Háblame de amor Capítulo 26. Atando cabos
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Capítulo 26. Atando cabos

Atando cabos

—N o debéis temerles. Ni dudar de que no desean haceros daño.

Solo ansían volver a reunirse... —dijo Berenguela, clavando los ojos en cada uno de los presentes, como si los contara, como si los midiera.

Percibía la inquietud; no solo la de ellos, sino también la de las almas que giraban, insistentes, en torno a Alba y a David.

Entonces prosiguió, con una calma que helaba la sangre—: Esta historia de amor comenzó cuando Miguel comprendió que Consuelo era su mujer.

No solo la amante, sino la compañera verdadera; la amiga que antecede al deseo.

Sin embargo, hubo algo que ninguno de los dos pudo prever. .. el destino también sabe ser cruel.

»Cuando él le confesó su necesidad de hacerse a la mar, ella, aún desgarrada, lo impulsó a cumplir su sueño. Fue un amor despojado de egoísmo. Miguel juró que volvería. Era un viaje anhelado, una promesa de regreso. Y Consuelo, sofocando su propia desesperación, cedió; él estaba primero.

»Pero al enterarse su padre de la ausencia de Miguel, la mandó llamar.

Alegó una enfermedad que lo tenía postrado y, con ese pretexto, la arrancó de su espera.

Apenas regresó, la confinó en un viejo torreón que daba al mar.

Allí, sin noticias de su amado, Consuelo comprendió que no tenía ya motivo alguno para seguir viviendo.

Y entonces comenzó a morir... lentamente.

»Su padre permaneció en la hacienda durante años.

Ella jamás regresó al viñedo de los Rabines.

No supo nada. Y ese silencio, sumado al encierro, fue quebrando su razón.

Para cuando Augusto Villamayor y Planes expiró, Consuelo estaba perdida.

Los servidores de la casa la liberaron, sí.

.., pero nunca volvió de ese otro mundo donde lo único que subsistía era la espera. Y el mar. Y Miguel.

»Él, por su parte, había escrito a su amada con cierta regularidad.

Cartas que jamás llegaron a sus manos. En el galeón donde viajaba sufrió un violento enfrentamiento, perdió una pierna y un brazo.

Quedó mutilado. Incapaz de regresar por Consuelo.

No podía condenarla a una vida de cuidados, de compasión forzada.

»Así fue como terminó en América. Y cuando la muerte lo alcanzó, sus últimos suspiros fueron para ella. Su único y verdadero amor.

»Nunca sabremos si fue coincidencia... o si el espíritu de Miguel vagaba ya por las tierras de Alcudia. Lo cierto es que un día cualquiera, la mujer se arrojó al vacío. Para el pueblo, estaba loca. Quienes seguimos esta historia con atención creemos otra cosa; que fue a encontrarse con él.

»Ahí comenzó todo.

»Con ese desencuentro que se repite, una y otra vez, a través del tiempo.

El silencio cayó como una losa. Nadie se atrevió a hablar.

Fue entonces cuando Alba llevó una mano al pecho.

No como un gesto dramático, sino como quien intenta contener algo que empuja desde adentro.

El aire le faltó de golpe; una presión antigua, ajena, le cerró la garganta.

Sintió sal en la boca. Mar. El olor húmedo del encierro.

El vértigo de una altura que jamás había pisado y, sin embargo, reconocía.

Sus rodillas cedieron apenas.

—No... —murmuró, sin saber por qué—. No así...

Un frío punzante le recorrió la espalda, como si dedos invisibles le estuvieran contando vértebras, reclamando un cuerpo. Vio el mar sin verlo. Oyó el crujido de una madera vieja. Y, por un instante insoportable, supo con una certeza que no le pertenecía que la espera había terminado.

David avanzó hacia ella, pero se detuvo al verla levantar la vista. Sus ojos ya no eran del todo suyos. Estaban llenos de algo especial, algo que no pedía permiso.

Berenguela no se movió.

Asintió apenas.

Porque el pasado, al fin, había encontrado dónde regresar.

***

Dolores presentía que algo estaba ocurriendo.

Intentó dormirse temprano, pero el cuerpo no se lo permitió. La inquietud le recorría la piel como un zumbido eléctrico. Al cerrar los ojos, regresaban las imágenes que había intentado olvidar durante años. Las mismas que la acosaban desde niña. No eran sueños: eran regresos.

En su familia, salvo la abuela Lola, estaban convencidos de que acabaría por agotar la paciencia de todos.

Gritaba dormida. A veces se incorporaba de golpe, caminaba hasta la puerta de calle y la abría, como si alguien la estuviera esperando del otro lado.

Para sus cuatro hermanos era una experiencia aterradora; para los adultos, un problema sin solución.

