Capítulo 27. David.
David...
M ientras todo sucedía, David caminaba como un poseso de un lado a otro. El piso crujía bajo sus pasos, marcando un ritmo irregular que contrastaba con la quietud casi sagrada del resto.
No podía comprender cómo su vida (ordenada, prolija, razonable) había terminado en semejante enredo.
Y qué enredo.
Había estudiado, planificado, tomado decisiones con lógica. Siempre con lógica. Y ahora le hablaban de almas inconclusas, de memorias que atravesaban siglos, de una esperanza sostenida por luces flotantes en una habitación cerrada.
Se detuvo de golpe.
—Por mi parte —dijo, conteniendo apenas la irritación— necesito conocer cada detalle. De qué va toda esta cuestión de integridad de almas y no sé cuánto más. No pueden pretender que aceptemos algo así solo porque... brilla.
El azul titiló levemente, como herido.
David respiró hondo.
—Y en lo que a mí respecta, tengo que pensarlo muy bien. No será hoy cuando obtengan de mí una contestación. Es mucho lo que está en la balanza.
Se volvió hacia Alba.
En sus ojos no había burla ni negación. Había miedo. Y algo más profundo: la posibilidad de perderla en un terreno que no comprendía.
—Si de verdad quieren contar conmigo... —cuando la miró, ella asintió, firme— con nosotros, debemos conocer toda la historia. Completa. Sin fragmentos convenientes. Y saber exactamente a qué nos exponemos.
El silencio posterior fue distinto.
Ya no era expectativa, era evaluación.
La luz azul se contrajo apenas, como si meditara. Las formas femeninas intercambiaron una vibración casi imperceptible.
—Lo que pides —dijo finalmente Berenguela— tiene un precio.
David sostuvo la mirada hacia aquella claridad.
—La verdad siempre lo tiene.
Una corriente fría recorrió la habitación, más intensa que antes.
—Si os revelamos la historia completa —continuó ella—, no podréis fingir que no la habéis oído. El conocimiento ata. Y una vez que comprendáis el origen del vínculo... la decisión dejará de ser tan sencilla como ahora.
Lola intervino con suavidad. No quería asustarlos, pero tampoco negarles esta verdad absoluta:
—Hay detalles que despiertan lo que duerme.
Alba sintió un estremecimiento.
David, en cambio, dio un paso al frente.
—Entonces despiértenlo.
El azul volvió a expandirse.
No con amenaza.
Con reconocimiento.
—Os parecéis tanto... —habló Lola dando un suspiro.
Entonces, el azul se expandió apenas. Parecía coincidir con la apreciación.
Pero antes de que Berenguela pudiera pronunciar una sola palabra, algo ocurrió.
El espejo del aparador, muy antiguo y de marco oscuro, comenzó a empañarse desde el centro hacia los bordes, como si alguien respirara del otro lado. No había vapor en la habitación. El frío era seco. Cortante.
David fue el primero en notarlo.
—¿Están viendo eso...?
Nadie respondió. Estaban tan pasmadas como él.
Sobre el vidrio empañado comenzó a dibujarse una línea. Luego otra. No era un trazo torpe; era firme, decidido.
Un nombre.
«Miguel».
Alba llevó una mano a su pecho. Sentía que se trataba de alguien entrañable en su corazón. No solo era un nombre; lo era todo.
Pero el dedo invisible no se detuvo.
Debajo del nombre apareció otro.
No el suyo.
Decía: «David».
El silencio se quebró en algo más denso que el miedo.
David retrocedió un paso.
—Esto es ridículo... —murmuró, pero la negación no encontró fuerza suficiente.
La luz azul vibró con una intensidad nueva, casi urgente.
Y entonces, sin transición, la habitación dejó de sentirse como tal.
El olor a cera derretida reemplazó al aire frío. El suelo pareció volverse irregular bajo los pies. Una campana lejana sonó, grave.
Berenguela habló, pero su voz ya no estaba anclada al presente.
—No fue el destino quien los separó.
La escena se impuso ante ellos como un recuerdo compartido.
Una noche de viento. Antorchas encendidas. Acusaciones susurradas en una plaza estrecha. Una mujer señalada. Un hombre obligado a callar.
—La traición no vino del amor —continuó—. Vino del miedo.
Un joven, Miguel, pero no exactamente como lo conocían, sostenía la mirada de una multitud hostil. A pocos pasos, ella... la misma esencia que ahora habitaba la luz femenina... era retenida por manos firmes.
—Prométeme que volverás —dijo ella.
—En esta vida o en la siguiente —respondió él.
Pero alguien más escuchó esa promesa.
Un amigo.
Un hermano de sangre, no de elección.
David sintió un golpe seco en el estómago.
La imagen cambió.
El mismo joven, horas después, firmando un documento. No por convicción. Por presión. Su declaración selló el destino de la mujer.
No fue odio.
Fue temor.
—No... —susurró David.
El espejo estalló.
No en fragmentos que volaran hacia afuera, sino hacia adentro, como si hubiera absorbido el impacto desde el otro lado. Una grieta profunda lo atravesó de extremo a extremo.
La visión se desvaneció.
La habitación volvió.
El frío persistía.
Berenguela lo miró directamente.
—El vínculo que creías ajeno no lo es. La sangre cambia de nombre, pero no siempre de deuda.
David respiraba con dificultad.
—¿Estás diciendo que yo...?
—Que entonces elegiste proteger tu sueño —di jo Lola con una tristeza antigua—. Y prometiste en vano algo que no tenías la total certeza de poder cumplir.
La promesa hecha al padre de Marcela. La entrega de su voluntad antes que el amor. Una voz interior le reclamó: «El amor está primero».
El azul no acusaba. Marcaba el terreno. Lo hacía recapaci tar.
Y esperaba.
Alba miró a David. Ya no había solo curiosidad en sus ojos. Había comprensión.
Y algo más peligroso. La certeza de que esta vez la traición no podría ampararse en el miedo.