Hablar con los muertos Furor Impius #2
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Furor Impius #2

Al escucharla, Consuelo sintió un hueco profundo en el pecho que le dificultó respirar.

El ardor en los ojos le impidió llorar y reconoció a la bestia incandescente agazapada, esperando.

No volvió más, pero aquel encuentro fue decisivo.

El tiempo que estuvo convaleciente en cama se difuminó de su memoria y los hombres recobraron su especial atractivo: altos, bajos, delgados, obesos, rubios, morenos…

cualquiera despertaba el deseo: la virilidad, el miembro flácido esperando por sus manos, su boca, su cuerpo entero.

Al verlos, empezaba a sentir un corazón en miniatura palpitando en sus genitales y un deseo incontrolable de ser poseída.

Fastidiada, Guadalupe tuvo que contratar al francés para empezar de nuevo la terapia, pero rechazó acompañarlos.

Él se negó a trabajar solo, así que ella tuvo que darle algunos pesos más a la criada para que realizara los masajes.

Aunque Consuelo descubrió que también podía ser tranquilizada por manos delicadas, femeninas, convenció a la mujer de llevarle algún hombre a cambio de más monedas.

No tardaron en volver las náuseas. Guadalupe le advirtió que era la última vez que la ayudaba.

Se dirigieron juntas al departamento de Felícitas en la colonia Roma.

Fueron y volvieron en el mismo taxi, un Ford viejo, y le pagaron el triple al conductor por el tiempo de espera y por la mancha de sangre que Consuelo dejó en el asiento trasero.

Su recuperación fue más lenta y dolorosa.

Antes de que la enfermedad acabara con la familia, Guadalupe decidió internarla.

Llegaron juntas al Pabellón de Servicio Generales de La Castañeda, donde solicitó, con seiscientos pesos en la mano, que ingresaran a su hermana como pensionista.

En el apartado «Descríbase su delirio, extravagancias, sus dichos y actos irracionales y todo lo anormal que se haya notado en la conducta del enfermo», bastó que escribiera insumisa, blasfema y exaltada en la mitad de la hoja en blanco para que la aceptaran.

El psicólogo a cargo interpretó el comportamiento de Consuelo, según lo atestiguado por Guadalupe, como furor uterino con un «carácter marcadamente erótico, insumisión, rebeldía y algo de ateísmo».

Con una calma relativa, Consuelo aceptó quedarse.

Esa misma noche tuvo accesos de risa incontrolable que culminaron en la inconsciencia.

Volvía en sí llorando solo para retomar el ciclo; decidieron sedarla y mantenerla atada a su cama.

Al otro día la fuerza ejercida en su cuerpo fue sustituida con psicofármacos; el control mental suplió al físico.

Guadalupe la visitaba cada domingo. Sin embargo, terminó abandonándola porque un médico afirmó que las continuas peleas entre ambas desataban «ataques histeriformes» en la interna.

—Dolores, tiene que haber alguna forma de liberarme de esto.

Pregúntale, ella te dirá qué debo hacer.

—Consuelo sabía que solo una voz sin cuerpo podía comunicarse con Dolores, pero creía que si era insistente lograría su objetivo.

Caminaba a un costado de las hortalizas con la idea de que los terrenos baldíos precedentes eran un buen sitio para una sepultura.

Tocó los barrotes metálicos pensando cómo podría salir—.

Esta ciudad no debería ser una fortaleza.

Margarita, la enfermera, notó que Consuelo hablaba sola y fue tras ella.

Aunque la mayoría de las veces no podía entender lo que pronunciaba porque las palabras se perdían en un susurro diluido en el aire, hacía lo posible por responderle como si se dirigiera a un animal pequeño que no entiende el lenguaje humano.

Las dos mujeres no podían ser más opuestas.

Lo primero que las diferenciaba era la ropa: el uniforme blanco —a excepción de la capa azul marino— de Margarita contrastaba con el vestido amplio de lino floreado de Consuelo.

