Háblame de amor Capítulo 30. Mucho amor.
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Capítulo 30. Mucho amor.

Mucho amor...

M iguel

Despertar a la realidad de mi mutilación fue el peor momento de mi vida.

No fue inmediato. Primero llegó el olor espeso de la brea y la madera húmeda del barco. Luego el balanceo lento de la nave, como si el mar respirara debajo de mí. Y después... el dolor. Un dolor sordo, profundo, que subía por mi cuerpo como una marea negra.

Quise moverme. No pude.

Entonces comprendí.

¿Qué podía hacer ahora con este cuerpo azotado por la desgracia? Si hubiese sido peleando, al menos habría dinero de recompensa, una historia que contar. Algo digno que llevarle.

Pero no.

Entre las imágenes que pululaban por mi cabeza angustiada estaba la de ella. Sola. Esperando. Mirando el horizonte cada tarde como solía hacerlo cuando yo partía al mar. Y poco a poco la imaginé también sintiéndose traicionada.

Fue entonces cuando comencé a escribir.

Una carta. Luego otra. A veces tres en un mismo día, como si las palabras pudieran mantenerme entero.

Le hablaba del latido de las olas contra el casco de la nave, de las noches interminables bajo las estrellas, del viento que hinchaba las velas como si el mar mismo quisiera empujarnos hacia el destino.

Pero jamás le conté la verdad.

Nunca le diría lo que me había ocurrido.

Mi orgullo se negaba a aceptar aquella horrenda derrota de mis sueños.

Así que en mis cartas seguía siendo el hombre que había partido.

***

La noche les tenía reservadas algunas sorpresas que ninguno de ellos habría podido imaginar.

Aunque todo resultaba difícil de creer, hubo instantes en que pensaron que ya no habría marcha atrás.

Y, como había ocurrido la noche anterior, todos los protagonistas de aquel enredo, el que empezaba a parecer más destino que casualidad, se reunieron a la hora convenida.

Se acomodaron con rapidez. Haber permanecido en la casa principal había sido, al final, una decisión acertada. La vieja construcción parecía contenerlos a todos en su silencio espeso, como si también aguardara algo.

El día se deslizó lentamente entre comidas improvisadas y la lectura de papeles amarillentos rescatados de los baúles. Documentos olvidados, cartas escritas con tinta desvaída, nombres que parecían respirar todavía entre las líneas.

Pero nadie estaba verdaderamente concentrado en aquello.

De tanto en tanto, alguno levantaba la vista hacia las ventanas. Afuera, la tarde se iba apagando con lentitud. La luz dorada cedía paso a un gris incierto, y el jardín comenzaba a llenarse de sombras largas.

Todos sabían que estaban esperando lo mismo.

Que cayera la noche. Porque con ella vendrían las respuestas... o tal vez algo mucho más inquietante; la confirmación de aquello que ya empezaban a sospechar.

La oscuridad se presentó casi sin aviso.

Primero fue apenas un velo sobre el jardín, una sombra que fue apagando los contornos de los árboles y las veredas. Luego, el cielo se volvió completamente oscuro, como si alguien hubiese cerrado una puerta sobre el mundo.

Dentro de la casa encendieron algunas lámparas. La luz amarillenta dibujó círculos tibios sobre la mesa grande del comedor, mientras en los rincones, el resto de la estancia permanecía en penumbra. La vieja madera crujía de vez en cuando, como si la casa respirara con ellos.

Uno a uno, los integrantes del ritual fueron ocupando sus lugares.

Nadie hablaba demasiado. Las palabras parecían innecesarias; todos compartían la misma expectativa tensa.

David tamborileaba con los dedos sobre la mesa sin darse cuenta.

Dolores hojeaba distraídamente uno de los papeles antiguos, aunque sus ojos no estaban realmente allí.

Lola observaba a los demás con esa expresión tranquila que a veces resultaba desconcertante.

Fue entonces cuando el aire cambió.

No ocurrió nada visible al principio. Solo una sensación, casi imperceptible, como si una corriente fría hubiera atravesado la habitación.

Lola levantó lentamente la cabeza.

—Ya están aquí —murmuró.

Las palabras quedaron suspendidas en el silencio.

Y en ese instante, desde el pasillo oscuro que conducía al fondo de la casa, se oyó el primer sonido.

Un gemido suave, casi como una melodía que se confundía con la brisa nocturna.

Las ventanas se abrieron de golpe y la casa se llenó de luz. No era una luz cualquiera. Traía consigo una extraña sensación de bondad, un calor sereno, un sentimiento tan profundamente amoroso que ninguno de los presentes salió indemne.

—Mi bella niña... Consuelo... —susurró Berenguela, conmovida.

Las luces parpadearon apenas, como un leve asentimiento. Berenguela inclinó la cabeza, confirmando lo que todos comenzaban a comprender.

Luego entró una ráfaga. Fuerte, intensa... pero sin maldad. Al contrario, se podía percibir en ella una alegría vibrante, la emoción de un reencuentro largamente esperado. Ellos estaban allí porque querían estar. Y, convocados por quienes compartían su sangre, parecían exultar de amor.

Cuando Lola ingresó en la sala vestida con una túnica blanca, otro parpadeo de las luces dejó más que clara la aprobación de las ánimas.

—La belleza del amor no tiene parangón...

Consuelo y Miguel se habían separado sin saber que la muchacha ya llevaba un hijo de él en su vientre. ¡Cuánta maravilla y cuánto dolor en un mismo destino! Durante semanas ella no comprendió lo que ocurría, hasta que su cuerpo comenzó a revelarlo.

