Hablar con los muertos Furor Impius #3
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Furor Impius #3

Cuando uno de los galenos la visitó para una revisión general, Consuelo se desnudó gustosa y comenzó a tocarse alegando que veía la esencia erótica en las personas, que percibía un aura sensual inapreciable para los demás, y que la de ese doctor era muy aguda.

A pesar de que al menú diario de fármacos se añadieron tres pastillas, ella notaba cómo, al estar junto a otro ser humano, la fiebre surgía tímida siempre en el centro, atrás del ombligo, se expandía y se concentraba en su sexo.

Las pastillas la mantenían serena; el fulgor era apenas perceptible.

El único contacto que Consuelo tenía con los hombres eran las noches de cine de los sábados, sesión a la que también podían entrar los trabajadores.

Ahí conoció a Elías, el nuevo fotógrafo, un joven estadounidense alto, rubio y de ojos azules muy bien parecido y de sonrisa fácil.

Fueron vecinos de asiento en varias ocasiones.

Un sábado, Margarita pidió su descanso. Por la noche, otra enfermera se encargó de llevar a su propia interna y a Consuelo a la función.

Poco antes de terminar la película, el fotógrafo salió, y Consuelo lo imitó con sigilo.

Lo siguió entre la arbolada que conducía a la entrada principal, notó dónde vivía y tocó a su puerta.

Las películas de Pedro Infante se convirtieron en la coartada perfecta para desaparecer por al menos una hora en el cuerpo de un hombre en aquel lugar tapizado de ojos y rostros de papel en blanco y negro.

Su vientre abultado y senos hinchados, disimulados apenas por la bata rasposa y desvaída un poco más suelta de lo normal, presagiaron lo que ella supuso su maldición.

Margarita le prohibió las salidas al cine mientras pensaba cómo explicarles la situación a sus superiores.

El hecho no se convirtió en un escándalo porque era algo usual en el Palacio de la Locura.

Consuelo le aseguró que su boda con el hombre más guapo del lugar, el que se encargaba de hacer los retratos, estaba planeada dentro de unas semanas.

Cuando interrogaron a Elías, este se deslindó del asunto alegando que solo la había visto un par de ocasiones en el cine.

Margarita le explicó a Consuelo lo que sucedería.

Le dijo que estaba prohibido que los bebés permanecieran allí.

Consuelo le preguntó por qué, si las madres debían alimentarlos, y Guadalupe respondió: «Se los quitan así de chiquitos para que ninguno de los dos sufra más.

Para la leche están las nodrizas. Ya hablaron con tu hermana y se niega a pagar para ayudarte.

No te preocupes, se lo van a llevar a la Casa de Niños Expósitos.

Es común, siempre hay por lo menos dos panzonas en cada pabellón.

Ya verás que será lo mejor para tu bebé», aclaró al tiempo que trenzaba el cabello cobrizo con cuidado.

Consuelo anhelaba estar vacía, libre. Intentó pedir ayuda personalmente, implorando que Felícitas la visitara, pero la última carta que recibió de Guadalupe la condenó: no estaba dispuesta a dar más dinero para corregir sus errores.

No podía creer que, a pesar de estar recluida, sucediera de nuevo.

Además, un detective había descubierto el oficio de la Trituradora de Angelitos, como apodaron a Felícitas, la mujer rechoncha de ojos saltones: «Debiste escuchar lo que decía la gente y la policía cuando destaparon la cañería de su edificio, que esa peste no era de este mundo».

Los continuos llantos lograron que Margarita interviniera, pero los tés solo le provocaron dolores insoportables.

Consuelo gritaba que quería sacar al invasor de sus entrañas, y una noche comenzó a golpearse el vientre con furia hasta que la sedaron.

Tuvo un ligero sangrado que no duró más de dos días, y se preguntó si debía dejarlo vivir.

Llegó la temporada de lluvias abundantes, en la que se solían quedar sin energía eléctrica y numerosas lámparas de gasolina iluminaban las estancias y habitaciones.

En la cama, Consuelo miraba hipnotizada la lámpara en la cómoda de Margarita; la sorprendía esa minúscula flama que distorsionaba la realidad con su tenaz baile.

Antes de dormir, lo último que vio fueron los ojos de Margarita mirándola sobre el fuego casi extinguido y sus labios fruncidos soplando. El rostro benévolo y redondo se mantuvo quieto hasta que la totalidad de la oscuridad lo devoró y la ausencia volvió a llenar el espacio.

Consuelo, pira ardiente, soñó con Dolores y con su madre en una sola voz anunciando que el bebé sería un niño libre de mal, con unos ojos más puros que el cielo y un cabello finísimo y dorado.

Despertó antes del amanecer y advirtió la lámpara encendida de nuevo.

Quizá si combatía su fuego con otro fuego todo acabaría.

Tomó la lámpara de gasolina, con una mano quitó el mechero encendido y con la otra vertió el contenido líquido en su vello púbico.

La pelambrera castaña y húmeda brilló con el reflejo de la luz.

Acercó la flama moribunda y, de un instante a otro, se convirtió en una mujer ígnea que se consumía en vida junto con su calor mal disfrazado.

Consuelo sonreía mientras Margarita la cubría con una manta, tratando inútilmente de extinguir unas llamas que, a la distancia, volvían crepúsculo la negrura.