Ficus carica
«Pero la realidad siempre ha sido una casa de espejos que nos hace preguntarnos sobre el lugar donde observamos».
Orlando Mondragón
Para Elisa Díaz
I
La casa le pertenecía a una anciana que había fallecido recientemente, no me dijeron dónde ni de qué. Acepté firmar el contrato porque necesitaba un espacio más amplio para mis toneladas de libros y este resultó muy conveniente en cuanto al presupuesto.
La hermana y su hija fueron quienes se encargaron de poner el inmueble en venta, de agendar visitas, del papeleo.
Así como yo no traté de indagar más sobre la dueña previa, ellas tampoco lo hicieron en cuanto a mi vida personal: no preguntaron por pareja o hijos, ni siquiera por mascotas.
Mejor así, lo único que he logrado mantener con vida a mi lado es un cactus erizo que tiene más de diez años conmigo y me ha acompañado en mi peregrinaje por medio país.
Lo poco que supe es que la dueña fue actriz del Cine de Oro, famosa en el medio nacional.
Vivió siempre sola y los hombres que la visitaban nunca subían al primer piso.
Me lo contaron al recorrer la sala, el comedor y la cocina mientras nos acompañaba un sutil olor a encierro que me resultaba familiar, un tanto húmedo, acogedor.
Todo estaba atestado de muebles de madera y distintos estilos, aunque predominaban las imitaciones.
Si algo aprendí del bazar de mi abuelo fue a distinguir tipos, componentes: copias de originales.
En esta casa en Coyoacán observé sillones Luis XV, aparadores de diseño, trinchadores franceses de décadas atrás, vitrinas Enrique II, un reloj grandfather idéntico al de mi madre.
Después, el piso superior. Cómodas con espejos inservibles, libreros, armarios Luis XVI.
En una habitación —la que se convertiría en mi estudio— la hermana abrió un placard de madera laqueada y me mostró pequeños rollos de película que sacó de un mar de cintas enmarañadas.
Sobre el mueble había diferentes muñecas de porcelana todavía en sus cajas.
Otra de las paredes ostentaba, casi a la altura del techo, diversas manchas de hollín.
Al percatarse de que las miraba, comentó que la actriz solía encender muchas veladoras.
Detrás de la puerta, antes de salir, advertí el retrato de un hombre de cabello, bigote y larga barba encanecidos, coronado con un turbante.
La terraza tenía dos sillas de metal descarapeladas y, al centro, una antigua mesa de herrería sobre la que reposaban varias macetas con plantas secas.
En el pasillo, un pálido teléfono de los setenta con disco sobre una mesa ratona francesa.
Cada objeto podría venderse por miles de pesos en cualquier bazar de la Condesa, pero las mujeres no estaban interesadas en vender; se llevarían todo días antes de que yo me estableciera.
Por último, salimos al jardín que rodea la mitad de la planta baja, desde la cocina hasta las escaleras.
Más que tierra tenía capas superpuestas de polvo que asfixiaban cualquier atisbo de vida.
Un naranjo de fruto escaso —contadas esferas apretadas que trataban de conservar unas pocas gotas de jugo— y los restos de un gran tronco eran los habitantes más sobresalientes.
Había otros árboles frutales con hojas resecas y más troncos recién talados, como en la banqueta de la entrada principal.
Macetas vacías. Ahí era donde el abandono de meses, o quizá años, se volvía más palpable.
Nos despedimos y, al salir, noté que lo único que había logrado mantener fuerza y vitalidad era el árbol enorme que ocultaba la fachada de la casa en su totalidad: un gomero de más de cien años.
El día de la mudanza, al abrir la puerta principal me recibió un olor a pintura fresca que engulló cualquier rastro del hedor previo, así como algunos de los muebles más pesados.
Tras indicarles el acomodo de mis cajas y pocos enseres a los mudanceros, llamé a la casera.
Explicó que no se pudieron llevar todos los muebles por el espacio de la camioneta, pero que podía usarlos sin ningún problema.
No me importó demasiado, había sitio de sobra y varios serían muy útiles.
Alterné horas desembalando y cortando cinta con copas de merlot y rebanadas de pizza.
Lo principal era armar el escritorio e instalar la computadora.
Ya me ocuparía del resto conforme fuera necesario.
Montones de cajas apiladas en distintas habitaciones esperarían con paciencia su turno para ser diseccionadas.
II
Las primeras noches fueron angustiantes, espesas: creí atisbar una figura negra en el quicio de la puerta de mi habitación cada que abría los ojos. Apenas descansé.
Acostumbrada a vivir en departamentos de un piso, alternar aquí entre la planta baja y el primer nivel era como atravesar un umbral entre las formas tangibles y conocidas y lo oculto, aquello que apenas se distingue entre sombras.