No hubo diagnóstico que alcanzara, ni médico ni del otro.

Su madre llegó a llevarla con brujas, desesperada por arrancarle aquello que no entendía.

A Lola le dolía cada intento de «curarla». Pero sabía. Sabía que todos formaban parte de un engranaje antiguo, aceitado con una precisión que no admitía errores. Todo acabaría cuando debiera acabar. Y entonces, la paz volvería a cada alma tocada por esa historia.

—¿Por qué yo, abuela? —preguntó Dolores una tarde, cuando por fin comprendió que Lola era su única aliada.

La anciana tardó en responder. La observó con una mezcla de ternura y resignación, como quien mira a alguien que ya ha sido elegido.

—Porque era necesario —dijo al fin—. Provenís de Miguel y de su estirpe. Vas a cumplir un rol importante.

Dolores frunció el ceño.

—¿Un rol?

—Un puente —respondió Lola, casi en un susurro—. Quizá algo más. Les recordarás las cartas amarillas del pasado. Serás su guía.

La muchachita sintió un nudo en el estómago.

—¿De quién? —preguntó, ansiosa.

Lola apoyó la mano sobre la de su nieta. Estaba fría.

—Todo a su debido tiempo.

Y al decirlo, Dolores tuvo la certeza, tan clara como inquietante, de que el tiempo ya había comenzado a moverse.

Un día llegó la carta de su abuela Lola.

Venía desde su querida España, donde se había asentado hacía ya tantos años.

En ella le hablaba de la necesidad, no del deseo ni de la urgencia, de su presencia.

Nada se explicaba del todo. Solo lo imprescindible.

Dentro del sobre estaban los pasajes; uno de ida y otro de vuelta, abierto, por si decidía quedarse un tiempo con ella.

Dolores sostuvo el papel largo rato entre las manos. No supo qué pensar. O, mejor dicho, pensó demasiado tarde. Porque mientras su mente vacilaba, algo más profundo ya había comenzado a moverse.

Sintió un leve hormigueo en el pecho. La misma presión añeja. El mismo temblor sin nombre.

Sin darse cuenta, fue a buscar el pasaporte. Abrió el placar. Sacó la valija. Cada gesto parecía obedecer a una coreografía ensayada hacía siglos. No había apuro, pero tampoco opción.

No era decisión. Era arrastre.

Una fuerza superior, silenciosa y persistente, la empujaba a avanzar. Como si alguien, desde muy lejos y desde mucho antes, hubiera estado aguardando exactamente ese momento para llamarla por fin.

Y Dolores respondió.

***

Lola tenía un papel preponderante para que esta historia pudiera, al fin, alcanzar un final feliz. No era una mera espectadora, sino artífice necesario. Convencer a dos de sus nietos —Dolores y David, que apenas se conocían— de que la ayudaran fue su primer triunfo.

No resultó sencillo. Ambos habían aceptado más por cariño hacia ella que por verdadera convicción.

Las explicaciones de Lola, a medias entre confidencia familiar y relato imposible, exigían una fe que ninguno de los dos estaba seguro de poseer.

Sin embargo, algo en la mirada de la anciana, una mezcla de urgencia y certeza, los llevó a escucharla hasta el final.

Porque para Lola aquello no era un capricho ni una fantasía tardía.

Era una deuda. Una historia inconclusa que llevaba demasiado tiempo esperando ser reparada.

Y si todo salía como ella esperaba, Dolores y David serían las piezas que faltaban para que, por fin, dos almas que el destino había separado encontraran el camino de regreso.

David era sobrino de Miguel. Y hasta entonces, cada intento por reunir las almas de Consuelo y Miguel había terminado en fracaso. Uno tras otro. Reencarnaciones malogradas. Encuentros que nunca se producían o que llegaban demasiado tarde.

Fue cuando decidieron ir más lejos. Alguien (alguien que llevaba tiempo dedicado a estas cuestiones) les propuso una alternativa: dejar de insistir en los nombres y centrarse en la sangre.

Unir personas que compartieran el linaje, pero no la identidad.

Seres anónimos, libres de la carga directa del pasado, con la posibilidad real de conocerse. .. y amarse.

La ayuda existiría, sí. Apenas un empujón. Nada más.

El resto debía surgir por sí solo.

Así entra Berenguela en esta historia.

Abuela de Alba, quien resultó descendiente del linaje a través de una hija de Bernardo. La sangre estaba allí, intacta, aunque bajo otro nombre. Más depurada. Fortalecida por siglos de intentos fallidos, de errores que habían ido cerrando filas, afinando el camino.

Esta vez no podía fracasar.

El tiempo había aprendido.

Y la sangre también.