Ficus carica #2
Una tarde, me preguntó si tenía higos. Acababa de recolectar algunos porque la higuera, a pesar de ser pequeña, ya tenía fruto, y daba pena verlos estrellados en la tierra, descalabrados y con las tripas al aire. Varios, de tan maduros, exudaban néctar de las llagas en su piel.
La dejé en el quicio de la puerta y entré por la canasta. Volví y se la ofrecí. Tomó dos puños y se metió otro a la boca. Entonces lo dijo. Terminó de comer el higo y se fue, tan ufana como siempre.
Una vez la descubrí del otro lado del portón hablando sola. Me quedé atenta, escuchando, conteniendo la respiración. Ella escupía las palabras con rabia, pero sin odio. Con un coraje seco que parecía dirigirse a sí misma.
Luego de la primera vez del higo, se volvió costumbre regalarle, al menos, una docena de frutos en cada visita.
Cuando los recibe, los observa con atención, los acaricia con cariño, casi.
Incluso ha llegado a besarlos afectuosamente.
Siempre separa dos o tres, para secarlos, aclara.
Como los faraones que eran enterrados con vasijas de higos secos para alimentar su alma camino al cielo, dice.
También me contó de las higueras que nacen donde la tierra ha abrazado el cadáver de una mujer.
IV
La sombra, antes amenazante, ya es más bien una compañera.
La presiento cerca, sobre todo frente al espejo, cuando intento encontrarme en un reflejo distorsionado.
Si me acerco lo suficiente, ella hace lo mismo.
Entonces mi temperatura aumenta y siento un vaho en la nuca que se extiende a la oreja derecha, y un suspiro que me eriza la piel y quiere hablar, proferir una única palabra que inicia con la letra «O» , perfectamente entonada.
Por las noches, prefiero moverme en la oscuridad para que ella —las dos— estemos cómodas.
Compartimos este espacio que no se rige por firmas en papeles ni cantidades con varios ceros, sino por el empeño de quien decide habitarlo.
La higuera parece crecer día con día. Podía asegurar ver ramas que un día antes no estaban; raíces empecinadas en avanzar con prisa, raudas, en una carrera.
El patio se oscurece y se extiende, infinito.
Ahora es un jardín boscoso húmedo, tropical.
Tengo mi propia selva ganando terreno. A veces, basta con estirar un brazo por la ventana para tocar una rama, una fruta.
El clima de la casa, tibio, es muy distinto de ese exterior fresco y nebuloso.
El olor añejo de los muebles vetustos ha ganado terreno y se mezcla con el cítrico del naranjo y lo dulzón hasta el hartazgo de los higos rebosantes en la Ficus carica madre.
He investigado cómo preparar tanto fruto.
Mermelada acompañada de nuez, en tarta con almendra, en mascarpone con melón.
En ensalada, con queso Stilton o pizza con queso de cabra y miel.
Con calabaza y berenjena especiadas. Confitados al Oporto.
En frittata . Asados al vermut. En biscotti .
Las opciones son infinitas como ellos, como la higuera, como la miel en su ramaje y en la tierra.
La vieja me da pena, así que aprovecho sus visitas para pedirle algunos ingredientes que no logro conseguir en línea, como las hierbas toscanas y las aromáticas.
Regresa minutos u horas después, pero siempre vuelve.
Desde que me dijo que los higos no eran fruta, me he dedicado a observarlos: partidos por la mitad, exhiben su centro pulposo y rojizo con pequeños trazos amarillos.
«Son un montón de flores pequeñitas, crecen a la inversa», aseguró.
Cada vez veo con más claridad los capullos, los cientos de pétalos diminutos y carnosos.
«Son tan tiernos como la carne de niño», remató.
V
Las tesis parecen inagotables. Corrijo dos o tres de forma simultánea y antes de la entrega, ya tengo otra solicitud esperando.
Me he vuelto experta en arte contemporáneo a fuerza de buscar referencias en libros e internet sobre colectivos, corrientes, vanguardias, museos, galerías.
El trabajo en casa me ha mantenido en un ostracismo casi total.
Hace meses que no veo a mis pocos amigos ni hago reuniones porque no he tenido tiempo de desempacar por completo, de ordenar al menos la sala y el comedor para recibir a alguien.
