Capítulo 29. Catarsis
Catarsis
—B ien —concluyó Berenguela, y por primera vez su voz sonó casi humana—. Estáis realmente cansados. Les propongo que por esta noche intenten dormir... aunque sea un poco. Reflexionad sobre lo que habéis vivido y escuchado.
Las luces comenzaron a atenuarse apenas.
—Se trata de un momento cumbre. Los pasos que deberán componer para que este ritual se cumpla no pueden darse desde el agotamiento ni desde el miedo. Lo esencial es la convicción de que actuáis por libre albedrío.
David dejó escapar una sonrisa breve, incrédula.
¿Libre albedrío?
¿De qué libertad le hablaban cuando la alternativa era cargar con una culpa de siglos o permitir que dos almas se desvanecieran para siempre, cuando su propio nombre había aparecido escrito desde el otro lado del espejo?
—Curiosa definición de «libertad» —murmuró—. Suena más a ultimátum elegante.
La luz azul no reaccionó con enojo. Se mantuvo firme, casi serena.
Entonces habló Lola, con esa dulzura que parecía envolver incluso las verdades más duras.
—Mañana volveremos a este lugar, a esta misma hora. Os co ntaremos toda la historia. Sin omisiones. Y lo que verdaderamente ocurrió en el instante exacto en que Miguel partía... y Consuelo (por cierto, una niña amorosa) sintió morir su corazón al perder a quien consideraba el hombre de su vida.
Al pronunciar su nombre, la temperatura descendió un grado más.
Alba sintió una presión en el pecho, distinta a la anterior. No era la memoria difusa de una promesa. Era un dolor concreto, punzante, como si la pérdida hubiera sido reciente.
La luz femenina titiló suavemente.
—No todo fue como os mostraron —añadió Berenguela—. Hay decisiones que parecen traición... y silencios que esconden sacrificios.
David levantó la vista.
—Entonces mañana sabremos si soy culpable... o si estoy pagando por algo que no elegí.
—Mañana sabréis quiénes fuisteis cuando el miedo os visitó —corrigió ella—. Y quiénes deseáis ser ahora.
El azul comenzó a replegarse, lentamente.
Antes de extinguirse del todo, una última vibración atravesó la habitación. No fue visible, pero ambos la sintieron.
No era advertencia.
Era expectativa.
Cuando la luz desapareció, el frío también cedió, dejando un silencio espeso y profundamente humano.
Alba miró a David.
—¿Y si no es sobre ellos? —susurró—. ¿Y si es sobre nosotros?
David no respondió de inmediato.
Observó la grieta del espejo, que seguía allí como una cicatriz imposible de ignorar.
—Entonces —dijo finalmente— más nos vale no equivocarnos.
***
Estaba visto que esa noche nadie dormiría.
Sin embargo, algo había cambiado. Las aguas se habían calmado un poco; los rencores parecían haberse aquietado lo suficiente como para que cierta claridad se filtrara en aquel enredo guardado durante tanto tiempo.
Porque, para la mayoría de quienes conocían el relato, nunca había pasado de ser eso, un relato.
Nadie imaginó que pudiera volverse tan real.
En la casa grande las luces permanecían encendidas, como si el edificio mismo se negara a descansar.
Alba daba vueltas en la cama preparada para ella. Las sábanas estaban frescas, pero el sueño no llegaba. Miraba el techo, escuchaba el crujido leve de la madera, el soplo del viento contra los postigos.
Al menos, pensó, aquel parecía un sitio vedado para los espíritus.
Hasta ahora, ninguno se había manifestado.
En el despacho, David caminaba.
Iba y venía, una y otra vez, recorriendo el mismo tramo de alfombra como si buscara desgastar la noche con los pasos.
Dormir era imposible.
Su cabeza trabajaba a mil. Ideas, dudas, escenarios posibles. Cada decisión abría una nueva cadena de consecuencias.
La mayor preocupación era su hermana.
Guida no merecía quedar atrapada en algo que tal vez ni siquiera comprendía. Sería terrible que una decisión tomada sin medir del todo sus efectos terminara dañándola.
¿Y qué haría con Marcela...? O peor aún. Con su padre.
Se sirvió una copa de coñac. El líquido ámbar brilló un instante bajo la luz tenue del escritorio. Bebió despacio, como si en ese gesto pudiera encontrar una respuesta que en realidad no tenía.
En otra parte de la casa, Lola tampoco dormía.
Tenía demasiado en qué pensar.
Lo primero era enfrentar sus propios temores, ¿estaba haciendo lo correcto? Pensaba si no había empujado las cosas demasiado lejos. Pero se había involucrado por completo, y ya no había vuelta atrás.
Después de todo, ella había estado allí desde el comienzo.
Siglos atrás.
Había sido testigo, y a veces algo más, de las imágenes que aparecían cada tanto, mostrando la escalada obstinada de aquel amor que parecía negarse a desaparecer.
Un amor imperecedero.
Berenguela lo sabía también.
Aunque su peso no era exactamente el mismo que el de su vieja amiga.
Tenía menos poder.
La sangre Rabines se había forjado sobre bases firmes en lo que al amor se refería. Los Villamayor, en cambio, habían sido más obedientes a las formas que a los sentimientos. Hubo matrimonios arreglados por negocios, acuerdos para reunir capitales, alianzas que poco tenían que ver con el corazón.
Por eso resultaba tan extraordinario lo que veía entre Alba y David.
Un amor puro.
Algo casi imposible de encontrar. Había nacido de un encuentro de almas.
Y sería un desperdicio dejarlo escapar.
Para Dolores, en cambio, todo tenía otro color.
Aquella historia comenzaba a explicar demasiadas cosas sobre su propia herencia. Sobre ese peso invisible que siempre había sentido, aun sin saber de dónde provenía.
En cuanto a su papel en todo aquello, prefería pensarlo de otro modo.
Como si formara parte del coro en una tragedia griega.
Una testigo. Una vigilante de los hechos.
Pero, en lo más profundo de su corazón, no podía evitar emocionarse.
Porque aquel romance, tan profundo, tan obstinado, parecía haber atravesado siglos solo para encontrar una nueva oportunidad.
Y esa noche, mientras la casa permanecía despierta, todos sabían que algo estaba a punto de decidirse.