Capítulo 25. Tiempo de creer
Tiempo de creer
L a situación se estaba yendo de las manos y Berenguela decidió tomar cartas en el asunto.
—Vinimos las dos porque era de vital importancia para cumplir con el ritual.
—¡Carajo! ¿Con qué ritual?... Lola, dime...
—Calma, mi niño —pidió ella, con paciencia—. Esto tardó siglos en tramarse. No lo resolveremos alterados.
—Desde hace un tiempo —continuó él, volviendo el rostro hacia Alba— lo comentamos, ¿no es así?
Ella asintió, insegura.
—Nos sentimos manipulados. Nuestras emociones responden a impulsos que no nos pertenecen y...
—Lo sabemos —afirmó Berenguela, sosteniéndole la mirada, con el respaldo silencioso de su amiga—. Pero todo fue necesario. Estamos salvando a un alma buena de permanecer en la oscuridad por toda la eternidad.
—¿De qué habláis? —preguntó David, ya sin disimular la furia. La sensación de ser un muñeco movido por hilos invisibles le resultaba insoportable.
—Para, muchacho... —intentó Lola, alzando las manos en un gesto apaciguador.
—Debes dejarlo —intervino Berenguela—. Está enojado, y lo entiendo. Dime... ¿sabes qué fecha es hoy?
—Si tienen algo que ver con eso... soy capaz de matar.
—Tranquilo. Nosotras no —respondió Lola con firmeza—. Pero fue parte del destino. Fuisteis peones en este juego doloroso.
—No lo puedo creer... —murmuró David, llevándose ambas manos a la cabeza. El peso de la revelación le dobló el cuerpo. Se dejó caer en el antiguo diván.
Alba se acercó, instintivamente, para consolarlo.
—No me toques —dijo él, apartándose—. Ya no estoy seguro de si eres quien dices ser...
—Ella está tan en ascuas como tú —confesó Lola—. Cuando nos deis la posibilidad de hablar sin tanto odio de por medio, seréis partícipes de nuestro secreto. Una confabulación iniciada hace años para vencer a quienes atentan contra el amor verdadero.
—Esto es una locura —dijo David, con la voz rota.
—Puede ser —respondió Alba—. Pero no perdemos nada si escuchamos.
David respiró hondo. Asintió apenas.
Lola miró entonces a su amiga. Berenguela se irguió, como si asumiera un peso arcaico, y comenzó su relato:
—Hace más de seis siglos...
Lola no sostuvo la mirada de David. La desvió hacia una esquina del salón, como si allí hubiese algo (o alguien) que solo ella pudiera ver. Berenguela, en cambio, permaneció erguida, demasiado serena para la gravedad del momento.
—Antes de que mi amiga empiece —dijo Lola en voz baja— debéis saber una cosa: nada de esto puede detenerse ya.
Un golpe seco resonó en la casa. No fue fuerte, pero sí profundo, como si proviniera del interior de los muros. Alba se llevó una mano al pecho; le costaba respirar con normalidad.
—¿Lo sentís? —preguntó ella.
El antiquísimo reloj del salón, que llevaba años detenido, emitió un chasquido y volvió a andar. Un segundo. Otro. Otro más. Cada tic parecía caer directamente sobre los nervios.
—No estáis a salvo de nosotras —continuó Lola—, pero tampoco somos vuestras enemigas.
David se puso de pie de un salto.
—¡Basta! —gritó—. No más acertijos.
Berenguela avanzó un paso. Sus sombras (porque eran dos, no una), se alargaron sobre la pared como si la luz obedeciera a otra ley. Una se movía con ella; la otra llegó antes.
—Aquí están...
La frase no fue una invitación, sino una constatación. El aire se condensó. Desde el suelo, una vibración sorda recorrió las piedras, y un olor antiguo (a sal, cera, hierro) se filtró en la habitación.
La segunda sombra levantó el brazo cuando Berenguela no lo hizo, y por un instante pareció señalar el centro exacto donde el círculo ya estaba trazado, aunque nadie lo hubiera visto dibujarse.
—Y ahora, ¿qué? —interrogó David, harto de tanta incertidumbre. Su voz arrastraba más hastío que miedo—. ¿Estamos a su merced?
—No seas tan novelero, chiquito mío... —respondió Lola con una calma que resultaba casi irritante—. Has visto demasiadas películas.
—¡Abuela!
—¡Lola! —dijo Berenguela casi al unísono—. El muchacho tiene derecho a enojarse. Y no es broma lo que va a ocurrir.
—Ay, abuela, no me asustes —se sinceró Alba, abrazándose como si de pronto sintiera frío—. ¿Escucháis? Oigo pasos en la sala...
El silencio cayó sobre la habitación.
David la miró apenas un segundo y salió apurado para comprobarlo. Mientras avanzaba hacia la puerta, una idea incómoda le golpeó el pecho, ojalá no fuera su hermana. No soportaría verla involucrada en aquel delirio.
Los pasos cesaron.
La puerta comenzó a abrirse lentamente, con un quejido leve de las bisagras. Nadie habló. Nadie se movió.
Durante un instante que pareció demasiado largo, todos quedaron expectantes.
La figura apareció en el umbral.
—Soy yo... Dolores.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Alba, completamente desconcertada—. No entiendo nada. Cada vez esta historia se complica más.
Dolores miró a Lola antes de responder.
—Abuela..., dile de qué se trata.
Lola suspiró despacio, como si hubiera esperado ese momento desde hacía mucho tiempo.
—Ella también es mi nieta.
David sintió que la sangre se le retiraba del rostro.
—Es descendiente de Miguel...
Y en la habitación volvió a instalarse ese silencio extraño, como si algo antiguo acabara de despertar.
***
Miguel
No puedo hablar. Quiero gritar de dolor, pero solo me sale un gemido, un murmullo ahogado que se pierde entre las voces del capitán y de mis compañeros.
Me tienen atado a una mesa. Algo duro me mantiene la boca abierta. El sabor a hierro me llena la lengua.
El barco se balancea. La madera cruje bajo mi espalda. Huele a sal, a sangre y a aguardiente.
Un escalofrío me recorre hasta la punta de... de...
¡Dios santo!
¿Dónde está mi pie?
Bajo la cabeza con un esfuerzo terrible. No hay nada después de mi rodilla. Solo un vendaje empapado que late con cada golpe de mi corazón.
Las náuseas me suben a la garganta.
El médico se inclina sobre mí. No me mira a los ojos. Coloca un paño sobre mi muslo y entonces comprendo.
Mi brazo izquierdo cuelga inerte, como si ya no me perteneciera.
Voy a morir.
Lo sé con una certeza tranquila. Y, por primera vez desde que comenzó esta pesadilla, lo deseo.
Entonces pienso en ella.
En mi Consuelo.
Su nombre me atraviesa como una luz en medio de la tormenta. Quiero decirlo, llamarla, pero solo logro llorar en silencio mientras la oscuridad comienza a cerrarse sobre mí.