La vieja es mi única compañía. Incluso espero con ilusión que toque el timbre en clave para constatar que puedo comunicarme con otro ser vivo. Para pedirle cualquier cosa que no tenga higo por miedo a morir de una sobredosis de potasio y hierro o de azúcares.
Miento cuando digo que solo veo a la vieja.
Está siempre la sombra. Cuando es de día, se esconde en los muebles: escucho golpes tenues dentro de los armarios.
Me quedo de pie mirando las puertas, esperando que se abran de repente, mas nunca ha ocurrido, y aún no tengo el valor para hacerlo yo.
También he escuchado pasos ligeros, como de una persona pequeña y delgada, subiendo las escaleras.
Estos se detienen al llegar al corredor.
De nuevo he sido muy cobarde para siquiera voltear o asomarme por una puerta.
La dejo hacer, recorrer el lugar que le perteneció y reclama para sí.
Las plantas y los insectos son otra compañía obstinada, decidida; incluso mi cactus está en flor por primera vez: dos ojos amarillos y afilados adornan su corona.
Quizá respeto demasiado cualquier forma de vida: otra persona mandaría fumigar, arrancaría la maleza, podaría árboles y plantas. Rechazaría cualquier indicio de existencia supuestamente inferior, pero mucho más valiosa.
VI
Mis manos, manchadas y arrugadas, resecas a pesar de humectarlas varias veces al día, se han adaptado a los frutos.
Al tacto reconozco con facilidad los que no han terminado de crecer, los que están maduros antes de que se agrieten y caigan, los que en su interior son alimento de gusanos, los que serán picoteados por las aves y los que servirán como hogar para las larvas de avispas. El morado negruzco es un color hermoso.
Las primeras veces que la vieja me confundía con la actriz, yo insistía en negarlo, en recordarle que ella ya estaba muerta, pero la otra insistía en tratarme como a su antigua amiga, así que terminé por aceptarlo.
A fuerza de hablar de personas que no conozco y relatar historias de las que no tengo recuerdos, he comenzado a sentirlas cercanas, mías.
Río de sus chistes, afirmo sus ocurrencias y reitero sus testimonios.
Me sorprendo preguntándole por tal o cual hombre, por una u otra mujer.
Como la lavadora nunca fue instalada, ya no tengo ropa limpia.
Indagando entre cajones y estantes, descubro algunas batas que aún huelen a lavanda.
Al sacarlas, caen varias ramitas secas. Me pruebo la primera.
Bajo al espejo y constato, entre manchas oscuras, que la prenda me queda perfecta.
También que mi cabello ya pasa mis hombros y tiene mechones grises.
El internet se fue de nuevo y los técnicos no se han presentado. Aunque puedo seguir trabajando así, estoy incomunicada. No entiendo cómo, pero cuando estoy por quedarme sin agua, pan o azúcar, la vieja trae lo indispensable.
VII
En una caja de zapatos carcomida encontré un atado de fotografías desteñidas, con arañazos y manchas amarillentas.
En ellas, el centro es la actriz, su cabello largo y ondulado, sus pómulos afilados, sus ojos profundos, resaltados por un perfecto cat eye setentero.
Conforme las miraba, pude apreciar el crecimiento del árbol y el envejecimiento paulatino de ella; la cabellera invadida, poco a poco, por las canas hasta tornarse blanca por completo; las arrugas; la ropa cada vez más holgada y los tacones que iban perdiendo altura hasta desaparecer.
Solo estaba retratada en tres posiciones: sentada en la tierra, recargada en el tronco o abrazándolo.
La higuera aparecía cada vez con más raíces y ramas, siempre adornada con frutos gordos y oscuros destilando miel, justo como ahora.
También encontré un sobre de correo postal aparentemente vacío, pero, al mirarlo a contraluz, observé una pequeña sombra dentro.
Al abrirlo, descubrí una instantánea de bordes descoloridos y una imagen casi desaparecida entre tanta negrura.
Pude distinguir, en lo que fue el centro del jardín, una cruz minúscula y detrás de esta, la rama joven de una higuera con apenas un par de hojas lobuladas.
En la esquina inferior derecha se distinguía una «O» mayúscula perfectamente redonda, acompañada de un punto.