Capítulo 20. Encuentro de almas
Encuentro de almas
D avid llamó temprano y quedamos en vernos en su viñedo.
Desde entonces no pude pensar en otra cosa.
Volvía, insistente, aquella vez en que me habló de lo que guardaban los baúles; de lo que había permanecido allí durante años, sellado, esperando.
Apenas logramos terminar de revisarlos gracias a la irrupción de Dolores, como si algo (o alguien) hubiera decidido que no era momento de saber más.
Cuando la tarde comenzó a declinar y el calor cedió, tomé un coche y me dirigí al sitio convenido.
A medida que avanzaba, el paisaje se volvía más intenso.
Las hileras de vides parecían alargarse en la penumbra incipiente, y el silencio, apenas roto por el roce del viento entre las hojas, tenía algo de expectante.
Me repetía que sería una reunión tranquila, pero mi cuerpo no acompañaba esa certeza. El pulso me temblaba en las sienes; los latidos se sucedían rápidos, como si intentaran advertirme de algo que aún no podía nombrar.
No alcanzaba a medir la magnitud de las respuestas que me aguardaban allí, entre la tierra oscura y los troncos retorcidos.
Y comprendí, con una claridad incómoda, que no era la verdad lo que más me asustaba, sino la posibilidad de que el viñedo ya la conociera. .. y estuviera a punto de devolvérmela.
Ya en la puerta me detuve unos instantes para serenarme. Aquello por lo que había viajado se me había hecho carne de un modo inesperado, casi violento. Porque ni en mis pensamientos más secretos imaginé que acabaría tan involucrada, tan expuesta.
El timbre me sobresaltó. El pulso me golpeaba en las sienes cuando la puerta se abrió casi al instante, como si me hubiese estado esperando detrás de ella. Estaba allí. No sonrió. Me tomó de los hombros y me hizo entrar sin decir palabra. Cerró. El sonido seco del cerrojo me dejó sin aire.
Me observó durante unos segundos (¿o minutos?
, no lo sé) con ambas manos sosteniendo mi rostro, firme, como si temiera que pudiera desvanecerme.
Yo no me moví. Y entonces me besó. No fue un gesto amable ni contenido.
Se trató de un asalto lento, deliberado, un intento de adueñarse de mis sentidos, de imponer su ritmo sobre el mío, de incendiarme desde adentro.
De pronto me soltó.
Fue entonces cuando lo miré de verdad y algo en mí se desbordó. Sus ojos no eran azules como otras veces. Eran oscuros, insondables, de una profundidad que me hizo temblar desde los cimientos, como si en ellos se ocultara una decisión ya tomada.
—Tenía muchos deseos de verte... —murmuró junto a mi oído, sin tocarme.
—Tantos como yo —respondí, girándome hacia él sin pensarlo, decidida, buscando otra vez su boca, profundizando la invasión de mi lengua, como si pudiera borrar toda duda.
Nada importaba ya de lo que había venido a hacer. O eso quise creer.
Solo deseaba que me tomara, que me hiciera suya... aunque una parte mínima, silenciosa, comenzó a preguntarse a qué precio.
Me sostuvo el rostro apenas un instante más, como si midiera algo en mí. Luego retrocedió un paso. La distancia fue más perturbadora que el contacto.
—No —dijo en voz baja—. Aún no.
La palabra cayó entre nosotros con un peso extraño. No era una negativa; era una demora calculada. Me tomó de la muñeca y me condujo por el pasillo. Sus dedos no apretaban, pero tampoco me soltaban. Cada paso resonaba demasiado fuerte, como si la casa misma escuchara.
Al cruzar el umbral del despacho, me soltó. Sobre la mesa, cuidadosamente alineados, descansaban unos papeles. Reconocí el sello antes de leer una sola línea. El viaje. El motivo. Aquello que yo había decidido olvidar apenas crucé la puerta.
—Necesito tu confidencialidad —dijo, sin mirarme—. Es importante que lo visto hoy aquí no salga de esta habitación.
