Háblame de amor Capítulo 24. Lola
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Capítulo 24. Lola

Lola

—N o me lo perdería por nada del mundo —dijo Lola al comentario de su nieto David, y en su voz hubo algo que no admitía réplica.

—Pasa, querida abuela... Te has hecho rogar.

—Es que no he venido sola... —añadió en un murmullo; quizá sospechando lo mal que lo tomaría.

—¿Lola, abuela? ¿Qué dices? ¿A quién has traído? Esto es algo muy privado...

David no lo podía creer. Le tenía una confianza ciega. Ella había estado firme como una roca cuando sus padres murieron. Ese maldito accidente que... ¿justo hoy?

Antes de que nadie respondiera, Alba sintió un frío súbito en la espalda. No supo por qué, pero tuvo la certeza de que aquel instante ya había ocurrido. O de que estaba por repetirse desde hacía mucho tiempo.

David avanzó hacia el hall , inquieto.

—¿Cómo puedes pensar que la traería sin consultar?

—¡Que ya no sé qué pensar...!

—Pues aguarda en la puerta...

—¡Abuela!

—No te apresures. Ten piedad de esta anciana —dijo Lola—. Hay cosas que no se anuncian; simplemente regresan.

—No intentes enternecerme. Dime de una vez quién vino.

—No se trata de cualquiera. Es mi amiga desde que... desde que... antes de que vosotros nacierais... y antes, incluso, de que nosotras supiéramos que lo éramos. Es Berenguela.

Al pronunciar el nombre, las paredes parecieron absorber el sonido.

—La abuela de Alba —añadió—. Aunque eso es solo una parte de la historia.

Alba sintió que el aire se volvía rancio. Quiso hablar, pero algo, una prudencia antigua, ajena, la obligó a callar.

—Esto requiere una explicación —dijo David, con la voz más baja.

—La que hemos postergado durante generaciones. Cada abuela a su nieto. Así fue acordado. Pero esta vez creemos... estamos convencidas...

—¡Lola, para! —ordenó una voz desde el umbral.

No había alzado el tono, y sin embargo todos se abstuvieron de hablar.

—Menos mal que no había ingresado —murmuró David.

—La edad me vuelve descuidada —respondió Lola—. A veces olvido que ya no estamos solas.

Berenguela dio un paso al frente. Su figura quedó a contraluz. No sonrió.

—Buenas tardes —dijo—. El tiempo ha sido paciente con vosotros.

Luego buscó con la mirada, como si supiera exactamente dónde encontrarla.

—¿Dónde está mi nieta?

Alba avanzó sin pensarlo. Cada paso le resultó extrañamente familiar.

—Aquí, abuela —respondió.

Y, tras una pausa que nadie más pareció notar, añadió:

—Sin comprender nada..., pero sabiendo que no es la primera vez.

***

Mal bocí

En Alcudia, el miedo al envenenamiento no era una superstición, sino una herencia.

Las madres lo decían en voz baja, con una mano apoyada en el pecho de sus hijos, antes de dejarlos partir: «No aceptes comida ni regalos de nadie».

Mal bocí ; comida envenenada o hechizada.

No era desconfianza, era supervivencia. Y aunque hoy suene a relato antiguo, aún conserva la forma de una advertencia necesaria.

Yo supe que todo había comenzado mucho antes de entenderlo. Con la muerte inesperada de Consuelo. Con el regreso de Miguel para saber de ella. Porque, aunque había formado una familia en América, su corazón (eso nunca dejó de serle fiel) permanecía anclado a ese nombre.

Las cartas no llegaron jamás. Ninguna. Cuando Miguel lo descubrió, lloró como lloran los hombres que han resistido demasiado tiempo.

Ya no era el muchacho que había abandonado estas tierras.

Regresaba convertido en alguien dispuesto a reclamar lo que había dejado atrás, incluso el dolor.

Lo que no pudo anticipar fue el castigo que lo aguardaba en la casa; ese baúl.

No estaba cerrado con llave. Nunca lo estuvo.

Dentro había palabras escritas con desesperación, páginas enteras donde Miguel hablaba a un silencio que jamás respondió.

Cada carta era una espera. Cada espera, una herida.

Y al no recibir respuesta, había buscado abrigo en otro cuerpo para no morir de desamor.

Y, aun así, murió. De otra forma, pero murió.

Fue después de ese hallazgo que Miguel buscó a las bruixas .

No como quien busca conforte, sino como quien ya no distingue entre este mundo y el otro.

Ellas sabían. Siempre saben. Decían que algunas almas, cuando mueren sin respuesta, no descansan; se extravían.

