Háblame de amor Capítulo 23. Mayo francés
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Capítulo 23. Mayo francés

Mayo francés

La protesta provoca más revuelo del esperado.

Más de miles de estudiantes se unieron para marchar en reclamo de libertades políticas y mejoras educativas.

Pero no es solo eso. Se siente en el aire una fisura más honda, una impaciencia que no encuentra cauce en los discursos ni en los panfletos mal impresos que pasan de mano en mano.

Las consignas rebotan contra los muros grises del campus, se deforman, se multiplican.

Algunos gritan por horarios mixtos en las residencias; otros, por el fin de una autoridad que ya no comprenden ni respetan. Ella marcha con el cuerpo tenso, como si algo estuviera a punto de romperse dentro y fuera al mismo tiempo.

La policía observa a distancia. No interviene todavía, pero su sola presencia vuelve más firmes sus pasos.

Caminan sabiendo que no hay marcha atrás, que esa tarde no será una más en el calendario universitario.

Las miradas se cruzan con una complicidad nueva, casi peligrosa: «No nos conocemos, pero estamos juntos en esto».

Alguien trepa a una baranda y comienza a hablar de revolución. Otro se ríe, incrédulo. Sin embargo, nadie se va. Porque incluso los que dudan intuyen que ya no protestan solo por exámenes o reglamentos, sino por una forma distinta de vivir, de amar, de pensar el futuro.

Y mientras se avanza, con el ruido de pasos creciendo como un rumor subterráneo, entienden que Nanterre ya no es únicamente un campus periférico. Es el comienzo de algo que todavía no saben nombrar, pero que los impulsa hacia adelante con una fuerza imposible de ignorar.

Entonces ella siente que alguien la empuja y cae, con pancarta y todo, sobre otro que, como la muchacha, no entiende muy bien qué fue lo que les pasó.

—Disculpa, me hicieron caer —dice la joven compungida y en su mejor francés.

—Española... —afirma él, sin dudar.

Y claro. En ese instante se da cuenta de que su manejo del idioma nunca fue bueno, y menos aún bajo presión.

—Es verdad. ¿Eres francés? —pregunta, con una pronunciación de mínima calidad.

—No, qué va. De Mallorca. Estoy aquí por estudios... y apoyando la marcha, por supuesto.

La muchacha asiente y trata de recomponer su aspecto.

El cabello se le había soltado por completo y se reprochó que debía parecer una desquiciada; la ropa arrugada y el pulso todavía acelerado.

Él hizo lo mismo, con un gesto casi cómplice se acomodó la chaqueta, se pasó la mano por el pelo, como si el breve caos los hubiera igualado.

—¿De dónde eres? —preguntó.

—De Barcelona. También estoy estudiando.

Sonrió, como cerrando un círculo invisible.

—Bien. Dado que la vida nos presentó de este modo tan poco elegante, te invito a darnos un descanso y tomar un café aquí, a media cuadra.

Hubo un instante de duda. Detrás de ellos, la multitud seguía avanzando, gritando, empujando la historia hacia algo incierto. Delante, la calle lateral parecía suspendida en una calma casi indecente.

La joven lo siguió.

A mitad de camino, él se dio vuelta, como recordando algo esencial.

—Tu nombre...

—¿Qué? —preguntó sin entender ante tanto barullo.

—Que cómo te llamas...

—Consuelo. —Y sin saber si alcanza a escucharla, repitió más alto—: Consuelo.

—Bonito. El mío, Miguel.

Se miraron un segundo más de lo necesario. No como dos desconocidos que intercambian nombres, sino como si ambos intuyesen que aquel gesto mínimo, decir quiénes eran, acababa de separar el día en un antes y un después.

***

Se volvieron inseparables. Ambos concurrían a la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de La Sorbona, rebautizada por esos días como «Universidad Popular» tras los reclamos estudiantiles.

Pero mientras l o de Consuelo era la Historia, lo de Miguel era la Filosofía.

Ella buscaba comprender el pasado para explicarse el presente; él se obstinaba en pensar el sentido último de todo aquello que estaba ocurriendo.

Los padres de Consuelo habían aceptado con profunda consternación que no se quedara en su país natal para completar los estudios.

La querían, la extrañaban, pero no lograban comprender esa urgencia por irse.

Aun así, ella necesitaba volar. Y en las interminables charlas con su nuevo amigo descubrió que a Miguel le había sucedido algo parecido; también había dejado atrás una vida que se le quedaba estrecha.

