Epílogo
—¿Q ué dices? ¿Viajamos, entonces? No sé tú, pero muero de ganas de conocer a la familia.
Conocer la Argentina se presentaba como una propuesta poderosa. Una parte de la sangre Rabines estuvo gestando historia en aquellos lares.
Alba, sentada en un sillón bajo el olivo más antiguo de la finca, conversaba animadamente con su cuñada mientras observaba a David jugar con el pequeño Miguel, quien estaba a punto de cumplir un año.
—Me entusiasma mucho la idea. Ahora debemos convencer a tu hermano.
—Si se lo pides tú, no te negará el viaje. Si lo tienes así de amarrado... —dijo Guida, cerrando el puño en un gesto burlón.
Ambas rieron y volvieron el rostro al oír la carcajada del niño. David, orgulloso, sostenía al pequeño por las manos mientras lo animaba a dar un paso.
—¡Vamos, campeón..., uno más!
El niño tambaleó y cayó sobre la hierba entre aplausos y risas.
Alba los miró en silencio. La luz de la tarde se filtraba entre las ramas del olivo y dibujaba sombras móviles sobre el suelo. El viento llevó un leve aroma salino desde el mar.
Y, sin saber bien por qué, algo en esa escena (la risa del niño, las manos de David sosteniéndolo, la paz suspendida en el aire...) abrió una puerta en su memoria.
Las imágenes comenzaron a sucederse como destellos. La casa iluminada, las voces y la emoción contenidas en cada respiración.
Por un instante su pensamiento se detuvo en aquella noche. Esa en la que Consuelo y Miguel volvieron a encontrarse. Un escalofrío suave le recorrió los brazos al recordarlo. Había sido como si el tiempo mismo se hubiera detenido para permitirles reunirse, después de siglos de espera.
Después de aquello, el silencio.
Nunca volvieron a sentir su presencia.
Hasta cuando supo de su embarazo.
Despertó de repente, sin sobresalto, como si alguien la hubiera llamado en voz baja. La habitación estaba sumida en penumbra y, durante un instante, no supo qué la había arrancado del sueño.
Se incorporó lentamente en la cama.
El corazón le latía con fuerza, pero no había miedo en su pecho. Al contrario, una alegría profunda, inesperada, se expandía dentro de ella, cálida y luminosa.
Fue entonces cuando lo comprendió.
No como un pensamiento, sino como una certeza que parecía brotar desde lo más hondo de su cuerpo.
Apoyó una mano sobre su vientre todavía plano.
Y en aquel silencio de madrugada creyó percibir algo más; una presencia leve, casi un susurro, como si dos almas antiguas, finalmente en paz, hubieran dejado tras de sí una pequeña chispa de vida. Una que ahora latía dentro de ella.
***
El amor puede ser un instante de muchos en el cual dejamos de actuar para sobrevivir, desde la cabeza a los pies, desde la mente hasta nuestro cuerpo; solo pensamos en el objeto de nuestro sentimiento.
Nos condiciona la mente hasta ocupar todos nuestros pensamientos.
¿Lo más cruel de todo? Que hasta eso nos hace feliz. ..
Una relación afectiva que, de tan intensa, nos acerca a esa zozobra que nos hace rever lo que hicimos con nuestra vida antes de sentir esto tan inmenso.
Lo único que se puede decir con total certeza es que nadie debería pasar por este mundo sin experimentar tamaño desastre emocional...
Fin