Furor Impius
No se atrevió a ver y tocar su sexo sino hasta los doce años.
En su hogar la desnudez era, junto con la blasfemia, lo más condenado.
Su madre le enseñó, al igual que a Guadalupe, su hermana mayor, a bañarse siempre con un camisón blanco, y cuando se duchó por primera vez sin ropa y miró su sexo, creyó que estaba enferma o deforme.
¿Cómo podía estar sana esa carne suave y violácea? ¿Por qué estaba tan prohibido siquiera verla? Llamó a su hermana y se la mostró. Guadalupe la miró unos segundos para después voltear la cara y pedirle que se cubriera y saliera del baño rápido. Sí, eso era normal. Sí, así era ser mujer.
Descubrió que aquello no solo se veía extraño, también se sentía diferente.
Tras tocarse por fuera, sus manos siguieron un curso natural que la llevó a rozar un punto desconocido y emitir sonidos espontáneos.
Apareció el placer, un deleite que la acompañó desde entonces y que evolucionó junto con ella hasta convertirse en una criatura alimentada de sustancias adictivas liberadas en cada orgasmo, un endriago seductor y dominante, una sombra que la cubría por completo y dirigía su vida.
Tenía tiempo observando al hijo del jardinero, un joven fornido que visitaba tres veces a la semana su amplia casona en el pueblo de Tacubaya para ayudar en lo que hiciera falta.
Aprovechó una mañana en la que su madre y su hermana salieron al mercado de la colonia Guerrero.
Su padre, como de costumbre, estaba desde temprano supervisando el movimiento en su establo a las afueras de la ciudad.
El muchacho, dos años más grande que ella, sabía cómo actuar.
En la bodega, en cuanto ella se acercó, levantó el vestido de Consuelo y hurgó en su entrepierna con desesperación; tenían el tiempo contado.
Consuelo lo dejó hacer, ya había escuchado a la criada en turno hablar sobre la habilidad del joven con la lengua y los dedos, del vigor de su miembro.
Una penetración forzada y dolorosa le mostró, al acoplarse de forma natural, un universo de sensaciones cuya intensidad iba creciendo conforme él también se acercaba al éxtasis.
Menos de un cuarto de hora después, él se secó el sudor con un trapo y se lo pasó para que se limpiara los fluidos que acompañaban al hilillo de sangre entre sus piernas.
Ella acomodó su vestido y se retocó el peinado.
Sin decir palabra, cada uno salió por un sitio diferente.
Consuelo pensó que era otra, sentía en su rostro el reflejo de lo que acababa de suceder y, en lugar de ocultarse, buscó, soberbia, a quienes estaban en la casa para saber si notaban algo distinto en ella.
El único comentario que recibió fue que estuviera lista para la cena a las ocho.
Los encuentros continuaron durante los días de mercado.
El jardinero, al enterarse, le dijo a su hijo que no perderían el empleo por la calentura de una vieja y le prohibió regresar.
Consuelo empezó a asistir a las celebraciones del barrio que su familia consideraba vulgares.
Viernes y sábados bailaba y bebía pulque con los jóvenes de la colonia, y se perdía con ellos entre arbustos o autos para volver a la fiesta con más ímpetu.
Anhelaba sus bocas ávidas, sus manos y miembros intranquilos.
Sus propios dedos no la satisfacían igual, el tacto conocido resultaba monótono.
Quería aprisionar con ansias cada falo y no dejarlos ir, alimentarse de ellos.
La vorágine que abrasaba sus entrañas era mucho más fuerte que ella, una tea transformada en hoguera que solo podía ser contenida con un hombre dentro.
Los rumores no se hicieron esperar. Condenada por los suyos, la encerraron bajo llave.
Su padre, de carácter nervioso y consumado a los negocios, dejó que su esposa fuera la responsable, a pesar de que ella misma estuvo internada varias veces en la Quinta de Salud de Tlalpan por «agresividad e insolencia» e incluso, durante una crisis, le había roto la nariz.
Aislada en su habitación, Consuelo no tuvo más que remediar la urgencia por mano propia, ahora llegando al exceso: su vulva se volvió cárdena de tanto frotar, introducir, restregar y golpear en busca del cada vez más lejano orgasmo.
El dolor se tornó placentero. Hastiada de gritos y gemidos, su familia buscó ayuda.
Contactaron a un especialista francés, aprendiz de Eugenio Frey, célebre por curar la histeria femenina.
Su técnica consistía en un masaje pélvico con aceites naturales para lograr el «paroxismo histérico».
Con la madre presente en la habitación de Consuelo, el hombre le pidió a la joven que abriera las piernas y flexionara las rodillas.
El francés aseguró que, aunque ese era trabajo de las comadronas, él prefería hacerlo personalmente para asegurar un mejor resultado.