Sentí el calor subir por mi cuello. No respondí. Él sonrió entonces, por primera vez, pero no fue una sonrisa de alivio. Era una certeza.
—Pensé que el deseo bastaría para distraerte —continuó—. Y casi lo logra.
Se acercó otra vez, despacio. Su sombra me cubrió. No me tocó.
—Pero no me interesa tomarte sin que entiendas —susurró—. Si cruzas esto conmigo, no habrá marcha atrás. Ni para ti. Ni para mí.
Me descubrí recordando a mi abuela Berenguela. ¿Qué me había dicho la última vez que nos vimos? «Déjate llevar por una vez en la vida...».
David deslizó unos papeles hacia mí. El roce contra la madera sonó como una sentencia. Comprendí, con una claridad que me heló la sangre, que el beso, la espera, incluso su contención, no habían sido impulsos. Había sido preparación.
Lo miré. Sus ojos seguían oscuros.
Y aun así, cuando acerqué la mano para tomar la pluma, supe que el verdadero peligro no era lo que estaba a punto de firmar, sino el alivio que sentí al hacerlo. Algo (o alguien) me había convencido de que hacía lo correcto.
***
—¿Dolores?
El suspiro tardó en llegar, como si antes hubiese alguien más escuchando.
—Sí, abuela...
—Dime —dijo, bajando la voz—, ¿qué sabes de la niña?
—La niña, la niña... Abuela, tenemos la misma edad.
—Eso dices tú —replicó—. Hay edades que no se cuentan en años.
Dolores guardó silencio. Al otro lado, la anciana sonrió; se percibía en el tono.
—No te pongas celosa —continuó—. Vosotras siempre fuisteis así... aunque no lo recordéis. Al menos no todo.
La muchacha rio, pero el gesto fue breve, como un reflejo mal aprendido.
—Según me contó, está por reunirse con Rabines.
Hubo una pausa. Demasiado larga.
—¿Tan pronto? —preguntó la abuela al fin—. Entonces ha decidido mirar donde no debía.
—¿Crees que... que le mostrará lo que guarda de Consuelo?
—Rabines no muestra nada sin cobrarlo antes —dijo—. Y su precio nunca es el que anuncia.
Dolores tragó saliva.
—Quiero creer que, aun así, esto termine. De una buena vez.
—Las cosas no terminan porque uno lo desee —respondió la anciana—. Terminan cuando se cumple lo pendiente. Y ese hombre... —bajó aún más la voz— siempre aparece cuando algo quiere permanecer oculto.
—La historia concluirá cuando sepamos qué ocurrió con Miguel.
—Ah... Miguel —repitió la abuela, saboreando el nombre—. Sí. Cuando sepamos toda la verdad. No solo la que está dispuesta a salir a la luz.
Un leve crujido, como de papeles moviéndose, se oyó del otro lado de la línea.
—Por eso —añadió— habrá que perseverar en hallar esas cartas que no llegaron a destino. Algunas se perdieron... otras fueron retenidas. Y hay manos —dijo, con suavidad peligrosa— que nunca las soltaron.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.
***
Cuando Dolores cortó con Lola, no sintió alivio alguno. Solo esa congoja densa que aparece cuando algo ya no puede deshacerse. El plan seguía su curso, lo supo con una certeza fría y, aunque quisiera, no habría forma de torcerlo sin dejar al descubierto su propia traición.
Apoyó la mano sobre la mesa y notó que le temblaban los dedos. Se los llevó al pecho, como si así pudiera acallar el recuerdo de la voz de Alba, confiada, dicha sin reservas. No la escuchaba, pero estaba ahí, más presente que nunca.
La casa parecía vacía, y sin embargo pesaba. Alba no estaba, y esa ausencia ocupaba demasiado espacio, lo llenaba todo. Dolores apartó la mirada de la silla donde solía sentarse y comprendió, con un nudo seco en la garganta, que ya no se trataba de elegir.
Y aun así (o precisamente por eso) supo que tampoco hubiese querido estar en su lugar.