Miguel la esperaba a la salida de cada clase; incluso, a veces se perdía alguna de las suyas por verla aparecer. Algo había empezado a crecer entre ellos. Un sentimiento poderoso, con resabios de otro tiempo, como si siempre hubiesen estado juntos. Demasiada intensidad para tan poco de conocerse.

Ella le dejaba poemas escondidos entre sus notas. Largas cartas de amor y de sentimientos compartidos. Y cuando pasaba un día sin hacerlo, él se lo reclamaba con una sonrisa apenas urgente, casi un ruego:

—Háblame de amor.

***

Una mañana, Consuelo amaneció con fiebre muy alta.

El cuerpo le dolía como si hubiese sido golpeado desde dentro.

Manuela, su compañera de cuarto, alarmada, le pidió a la dueña de la pensión que llamara a un médico.

Para cuando este llegó, la muchacha apenas podía incorporarse; el malestar era general, opresivo.

Tras revisarla con gesto grave, el doctor dictaminó que debía ser internada de inmediato.

En medio del delirio, Consuelo repetía un solo nombre: Miguel. Lo decía como si fuera un ancla. Manuela logró dar con él, pero cuando llegó a la pensión ya la estaban trasladando al hospital.

Avisaron a sus padres. El diagnóstico fue claro; la llamada gripe de Hong Kong, originada en China. Si bien los médicos aseguraban que la situación estaba bajo control, se trataba de uno de los primeros casos de lo que luego se comprendería como una pandemia incipiente.

Miguel no se movió del hospital. Solo se iba para cambiarse de ropa o comer algo rápido, y regresaba de inmediato, como si temiera que en su ausencia algo irreversible ocurriera.

—Miguel, no puedes estar aquí todo el tiempo... —dijo la madre de Consuelo, con una mezcla de cansancio y gratitud. En esos días había entablado una confianza silenciosa con el muchacho.

—Ella puede llamarme y yo no estar —respondió él, casi en un susurro.

La mujer lo miró largo, entendiendo más de lo que decía.

—Le diré que volverás pronto —concedió al fin.

Miguel asintió, pero no se fue. Porque aun cuando obedecía, algo en él ya sabía que ciertas presencias, una vez dadas, no admiten verdadera distancia.

***

Amanecía el quinto día y la fiebre seguía aferrada a su cuerpo como una sombra obstinada.

Miguel no se había movido del lugar en toda la noche. Sentado junto a la cama, contaba las respiraciones no por esperanza, sino por una necesidad que no sabía explicar, como si al vigilarlas pudiera retener algo más que el aire.

Al caer la tarde, el cuarto se volvió extraño.

La luz entraba oblicua, indefinida. Serían cerca de las siete cuando dos mujeres se acercaron sin anunciarse.

Sus pasos no hicieron ruido. Se detuvieron a ambos lados del lecho, y una de ellas posó la mirada en Miguel apenas un segundo, como si supiera que él estaba allí desde antes. .. y desde después.

Consuelo abrió los ojos, no buscó a su madre. Buscó a Miguel.

Sus labios apenas se movieron. Pero susurraron su nombre. Deseaba despedirse por un tiempo. Las visitantes le habían hablado y lograron calmar su angustia.

—No será esta vez —dijo una de las mujeres, con una voz que no parecía pertenecer al cuarto.

La joven tomó aire. No fue un suspiro, fue una inhalación profunda, definitiva, como si atravesara algo invisible. El silencio que siguió no fue inmediato; se extendió, denso, irrespirable.

La madre regresó de la sala de espera y comprendió antes de tocarla. El grito rompió el hechizo, y las enfermeras acudieron como si llegaran tarde a un llamado antiguo.

Miguel no se movió. Tomó la mano de Consuelo cuando ya nadie se la tomaba. Sintió cómo el calor se retiraba lentamente, pero no soltó. En ese instante, breve y absoluto, supo que la había perdido... y al mismo tiempo, supo algo más hondo: que aquello no era una despedida.

Una certeza ajena a toda fe, a toda lógica, se le instaló en el pecho.

No la había conocido para perderla para siempre.

No la había amado para olvidarla.

Mientras cerraban la bolsa que contenía el cuerpo y apagaban las luces, Miguel comprendió, con un estremecimiento que no era dolor, que el tiempo no había terminado con ellos.

Solo los había separado nuevamente.

Y que, de algún modo que aún no podía comprender, volverían a encontrarse.