaciones, era para hacer de ese suntuoso lugar, llamado el Messidor, un sitio de disipación en el que ni los prejuicios ni las críticas tenían cabida.
La genialidad del artificial ajedrecista fascinaba a los invitados, que no dejaban de preguntarse quién habría creado tan magnífica obra.
Cuando la curiosidad imperaba entre ellos y el capricho de alguno se convertía en exigencia por conocer la verdad, Édgar les mostraba el interior del artefacto: cavidades con diferentes mecanismos y engranajes hacían funcionar el prodigio. No había misterio alguno.
Algunas noches especiales guiaba a los asistentes a la sala en la que se exhibían diferentes modelos de autómatas o algunas de las peculiares colecciones creadas por sus padres, donde se podían contemplar obras basadas en la Sirena de Fiji, cerebros humanos seccionados y expuestos en placas, cráneos tibetanos tallados, cabezas reducidas por los jíbaros, venus anatómicas francesas y pequeñas figuras desmontables de madera de idéntica fisiología, la mayoría con una antigüedad superior a doscientos años.
Al amanecer, los convidados se despedían maravillados y horrorizados por igual.
Tener de nuevo ante sus ojos la antigua residencia familiar y atravesar el portón oxidado, tras una larga década de ausencia, hizo que Horacio evocara imágenes de acontecimientos que creía olvidados, y su piel erizada era el claro símbolo de que lo angustiaban demasiado.
Había vuelto para rescatar un solo y adorado artilugio, el Turco.
Lo demás se podía ir a un infierno que sería creado con gasolina y fósforos.
Horacio y Édgar nacieron el mismo día, con una diferencia mínima de tiempo.
Debido a las complicaciones del embarazo, Eglé, su madre, tuvo que permanecer en cama durante el último trimestre.
El principal problema era que uno de los fetos estaba alimentándose y creciendo con mayor rapidez que el otro, un síndrome denominado transfusión gemelo-gemelo.
Incluso al momento del nacimiento, el cordón de uno estaba alrededor del cuello del otro.
Sin dar importancia a ese hecho, el obstetra realizó su trabajo.
Fuera ya del espacio limitado y separados por sus respectivas incubadoras, los bebés dejaron de pelear por exterminarse.
Édgar había pesado un kilo más que Horacio y su estatura era mayor por tres centímetros.
En realidad, sus padres habían buscado descendencia no por motivos sentimentales, sino para asegurarse de que la riqueza y los valiosos objetos quedaran en manos de su propia sangre.
Nunca nadie vio en los niños la menor muestra de cariño, ni siquiera hacia sus padres. Un desapego tenaz crecía dentro de ellos en vez del sentimiento de pertenencia que supone ser parte de una determinada estirpe.
El tiempo no se detuvo un instante por los hermanos y tampoco lo hicieron sus progenitores, dos siluetas quiméricas y esquivas que salían a constantes reuniones y viajes.
Con omisión del nombre de las criaturas, ignoraban cualquiera de sus singularidades o inclinaciones, compraban los mismos obsequios para ambos y reducían al mínimo los momentos que compartían con ellos.
Pronto se convirtieron en dos palabras usadas cada vez con menor frecuencia, y aquellas formas casi invisibles perdieron toda autoridad.
Una nana y una institutriz se encargaron de suplirlos y media docena de criados estaba a su disposición.
Pero había también otra figura permanente, aunque pequeña, en la residencia: David, el hijo menor de la nana, quien hubiera pasado desapercibido para los padres de no ser por una desgracia.
Para aminorar la soledad y el abandono de los dos críos, el único adulto que vivía también en la mansión, la nana, había decidido que los tres niños fueran compañeros de juego.
Las riñas que protagonizaban y los moretones en sus cuerpos eran frecuentes en esa etapa de la infancia, pero comenzó a preocuparse cuando el único objeto de los golpes, en apariencia accidentales, era su hijo.
Supuso que, por ser el menor, David tenía más posibilidades de perder en las continuas batallas que acontecían dentro y fuera de la vivienda, y no pretendía quejarse con los señores, pues sabía que ese tipo de problemas podrían poner en riesgo su empleo.
A pesar de que Édgar se alimentaba más y mostraba una mayor vitalidad, la mujer no vio motivo alguno de desasosiego en esos detalles, ya que estaba convirtiéndose en el hombre que debía ser. A sus ojos, los otros también estaban preparándose para el futuro que les correspondía.
El tiempo que los hermanos pasaban juntos terminaba de manera catastrófica, ya fuera por lesiones graves, como la fractura expuesta de tibia que le dejó a Horacio una gran cicatriz y un renqueo casi imperceptible de por vida, o la herida que requirió de puntos en la cabeza de Édgar; ya por los cuerpos destrozados de distintos animales que solían aparecer en los jardines los fines de semana.
Entre los gritos ensordecedores y correteos habituales nunca se escuchó una recriminación, pues los tres sabían que al hacerlo recibirían un peor suplicio.
Una tarde de los primeros días de primavera en que volvían los gemelos del colegio, Horacio se dirigió a la mansión y Édgar fue al campo de juegos, donde David creaba carreteras en la tierra y jugaba con la grúa de metal de este.
Tras un saludo corto, Édgar sintió que debía quitar cuanto antes las sucias manos de ese crío de su juguete favorito.
A escasos metros estaba el deslizadero que utilizaban en invierno para tirarse con los trineos, lo que le dio una idea.
Sin mostrar rasgos de ira, invitó al pequeño a acompañarlo y empezó a caminar hacia allá.
Este se le unió alegre y expectante. Al llegar, Édgar comenzó a subir por la escalera, y David lo imitó.
Ya estando en la cima, Édgar le pidió que fuera el primero en deslizarse.
David se acercó a la orilla, pero, al mirar hacia abajo y percatarse de que utilizar el deslizador sin nieve ni trineo era un poco escalofriante, por primera vez dudó de Édgar, así que giró el rostro para mirarlo.
Sin pensarlo, Édgar, de una fuerte y contundente patada, arrojó a David al vacío de cuatro metros, y este cayó de forma tan rápida y con tal fuerza que dio de lleno con la boca en el empedrado.
Tras el vértigo fugaz llegó el impacto: se rompió los cuatro dientes superiores frontales y el cuello.
Un charco de sangre bajo su rostro estrellado empezó a crecer con lentitud.
Una repentina sensación de intranquilidad obligó a la nana a mirar por la ventana de la cocina en el momento en que los hermanos se volvieron a reunir, esta vez al borde del deslizadero.
Se dio cuenta de la desgracia cuando bajó un poco la vista y contempló el bulto que no se movía.
El visible desastre presagiaba el horror.