Sacó un frasco de aceite de nardo y, conforme la habitación se impregnó del aroma cautivador que predisponía los sentidos, introdujo sus dedos índice y medio de la mano derecha en el líquido.
Después se sentó al lado de la cama y se acercó a Consuelo escurriendo un poco de aceite.
Masajeó su vulva y clítoris. En segundos, esta experimentó un orgasmo profundo y, entre gemidos, apretó con fuerza la mano de su madre, que estaba a su costado.
Satisfecho, el francés dijo que seguirían el tratamiento con frecuencia y lo irían espaciando según los avances, hasta realizarlo una vez por semana.
Consuelo empezó a estar de buen humor, acataba las órdenes de su madre y de su hermana y no hacía más que pasar sus días en la biblioteca familiar, entre ficciones impresas en miles de páginas.
Descansaba bien por las noches, y aseguró que la tranquilizaba el olor a nardos que imperaba en su habitación.
Su madre comenzó a llevarla los domingos a la misa de la iglesia del Purísimo Corazón de María y a pasar el resto de la tarde en la glorieta de Mariscal Sucre, en la colonia del Valle. Entre semana, se volvieron constantes sus visitas a los Bosques de Chapultepec junto con su hermana.
Consuelo, al ser vista de nuevo en las calles, fue requerida a través de las ventanas por los hombres que había frecuentado.
Su madre descubrió que algunos incluso recibían cartas gracias a la ayuda de la nueva criada, quien también les concertaba citas en la bodega.
Guadalupe, al saber de la recaída, instigó a su madre a tomar medidas más severas: una reclusión total.
Guadalupe se encargaba de la alimentación de su hermana, otra vez cautiva, y fue la primera en notar el ligero abultamiento en su vientre.
Aunados a las náuseas que no le permitían desayunar, los síntomas se reducían a una sola explicación.
Guadalupe indagó entre sus conocidas cómo resolver el nuevo problema.
No estaba dispuesta a sufrir más calumnias vergonzosas.
Ella, una solterona de veintiocho años que llevaba la administración de los bienes familiares, creía que Consuelo aún podía conseguir marido y tener suerte si se deshacían del inconveniente.
Supo entonces de Felícitas Sánchez, una enfermera de Veracruz que cobraba cincuenta pesos por practicar un aborto, precio elevado porque su trabajo era impecable: tenía las mejores manos y ojos para aquella delicada tarea.
Cobraba unos pesos extra por hacerlo a domicilio.
Sin escatimar, Guadalupe decidió mandar por ella.
Felícitas realizó el procedimiento con sigilo y se marchó en cuanto recibió el dinero.
Consuelo yacía, pálida y sudorosa, aún en el letargo del éter.
A pesar de que tuvo que permanecer en cama más de dos semanas y de que hubo que tirar su colchón, se recuperó.
Al padre se lo ocultaron fingiendo una enfermedad complicada de infecciones y diarreas.
Su madre, internada una vez más, al enterarse de lo sucedido sufrió una apoplejía; murió a los pocos días de un infarto fulminante.
Tras su muerte, que coincidió con los cambios políticos y económicos que acarreaba el cardenismo, el padre era una aparición que se refugiaba en el establo y rara vez volvía a dormir.
Abrumadas por la última tragedia, tomaron como señal un anuncio en el periódico Excélsior : un médium conocido como el Jorobado de la Colonia Guerrero revelaba que podía hablarles a los muertos a través del espiritismo.
Decidieron asistir a una sesión para tratar de comunicarse con su madre.
Temerosas, llegaron a la plaza de Garibaldi y atravesaron las vecindades hasta el sitio indicado.
Mientras esperaban su turno conocieron a Dolores Gambino, quien se presentó como una reconocida seguidora de la escuela kardeciana y les contó de las sesiones que realizaba con su grupo selecto de señoritas.
Desconfiadas, las hermanas decidieron salir de ahí.
Ya en casa, Consuelo convenció a Guadalupe de visitar a Dolores al menos una vez. Además, no tenían que ir las dos: una se podría quedar en casa por si aparecía su padre.
El siguiente miércoles, Consuelo llegó puntual a la casa de Dolores.
Las sesiones se realizaban en la sala, en un ambiente iluminado por velas.
Antes de comenzar le dijeron que si lograban establecer comunicación con algún espíritu, este se manifestaría a través de una voz áspera en las cuerdas vocales de Dolores.
Tras empezar, una energía densa invadió la sala y los cirios se apagaron de un momento a otro.
La electricidad inundó la atmósfera con una fuerza que volvía imposible cualquier movimiento.
Dolores, ojos en blanco y cuerpo tenso, habló con una voz prestada, apenas pronunciando las palabras: «¿Sabes por qué te lo quitaron?
Porque era un hijo del demonio, de Satanás.
Un niño que no debía nacer. Eso está muy claro.
Era un bebé impregnado con azufre del mismo infierno, del averno que tienes entre las piernas. Y no será el único con esa suerte».