Capítulo 21. Lo que nunca se dijo.
Lo que nunca se dijo...
La pasión podía revelarse en una sola mirada.
Ella era obs ervada de un modo insistente, casi pecaminoso, con una intensidad capaz de acelerarle el pulso, ya de por sí inquieto; pero no sabía de dónde provenía.
Consuelo se abanicaba, la mirada extraviada en un mar de gente. La llegada de una goleta a las costas porteñas tenía a todos en vilo, aunque a nadie tanto como a José, el esposo de la joven. Contra todo pronóstico, a unos pocos pasos, la madre vigilaba cada uno de sus gestos, atenta y severa.
La carreta trajo a la primera tanda de arribados.
Algunos se precipitaron a recibir a los visitantes; otros aguardaban con una esperanza más íntima.
Un familiar querido, un hijo que, tras concluir sus estudios en la Madre Patria, regresaba al hogar.
Ese era el caso de Martincito, el hermano menor de la familia Montes de Oca.
—Ahí está... Mirá, mamita. Pero si es todo un caballero —dijo Consuelo, agitando su pañuelito de encaje, impregnado de perfume, en un intento vano por mitigar el poderoso olor del puerto de Buenos Aires.
—Pues claro, ¿qué si no? Si ya está para los veinte... —concluyó Ester, la hermana mayor, solterona y vigilante, de los Montes de Oca, conocidos en el pueblo como vecinos destacados.
Entonces ella lo vio, recortado en la penumbra como una presencia que siempre hubiera estado esperando ese momento.
Las piernas se le aflojaron y un zumbido le llenó los oídos, como si el puerto entero se hubiese replegado en un solo punto. ¿Quién era ese joven que avanzaba riendo junto a su hermano?
A pocos pasos, Martín abrió los brazos y Consuelo se lanzó hacia él sin medir consecuencias ni miradas ajenas.
El gemido ahogado de su madre y la exclamación contenida de su hermana no alcanzaron a detenerla.
En ese abrazo recordó por qué lo había querido siempre tanto.
Con él regresaban la infancia, los juegos en el patio, las tardes de «payanas» que Sisa —la sierva quichua de la casa— le había enseñado, marcando el ritmo con paciencia antigua.
—Dejadme veros... ¡Estáis hermosa! —exclamó Martín, separándose apenas para hacerle una reverencia exagerada.
—¿Lo escuchó, mamita? —dijo Consuelo, entre org ullosa y burlona—. Ya no sabe hablar como nosotros. Además de doctor, ahora maneja otras lenguas... —agregó con ironía.
La carcajada del acompañante de su hermano la dejó muda. Fue una risa franca, despreocupada, pero en ella Consuelo sintió algo que la desarmó por completo. Toda la firmeza que solía mostrar entre los suyos se le evaporó, y se cerró sobre sí misma como una ostra.
El joven lo advirtió al instante.
—Perdonadme. No os quise ofender —dijo con tono circunspecto.
Pero bastó con que mirara a Martín para que ninguno de los dos pudiera contener la risa.
—Será algún chiste que no se comprende. —Se oyó la voz de José, algo agria, dolida por su escasa participación en aquella escena que parecía haberlo desplazado por completo.
—Vamos a casa —ordenó doña Palmira Montes de Oca, con la autoridad de quien no admite réplica—. Deja a tu hermano en paz, que debe de estar cansado —añadió, dirigiendo a Consuelo una mirada que era advertencia y mandato a la vez.
Como nadie preguntó por el acompañante, Martín tomó la palabra:
—Les traigo una sorpresa. Un alcuditense, descendiente de los Rabines... ¿pueden creerlo?
—Miguel Rabines, para servirles —saludó el joven, inclinándose apenas.
El nombre no cayó de inmediato.
Primero fue el silencio. Un silencio denso, impropio del p uerto, como si hasta las gaviotas hubiesen contenido el aliento.
Consuelo sintió que algo se desplazaba dentro de ella, no un recuerdo preciso, sino una certeza antigua, heredada quizá, transmitida en murmullos, en frases interrumpidas durante la infancia.
«Rabines». El apellido resonó con una aspereza que no combinaba con la sonrisa del joven ni con su voz correcta.
Miguel Rabines sostuvo la mirada con cortesía, sin arrogancia, como quien está acostumbrado a provocar reacciones que no siempre comprende.
Doña Palmira, en cambio, no ocultó el gesto; el leve endurecimiento del mentón, la rigidez súbita de los hombros.
Ester apretó los labios. Martín, ingenuo o deliberadamente ajeno, seguía sonriendo, orgulloso de su sorpresa.
Consuelo quiso decir algo.
Cualquier cosa.
Pero el aire no le alcanzó.
La figura de Miguel pareció duplicarse por un instante; luego, el muelle entero osciló con lentitud cruel.
El rumor del agua, el rechinar de las maderas, el olor del puerto.
.. Todo se le vino encima. Pensó en su madre, en José, en una advertencia no dicha.
Pensó, absurdamente, en las payanas cayendo una a una sobre el suelo.
José fue el primero en moverse.
No gritó.
No pidió ayuda.
La sostuvo antes de que el cuerpo de Consuelo tocara el suelo.
En ese gesto torpe y desesperado se le desarmó todo lo que había contenido hasta entonces.
Parte, los celos, la prudencia, la obediencia.
Al tenerla entre los brazos comprendió, con una lucidez amarga, que aquel desmayo no era solo debilidad femenina ni impresión pasajera.
Algo había sido nombrado que no debía serlo.
—Consuelo... —murmuró, inclinándose hacia ella—. Consuelo, mírame...
Miguel dio un paso al frente, inseguro, como si intuyera que su presencia agravaba la escena.
—¿Qué sucede? ¿He dicho algo...?
—No —interrumpió doña Palmira con voz firme, definitiva—. No ha dicho nada que no deba saberse. El esposo de mi hija se hará cargo de ella. No se incomode...
Per o su mirada, clavada en el joven, decía exactamente lo contrario.
Consuelo no oyó nada más.
El apellido seguía allí, latiendo en su sangre, mientras la oscuridad la envolvía por completo.
—Háblame de amor...
La voz llegó nítida, como si alguien se inclinara junto a e lla.
Y después, todo se apagó.
Más tarde, cuando abrió los ojos, luego de que la hubiesen subido al coche en andas, no supo cuánto tiempo había pasado.
El mundo regresó primero como una sensación; el frío en las manos, el peso del cuerpo, un murmullo lejano que parecía venir desde muy lejos.
Parpadeó.
La luz era tenue, casi líquida, y durante un instante creyó seguir soñando.
Entonces lo vio.
Estaba allí, frente a ella, como si hubiera atravesado siglos para alcanzarla.
Y antes de que pudiera decir una palabra, Consuelo comprendió algo que le heló la sangre: era la misma voz que había escuchado más de mil veces en sueños. Esto le ocurrió antes de caer en la oscuridad...