La enfermera era baja y robusta, y la interna, alta y esbelta.

El cabello rojizo de Consuelo se mostraba siempre en una larga trenza, mientras que el de Margarita era un bulto negro resguardado por una cofia.

A pesar de la diferencia de edades, Margarita, quien aún no cumplía dieciocho años, alcanzaba la década que la distanciaba de Consuelo debido a la falta de cuidados en la piel.

Margarita, como el resto de sus compañeras, no había concluido la educación básica.

Aceptó el trabajo porque La Castañeda estaba a cuadras de su casa y realizarlo parecía sencillo: cuidar a una interna del Pabellón de Pensionistas de primera clase.

Debía permanecer en el psiquiátrico de lunes a domingo, un día a la semana podía dejar el manicomio.

Debía hacer que la interna tomara los alimentos y las medicinas en los horarios adecuados, asegurarse de que durmiera el tiempo suficiente y vigilar su comportamiento y salud.

En caso de alguna emergencia, debía vocear a la segunda jefa de enfermeras o a la jefa, quienes sí estaban tituladas y podían requerir al médico de guardia.

El cuarto que habitaban ambas en el primer piso del edificio tenía dos camas individuales y dos pequeñas cómodas blancas en contraste con la duela oscura y gastada. Una ventana permitía una buena iluminación durante el día a pesar del grueso cortinaje.

A las siete en punto, Margarita desactivó el despertador de cuerda. Se desperezó y se puso en pie para tomar su bata:

—Buenos días, preciosa, ¿cómo amaneciste? La mañana está fresca, más vale abrigarse. Aquí está tu medicina.

Consuelo, amodorrada, abrió la boca y pasó las pastillas con un trago de agua.

—No me quiero bañar…

—El agua tibia te va a reanimar, ya verás. Además, hoy te toca bordado, y siempre haces unas cosas muy bonitas. Ándale, a ver si hoy nos toca desayunar bistec, acuérdate que les queda bien rico.

Consuelo sonrió y se puso en pie con la ayuda maternal de la enfermera.

Tras ducharse en un área compartida, visitaron el comedor, donde las esperaban unos huevos a la mexicana y café aguado con un pan.

Después, Margarita la llevó al taller de manualidades durante algunas horas y, un poco más tarde, a las dos, volvieron al comedor por un plato de fideos y arroz rojo, picadillo, asado de pollo, frijoles, agua fresca y una fruta.

Alrededor de las cuatro pasearon por las hortalizas —cuando los trabajadores ya se habían marchado— y llegaron hasta los jardines antes de que los pabellones de hombres abrieran sus puertas.

Ya por la noche, Consuelo, agotada, tomó otra dosis de medicamento junto con la cena: lomo de cerdo frito y algunas verduras, café con leche y más pan.

A las ocho ya estaban en cama, listas para volver a despertar a las siete y empezar la rutina.

Lo que evitó que los días se sucedieran como copias exactas unos de otros fue una punción que los medicamentos ya no podían sofocar.

Una tarde, conversando sobre el pasado, Margarita habló de sus siete hermanos y del campo de Michoacán, y Consuelo de sus tardes de lecturas, gusto fomentado por su propia madre al comprarle cada semana, cuando era niña, libros infantiles de Calleja contenidos en cofrecitos metálicos.

También habló de sus hombres, como el francés que le colmaba el cuerpo con frotaciones y nardos.

Cuando llegó a ese punto, sintió un hormigueo en las plantas de los pies, una necesidad de ser tocada en un sitio específico.

Su pulso aumentó. Necesitaba unos dedos, una lengua, una boca.

Era el furor que la había controlado desde siempre, una excitación que saturaba sus sentidos: frenesí traducido en espasmos.

Margarita, asustada, supuso que eso era una posesión demoniaca y pidió ayuda a gritos.

La segunda acudió debido al alboroto y la jefa convocó a su superior, quien describió el lapsus en el expediente médico como psicosis maníaco depresiva: «Excitación maníaca… nymphomania de origen histérico».