Hablar con los muertos Área 51 #2
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Área 51 #2

La mujer decide no levantarse ni dar otro paso hasta que quien los ha llevado allí aparezca.

Paul, tras fuertes inhalaciones, sigue andando y a dos cuadras encuentra edificios que se distinguen del resto de las construcciones.

El único al que puede ingresar es una especie de templo carente de ornamentos religiosos.

El organillo está justo en el centro, y a pesar de que el mutismo ha vuelto a reinar, la ira y la frustración de Paul se vuelven incontrolables y comienza a golpearlo con un objeto metálico que hay cerca.

Descarga en este la furia acumulada, logrando que el artilugio se active de nuevo y adquiera una velocidad frenética que distorsiona sus tonos y crea una atmósfera desquiciante de repeticiones y sonidos agudos.

Grace lo observa temblorosa desde la puerta y lo deja hacer, le permite empeorar la situación para pretender controlar, al menos, su ruina.

Los espectadores que votaron por Paul están confiados en que ganarán. Despreocupados, invitan a rondas de helado y chocolates a los niños, quienes suelen asistir solo por los dulces, sin preocuparse por lo que ocurre en la pantalla.

Paul se acerca a Grace. Las lágrimas de ambos son muestras involuntarias del fracaso.

En silencio, retoman su trayectoria original y, con pasos lentos, continúan caminando.

Ella suspira cada vez que una calle termina, arrepentida de haber escuchado las súplicas de Paul para ir a la fiesta de la noche anterior.

Estaba intranquila desde que supo que la casa de campo de los Jackson estaba kilómetros al noroeste yendo por la carretera.

No debía estar cansada, cubierta de sudor y suciedad en un pueblo de plástico, sino en su hogar, disfrutando del brunch después de su baño en tina.

Paul, por su lado, maldijo la hora en que no aceptó compartir auto con los Highsmith a pesar de saber que no se medirían con el alcohol.

Ahora, su preciado Karmann está desaparecido y ellos vagan en una maqueta a escala real de quién sabe qué periferia.

Empieza a temer por sus vidas, que Grace se desmaye por inanición y él pierda el juicio.

Varios minutos después, un enorme letrero de hierro con letras doradas y la palabra Celebration , sostenido por dos columnas de ladrillo rojo, señala la frontera entre el solitario desierto en derredor y el embuste del que intentan huir.

Notan que la última manzana carece de edificaciones, es un parque simulado con árboles ficticios y un par de bancas.

Identifican a un hombre mayor sentado en una de ellas y Grace corre hacia él.

Esta vez es Paul quien cobra conciencia sobre la inutilidad de la precipitación, mas ella lo intuye como una salvación real.

Lo llama, le pide ayuda con desesperación, pero el anciano no voltea, parece no escuchar.

El perro echado a su lado tampoco muestra ningún signo de prestar atención.

Al acercarse lo bastante, Grace nota un zumbido familiar: el vuelo de varias moscas al unísono.

A punto de tocarle el hombro, su brazo se detiene a escasos centímetros del cuerpo, a la distancia suficiente para que uno de esos pesados insectos se pose sobre su palma.

Lo aparta de inmediato sintiendo una profunda repulsión.

Con la cabeza ardiendo y palpitando, presintiendo el horror de lo que tiene delante, prefiere no corroborarlo y empieza a alejarse.

Ni siquiera piensa relatarle lo sucedido a Paul: no nombrará el horror, no lo volverá real, no le dará el placer de atravesar el enjambre de podredumbre para llegar hasta ellos.

Regresa con la mirada baja para ocultar la humedad a punto de convertirse en llanto.

Las dos horas de la programación están por concluir.

La pantalla muestra la opción de reanudar la función dentro de un descanso o dar paso al anochecer en el set.

La mayoría, ansiosa del desenlace, sopesa la opción de la oscuridad.

La votación es terminante: los dedos rechonchos oprimen el botón rojo para finalizar la transmisión. Las reglas son irrebatibles.

La luz comienza a extinguirse. Extenuados, no logran pensar en otra cosa que volver a dormir, con la posibilidad de despertar en otro lugar, quizá el indicado.

Deciden entrar en una de las casas lujosas, las que rodean la parte central del pueblo condenado.

Ignoran por completo las figuras dispuestas en el comedor ante una cena eterna.

Suben a la recámara. Grace no pronuncia palabra, comprende lo vano de cualquier expresión y esfuerzo, de cualquier empeño por tratar de comprender lo que ocurre.

Paul, resignado, dice que será mejor descansar un rato para recobrar fuerzas y salir más tarde a buscar la carretera.

Encuentran una cama y se recuestan fatigados, sudorosos.

Paul, de espaldas a la única ventana, se dedica a mirar a Grace con ternura mientras toca su rostro con las puntas de los dedos.

Lamenta no poder ayudarla, ignora cómo protegerla de una amenaza invisible que, sin embargo, es casi palpable.

Ella solo quiere dormir y despertar en su hogar, olvidar la aridez en su cuerpo y el hambre.

Cierra los ojos cuando los dedos de Paul se posan sobre sus cejas.

Él también se abandona a la inconsciencia.

La última imagen en la pantalla es la de sus rostros asombrados cuando una blanquecina y enceguecedora luz, tan veloz como el fuego, invade por completo la habitación desde la ventana.

Treinta y dos segundos después de la claridad, los espectadores escuchan el sonido de la ansiada explosión.

Pocos aplauden. Para el auditorio, acostumbrado a brotes psicóticos tempranos, comportamiento errático y prematuras manifestaciones de desequilibrio mental, el corto espectáculo de la pareja en el sitio de pruebas nucleares fue mediocre, como lo habían sospechado.

Sin embargo, opinaron que valió la pena pagar los boletos solo para poder observar el encanto de ambos.

El dinero de las apuestas es devuelto. Abandonan con lentitud la sala.

Algunos dejan cubos y platos de cartón con sobras de comida en sus asientos o en el suelo, otros los arrojan con desdén al único bote de basura, sin que les importe acertar o no, y algunos se retiran todavía masticando.