Capítulo 28. Alba
Alba
E staba cansada, pero no era solo eso. El cuerpo reclamaba comida y sueño como una urgencia primaria, aunque por debajo latía algo más denso, más difícil de nombrar.
Intentaba ordenar las ideas, poner blanco sobre negro, pero una niebla espesa se me instalaba en la cabeza y me dejaba suspendida en un stand by inquietante.
La angustia, la zozobra, la tensión... todo confluía en un punto fijo y obsesivo.
.. la posibilidad de perder a David. Su rechazo no era solo doloroso; me oprimía el pecho, me volvía torpe, consciente de cada músculo, de cada respiración mal acompasada.
Habíamos quedado solos. Nuestras abuelas preparaban en la cocina algo de cenar mientras, supuse, deliberaban.
Me acomodé como pude en el diván donde él estaba sentado. Recogí las piernas, las enrosqué contra mí con una torpeza casi infantil, cuidando de no rozarlo siquiera. El movimiento fue rígido, forzado; mi cuerpo hablaba antes que yo. A él, sin embargo, pareció divertirle. Sonrió.
—No voy a morderte —dijo.
Hubo una pausa mínima, demasiado larga.
—Y si lo hiciera —añadió en voz baja—, recuerda que no sería yo.
Sentí un escalofrío subir desde los tobillos hasta la nuca. No supe si por el tono, por la frase en sí o por la certeza de que no estaba del todo bromeando.
—Deja de hacer chistes co n eso... —murmuró la abuela haciendo nuevamente su ingreso a la habitación.
—Sí, abuela Lola —intervino él, como si quisiera disipar la tensión, mientras su mano descendía lentamente hasta acariciar el contorno de mi pie que sobresalía. El gesto fue suave, casi distraído, pero no inocente.
Berenguela apareció entonces con algo de comer, preparado, seguramente, con lo que había a mano, y una jarra de agua fresca.
Su presencia fue inmediata, casi oportuna en exceso.
Nadie preguntó cuánto tiempo llevaba esc uchando.
Tampoco se comentó la expresión de su rostro, demasiado serena para la atmósfera cargada que flotaba en la habitación.
Todos agradecieron el impasse . Yo también. Pero mientras bebía, tuve la incómoda sensación de que aquel descanso no buscaba aliviar el cansancio, sino prolongar la espera. Como si Lola supiera o necesitara que ciertas cosas no debían decirse todavía.
***
Luego de la tranquila cena vino la modorra.
—¿Qué estamos esperando? —preguntó David.
—Que vengan... —respondió Berenguela.
—Encima de todo hay que esperarlos... ¡Una locura! —replicó un David muy enojado—. Y qué sucederá después... ¿Aparecen Demi Moore y Patrick Swayze? —agregó, haciendo referencia a la película Ghost: la sombra de un amor , donde ambos trabajaron.
—No es para tomarlo a chiste... —dijeron casi a coro las abuelas.
—Tenemos derecho a hacerlo... y también a preguntar.
—Claro. Y nosotras a elegir qué responderos —explicó la más anciana de las dos—. Son muchos siglos aguardando este momento... —concluyó Berenguela.
—Lola... ¿Lo del accidente de mis padres...? No terminaste de aclarar por qué es la misma fecha de aquella vez —preguntó David.
—Lo siento, niño. Ellos habían sido elegidos para hacer perdurar este amor. Se querían de un modo incondicional. Aunque no reunían los requisitos de sangre, íbamos a intentarlo igual, pero lo ocurrido fue la fatalidad. Por eso es que esta vez cuidamos cada detalle.
La información, a David lo calmó.
El frío comenzó de repente. No fue un declive natural de la temperatura, sino una irrupción; como si una brisa antigua encontrara la rendija exacta bajo la puerta y se deslizara hasta nuestros huesos.
El segundo embate fue más firme, casi deliberado.
Nos obligó a erguirnos en nuestros lugares; a permanecer alertas, expectantes, como si alguien nos hubiera llamado por nuestro nombre sin pronunciarlo.
—Miguel... —le habló Lola con la cadencia paciente de quien reprende a un niño travieso—. Si en verdad deseas que esto termine bien, deberás lograr la aprobación de nuestros nietos. Están cansados... y confundidos. Da lo mejor de ti para calmar sus ansias. No tolerarán otra decepción.
Entonces sucedió.
Una luz pálida comenzó a delinear formas femeninas, apenas insinuadas al principio, como figuras que emergieran desde el agua.
No proyectaban sombra; eran la sombra. A su lado, una luminosidad azul, serena pero más intensa, perfiló lo que debía ser Miguel.