Quien lo advirtió enseguida fue Manuela, la fiel Manuela que no la dejaba ni a sol ni a sombra. Pero guardó silencio. Fue ella también quien envió a un sirviente al puerto para que alguien avisara a la hermana de su señora.

La rubia Berenguela, la mujer del bucanero, como la conocían, se enteró casi cuando Consuelo estaba por dar a luz.

Viajó de inmediato hasta la isla. Justo a tiempo para ver nacer a su sobrina.

Y al ver a su hermana en aquel estado de enajenación, creyó lo más prudente hacerse cargo de la niña y regresar con los suyos.

Si bien quiso llevarse a Consuelo con ella, fue imposible de convencer.

Estaba en otro mundo. La partera que la asistió no creyó que pasara la noche.

Berenguela tuvo que optar por dejarla. Su familia pronto embarcaría hacia América y la llevarían con ellos. Se lo debía a su hermana, quien veló por ella tantas veces.

Pero la historia viró de rumbo y en contra de lo pensado, Consuelo se recuperó. Eso sí, si algo terminó de quebrar el espíritu de la dulce muchachita fue perder a su hija.

Aunque extraviada en su mente, algo de aquel instante persistía en su memoria. Un rostro redondo y suave, unas manitos diminutas... y un llanto que le atravesaba el alma.

A partir de entonces, los días de Consuelo se sucedieron como la repetición interminable de la misma escena. Sola con Manuela, en la torre.

Hasta que una noche tormentosa, aprovechando un descuido de la mujer, decidió quitarse la vida.

El destino, sin embargo, aún guardaba sus propias vueltas.

Cuando Juan y Berenguela llegaron a América, la providencia quiso que se cruzaran con Miguel. Era un hombre hundido en la desesperación, a quien ya nada parecía importarle.

Pero todo cambió cuando recibió a aquella pequeña en sus brazos; la hija nacida del gran amor de su vida.

Ese instante lo devolvió a la realidad.

Fue entonces cuando decidió que, a pesar de su mutilación, volvería por ella.

Ambos lo merecían.

Pero la historia no terminó bien. La nave no llegó a tocar tierra, que, ante un fuerte temporal, pereció junto con su tripulación.

¡Cuánta tristeza junta! A pesar de haber ocurrido hacía siglos, a todos, de uno u otro modo, los tocaba de cerca.

El viento del puerto traía olor a sal y a algas. Las palabras escuchadas se clavaron como cuchillos en el corazón de los presentes.

—Dolores —respiró Lola el nombre de la niña—. Así la bautizó su tía en Buenos Aires. Sí. Nuestra Dolores lleva en su sangre un legado de infinitos momentos y recuerdos.

—Ay, abuelita..., no creí que fuera tan así... —dijo la muchacha, haciendo un pequeño puchero.

Algo muy tierno se acunaba en su pecho. Por fin comprendía a quién representaba en aquella historia.

—Pero... ¿y entonces?

—¿Entonces qué? —preguntó Alba—. Nuestro amor es tan importante para lograr la unión de ellos.

—Es una pieza fundamental —confirmó Lola—. Un amor necesario, sí..., pero puro en cada una de sus formas. Ustedes son quienes han hecho posible este momento sublime. Si no se hubieran enamorado, seguramente estaríamos frente a otro intento fallido.

David y Alba se miraron. Este sentimiento era lo único que reconocían sus ojos. Mucho amor...

***

Cuando las almas de Consuelo y Miguel comenzaron a acercarse, el color de ambas cambió lentamente. Una luz dorada, iridiscente, empezó a expandirse por la estancia, como si naciera de ellos mismos.

El momento se volvió distinto. Estaban en otro tiempo. Donde todo podía ocurrir y los deseos se concretaban.

Un delicado aroma a lavanda perfumó la sala y, mezclado con él, llegó el inconfundible olor a salitre marino, húmedo y antiguo, como si el mar hubiese entrado también en la casa para presenciar el momento.

A unos pasos de Alba y David estaban ellos.

Los amantes que habían esperado siglos para volver a reunirse.

Lola avanzó despacio hacia la pareja. Cuando estuvo frente a ellos, alzó ambos brazos y los señaló con una solemnidad serena.

—Hágase tu voluntad... —pronunció—. Lo que fue separado... —continuó, con una voz que ya no parecía del todo suya—, que el tiempo no pudo quebrar...

Entonces ocurrió.

Por un instante, la noche se volvió día dentro de la casa.

El aire dejó de ser aire.

Una ráfaga poderosa irrumpió desde ningún lugar, abrió de par en par puertas y ventanas e hizo danzar las cortinas como velas de un barco antiguo.

Una vibración profunda, casi imperceptible, comenzó a expandirse desde el centro de la estancia, como si la misma tierra respirara bajo sus pies.

Una onda de luz atravesó la casa, las paredes, la noche misma. No fue un estallido violento, sino una expansión suave, total, como si el universo hubiese contenido la respiración hasta ese momento.

Y al liberarla... todo cambió.

Sus cuerpos ya no eran del todo cuerpos. Eran presencia. Eran fusión.

Eran uno.

La luz dorada palpitó una última vez.

Y luego todo se detuvo.

El silencio cayó suavemente sobre la estancia.

Lola sopló apenas, como quien apaga la llama de una vela.

La luz desapareció.

—Ya están juntos... por siempre.