Que quedan suspendidas, llamando, esperando que alguien pronuncie su nombre con la fuerza suficiente como para traerlas de regreso.

Yo no estuve allí, pero escuché lo que se dijo. Que las bruixas encendieron velas negras. Que pronunciaron palabras antiguas. Que Miguel escuchó su nombre en la boca de otra mujer y sintió frío. Que Consuelo no estaba lejos, solo perdida.

Así comenzó esta historia. Y no terminó nunca. Cruzó generaciones y mares; cuerpos y memorias; encuentros prometidos y ausencias definitivas. Pero, en el fondo, siempre fue lo mismo: la persistencia de un amor que no supo morir.

***

Aunque casi era de noche, Marcela decidió que iría a buscarlo. David la tenía olvidada. No le contestaba los mensajes. Ella no iba a permitir que la descartase como a un objeto.

A su padre, al que sabía una persona con pocas pulgas, no le costó nada ponerlo de su lado. Y si contaba, además, con la presidencia de la Asociación de Viñateros... Lo tenía agarrado de las pelotas.

Llegó en un auto de alquiler. Cuando descubrió que estaba lo despachó. Ya vería mañana cómo regresaría. Era probable que el propio David le pidiera que se quedara y después él mismo le resolvería el problema.

La sorpresa fue cuando vio otro vehículo en la entrada de auto de ingreso a la casa vieja. Esa que le solía dar escalofríos nomás mentarla.

Avanzó con cuidado, no fuera a tropezar.

Sus infaltables tacones altos se incrustaban en las rejillas donde corría el riego de las acequias.

Hizo tan solo unos metros más y lo vio..

. la vio, para ser más precisa. Porque era una mujer.

Su cabello volaba a su misma altura. Giraba en el cielo, iluminada por la luna llena, redonda como un queso burrata.

Marcela quiso gritar, pero el sonido no le respondió.

El aire se le volvió muy denso, como si alguien lo hubiera endurecido a su alrededor. Sintió primero un hormigueo en los dedos, después en la lengua. Los tacones dejaron de ser un apoyo; eran clavos mal afirmados en una tierra que respiraba.

La mujer suspendida no flotaba del todo. No desafiaba la gravedad. Parecía obedecer otra ley, más antigua. El cabello no caía ni se alzaba; giraba lentamente, como si el aire lo pensara antes de moverlo. No tenía los ojos cerrados. Eso fue lo peor.

Los tenía abiertos... pero no miraban.

Marcela tragó saliva y el gesto le devolvió un sabor metálico, amargo, conocido. El corazón comenzó a latirle con violencia, desacompasado, como si intentara huir antes que ella.

La brisa amaderada llegó desde el canal y le rozó las piernas desnudas. El contacto fue real. Demasiado real.

Y entonces apareció la segunda figura. La barba era inconfundible. El rostro no se definía del todo, como si la noche se negara a terminarlo. No caminaba. Se deslizaba, rozando el suelo sin tocarlo.

—No —murmuró Marcela, o creyó hacerlo.

Le ardieron los ojos. Parpadeó con desesperación, buscando romper la escena. Siempre había creído que la mente podía fabricar cualquier cosa cuando el enojo se le iba de las manos. Su padre decía que heredó ese defecto; ver enemigos donde solo hay obstáculos.

Pero el olor seguía ahí.

La presión en el pecho también.

Sintió que el mundo se inclinaba levemente hacia la izquierda. El estómago se le contrajo con una náusea súbita. Pensó en David. Pensó en la casa vieja. Pensó que jamás, nunca, se había desmayado.

La oscuridad llegó sin pedir permiso.

Lo extraño fue que, a sus años, se jactaba de jamás haberse desmayado. Bueno. Esta fue la excepción. Era eso o salir corriendo a los gritos.

Más tarde, mucho después, cuando despertó en el suelo frío, el cielo estaba vacío.

No había figuras. No había brisa.

Solo el silencio... y una certeza incómoda; algo había ocurrido, aunque su mente se negara a darle forma.

Marcela se incorporó con dificultad. Se alisó el vestido y apartó el cabello desordenado que le caía sobre los hombros. El corazón le cabalgaba en el pecho, como si algo invisible lo azuzara desde adentro.

Intentó respirar hondo, pero el aire parecía espesarse en su garganta. Miró a su alrededor como si esperara encontrar una explicación sencilla, doméstica, a lo que acababa de ver. No la había.

La casa permanecía en silencio. Demasiado en silencio.

Entonces comprendió algo que le heló la sangre. No había sido un sobresalto pasajero ni una ilusión de la penumbra. Lo que había visto estaba allí... o había estado.

Decidió no contárselo a nadie o creerían que se había vuelto loca.