La vibración de ese azul no era amable del todo; latía.
El aire se volvió denso. Respirar exigía un esfuerzo consciente.
—Ellos no pueden hablar —confesó Berenguela, y su voz pareció provenir de un sitio más profundo que su garganta—, pero podemos sentir sus emociones.
.. especialmente yo. Y me piden que interceda con ustedes para que se presten a este último intento de reunirse.
Por algo que no logro saber, será su última posibilidad.
Con vosotros... se juegan toda su esperanza.
Las luces titilaron levemente, como si el tiempo mismo dudara.
—Pero... ¿y qué papel jugamos nosotros en esto? —preguntó Alba.
Había llegado a un punto en el que la curiosidad superaba al miedo. Hasta entonces todo habían sido sensaciones, presencias apenas perceptibles. Pero aquello... aquello tenía contorno. Y los contornos exigen respuestas.
La claridad azul pareció inclinarse hacia Alba.
No fue un movimiento visible, sino una variación en la intensidad, como si el soplo alrededor de ella hubiese sido elegido. El frío dejó de ser general y se concentró en su pecho. No dolía..., pero reconocía ese lugar.
Y entonces ocurrió algo imposible.
Una imagen, ajena y propia a la vez, cruzó su mente. Una playa ventosa, una despedida que no era suya y, sin embargo, le oprimía la garganta con una tristeza antigua. Un nombre pronunciado con desesperación. Una promesa que no llegó a cumplirse.
Alba dio un paso atrás.
—Yo... —susurró, sin saber qué estaba respondiendo.
La luz azul vibró, apenas. No era una súplica. Era reconocimiento.
Berenguela la observó con una atención que ya no parecía del todo humana.
—Hay hilos que no se cortan con los siglos —dijo—. A veces cambian de manos... de cuerpos. Pero no desaparecen.
Lola bajó la mirada, como si aquella verdad fuese demasiado grande para sostenerla.
—Si vosotros os negáis —continuó Berenguela, y ahora su voz tenía un matiz más grave— no habrá otro intento. Ellos se desvanecerán definitivamente. No quedará memoria que los sostenga. Ni en este plano... ni en ninguno.
El azul palideció un instante, como si esa posibilidad lo debilitara.
Alba sintió un tirón interno, una resistencia que no sabía si era miedo o defensa.
—¿Qué es exactamente lo que esperan de nosotros? —preguntó, pero esta vez su voz no tembló.
Las dos siluetas femeninas se acercaron apenas. La temperatura descendió un grado más.
—No pedimos sacrificio —aclaró Lola con suavidad—. Pedimos elección.
Berenguela asintió.
—El último intento no consiste en que ellos regresen como fueron. Eso sería forzar el orden. Consiste en que puedan reconocerse... a través de vosotros.
Un silencio pesado cayó en la habitación.
—Si aceptáis —prosiguió—, deberéis permitir que aquello que quedó inconcluso encuentre cauce. No poseerán vuestros cuerpos. No borrarán vuestra voluntad. Pero sentiréis lo que ellos sintieron. Amaréis con una intensidad que no nace solo de esta vida.
La luz azul volvió a intensificarse.
Alba comprendió entonces que no era casual que ella estuviera allí. Que esa vibración en su pecho no era miedo.
Era memoria.
Y si decía que no... no solo negaría a esos espíritus su última posibilidad.
Se negaría a sí misma algo que llevaba latiendo demasiado tiempo.
El azul se inclinó apenas más.
Aguardaba.
Alba sintió, sin que nadie la tocara, que algo la atravesaba; como una pregunta formu lada directamente en su sangre.
No era una sensación del cuerpo. Era más antiguo que eso.
Y por primera vez comprendió que no estaban allí como testigos.
Estaban allí como condición.
—Espera... —marcó David—. Aún no he dicho que sí.
Ella se volvió, compungida.
—Creí que sentíamos lo mismo...
—¿Y eso es...?
Alba sostuvo su mirada como si, al decirlo, algo fuera a quedar sellado para siempre.
—Te amo.
Hubo un breve silencio.
Después, David dio un paso hacia ella.
—Pues yo también.
Le dijo muy cerca de su oído.
Sus brazos la rodearon desde atrás, delineando su cuerpo con una lentitud que no parecía del todo consciente. Luego la atrajo contra su pecho, con firmeza.
Alba sintió el latido de David en la espalda.
Y por un instante no supo si aquel pulso era solo de él... o si algo más estaba comenzando a latir con ellos.
Desde la penumbra, Lola no dijo nada.
Pero Berenguela inclinó apenas la cabeza, como quien reconoce un signo largamente esperado.
—Ahora sí... —murmuró.