Que la casa tuviera una instalación eléctrica con multitud de interruptores y focos me hizo pensar que la dueña lo exigió así para atenuar la penumbra a cada paso y disuadir a los posibles fantasmas.
Fui descubriendo, de a poco, las particularidades de mi nueva morada: cada vidrio estrellado, las grietas en los pisos, el agua con restos de algas verdes, los desagües estancados, el polvo de las polillas del siglo pasado que se negaban a abandonar la madera que había sido su hogar.
El agua caliente de grifos y duchas, que salía de las llaves de agua fría.
Los cristales que vibraban cuando un vehículo pesado atravesaba la calle y que, a mitad de la noche, resultaban doblemente escandalosos.
El único espejo que dejaron —empotrado en el baño de la planta baja— estaba tan opaco que costaba reconocer las formas.
Además, la iluminación de ese cuarto de aseo era muy tenue, pálida, y el voltaje cambiaba repentinamente.
Con ese juego de luces, intentar reflejarse era una odisea: los rasgos aparecían alterados; las dimensiones de rostro y cuerpo, modificadas.
Mi cabello, liso, corto y oscuro, parecía expandirse en ondas claras.
Mis ojos ambarinos se tornaban negros; mis pómulos se afilaban.
Un parpadeo o un cambio de voltaje y todo volvía a su lugar.
Aunque al principio los muebles ajenos no me resultaban molestos, el contraste entre mis objetos modernos y esas antigüedades creció tanto ante mis ojos que fue casi insoportable.
Sin importar qué producto utilizara, no había forma de darle brillo a la madera, de pulir el metal.
Era como si los mismos objetos se empeñaran en guardar su edad, en aferrarse a la suciedad y el abandono.
Trasladé, con mucho esfuerzo y habilidad, la mayoría a la habitación de las muñecas y el hollín —ahora, como el resto, cubierta por un blanco impoluto.
Además, la flora y la fauna comenzaron a cobrar importancia.
Me quedé sin internet varias veces porque las ardillas mordisqueaban y trozaban el cable.
Aparecieron cantidad de insectos dentro y fuera de la casa: mosquitos afanados en volar sobre mi oído y autores de apremiantes ronchas, hormigas en la alacena, abejas despistadas, arañas en cualquier rincón, moscas necias revoloteando en la cocina y en la basura acumulada y aves de distintas especies que defecaban por todos lados.
Lombrices y escarabajos escondidos entre las cajas húmedas replegadas en la cochera.
Una rata que me mantuvo cautiva primero en la planta baja y luego en el primer piso durante tres días.
Un alacrán que me echó de una de las habitaciones.
Una violinista con la que llegué a un acuerdo: míos son los días; suyas, las noches.
Identifiqué su hogar y sus rondines nocturnos por lo alto de las paredes de mi estudio y pocas veces se ha atrevido a ir más allá para visitar el pasillo o el baño.
A pesar de que era enero, la lluvia constante transformó el jardín: el polvo árido se convirtió en tierra húmeda y fértil, con múltiples brotes.
De los troncos nacieron varios tallos que se esforzaban por llegar lo más alto posible y de los que salieron hojas verdes del tamaño de mi mano.
El naranjo dio frutos un poco más grandes, aunque nunca los probé porque crecían a más de tres metros de altura.
Los demás árboles se revitalizaron igualmente, radiantes.
Debe ser verdad eso de que las plantas se comunican a través de sus raíces, que las más fuertes envían nutrientes a las débiles o moribundas.
Una red subterránea paralela a esa otra aérea, compuesta por ramas y hojas, una red de seres mucho más solidarios entre su especie que la mía.
El único que permanecía idéntico era mi cactus, resguardado al lado de una de las puertas de cristal exteriores por las que he visto a la figura negra, esa sombra compacta, danzar entre las hojas.
III
—Todavía sabe a niño —la escuché decir sonriendo luego de darle el primer mordisco al higo, con las semillas adornando el sarro de sus dientes. Me estaba mirando directo a los ojos.
La vieja suele pasar cada miércoles y sábado, timbrar tres veces seguidas y hablar a gritos hasta que yo abro la puerta.
Al principio, después de preguntar por la señora de la casa y escucharme decir que ya no estaba, que la señora ahora era yo, ella me preguntaba si necesitaba algo: verduras del mercado, tortillas, huevo.
Le respondía siempre que no, gracias, y ella decía que volvería a pasar después.
Luego, decidí comentarle que la señora ya no estaba porque había fallecido, pero eso no alteró su —ahora nuestra— rutina de los miércoles y sábados a mediodía.
Me acostumbré a escuchar su llamado, a atenderla y despacharla enseguida, a sus calcetas blancas a media pantorrilla y sus huaraches viejos, a sus sudaderas enormes sobre un vestido y mandil percudidos, a su chongo despeinado y sus dientes amarillentos. A su olor penetrante a orina.