Capítulo 19
C onsuelo
Las tardes estaban hechas para traer a la memoria el tiempo en que fuimos felices en la casona de los Villamayor.
Cuando mi hermana Berenguela regresó del convento, comencé a visitar la cala con ella. Era un sitio donde nos dejábamos llevar por la calma, por esa plenitud que solo concede la soledad compartida. Más tarde, cuando la heredé, le dije que era suya. Y ella, sin dudarlo, decidió compartirla.
El día en que Juan se marchó en el Suleimán, junto al pirata Barbarroja, nos costaba mucho hacerla volver al caer la noche. Permanecía allí, con la mirada fija en el horizonte, esperando su regreso como si el mar pudiera devolverlo a fuerza de insistencia.
Estaba embarazada, y ni siquiera el niño lograba que intentara cuidarse. Había en ella una obstinación silenciosa, una fe casi dolorosa, como si abandonar la espera fuera traicionar el amor que aún la sostenía.
Al principio nadie supo decir en qué momento exacto ocurrió el cambio. No fue un día ni una noticia, sino una suma imperceptible de silencios. El mar seguía llegando puntual, obediente a las mareas, pero ya no traía promesas. Solo repetía su respiración antigua, indiferente.
Berenguela comenzó a quedarse inmóvil durante horas. No miraba ya el horizonte; lo atravesaba. Como si algo, más allá de la línea del agua, la estuviera llamando sin palabras.
Cuando intentábamos convencerla de regresar, asentía apenas, pero sus pies no obedecían. El cuerpo permanecía allí, anclado, mientras el resto parecía haberse ido mar adentro.
Una tarde, lo recuerdo con una claridad que aún me duele, el viento cambió.
No fue más fuerte, pero sí distinto. Más frío.
Berenguela se llevó la mano al vientre, no con gesto de cuidado, sino de sorpresa, como si recién entonces recordara que no estaba sola.
Sus dedos temblaron. Por primera vez, bajó la vista.
—Hoy no vuelve —dijo.
No era una afirmación ni una pregunta. Era un desgaste. Algo que se desprendía por dentro.
Desde ese día, la espera ya no fue esperanza, sino costumbre. Y la costumbre, un peso. Volvía con nosotros al caer la noche, sí, pero dejaba algo en la cala; una parte de sí que seguía aguardando, obstinada, aun cuando el corazón comenzaba a comprender lo que la boca se negaba a pronunciar.
***
David
Era demasiado tarde para recibir visitas. Más aún sin anuncio previo.
—¿Esperas a alguien? —preguntó David a Guida, que estaba sentada en el living, con un libro abierto que ya no leía.
La cena había terminado hacía rato. Habían hablado poco. Cada uno se había refugiado en sus propios pensamientos, pero el silencio los había sostenido como una tregua frágil.
—No. Y menos a esta hora.
La sorpresa fue absoluta cuando David vio entrar a Marcela. No alzó la voz. No la necesitaba. Su calma era peor que un grito; el rostro tenso, la mirada fija, la determinación de quien no viene a preguntar, sino a confirmar.
—Debemos hablar —dijo, sin mirarlo a los ojos, mientras se dirigía al despacho. Caminaba como si la casa ya le perteneciera. «¡Qué osadía!», pensó David, mientras la seguía sin atreverse a detenerla delante de Guida.
—Podrías haber llamado antes de venir... o, al menos, preguntar si tenía ganas de verte —comentó él, siguiéndola. El fastidio le subía por el pecho, aunque no supo decir si era rabia o un primer destello de inquietud.
—Te vi.
David se detuvo un segundo. Apenas un segundo de más. Luego asintió.
—Ah, sí. ¿Y qué hay con eso?
—Estabas con la muchacha —continuó Marcela—. En su piso.
—¿Ahora me sigues? —preguntó, intentando sostener el tono desafiante. Pero algo se había desplazado dentro de él, como una pieza mal encajada.
—No me cambies de tema. Pasaste toda la tarde con ella. ¿Creíste que no iba a enterarme?
No era un reproche. Era una advertencia.
David cruzó los brazos.
—Marcela, todavía no hay nada firmado entre nosotros. Y, francamente, a este ritmo...
Ella sonrió apenas. Fue un gesto breve, calculado, casi tierno. Y por eso mismo, inquietante.
—No seas ingenuo, David. Sabes perfectamente cuándo hay algo firmado y cuándo no. Lo que importa es que parece estarlo.
Él abrió la boca para responder, pero no lo hizo. Por un instante, pensó en Guida, sola en el living. Pensó en la facilidad con que Marcela pronunciaba cada palabra. Y comprendió, tarde, que ella había ido preparada.
—Si no te casas conmigo —dijo ella, bajando la voz—, olvídate de hacer negocios con mi padre.
—Estás mezclando las cosas...
—No. Tú las separas cuando te conviene —interrumpió—. Le diré a mi padre que tienes una amante. Que me humillas antes de la boda. Que me obligas a callar.
Hizo una pausa, lo miró con atención, como evaluando el efecto.
—Y tú sabes muy bien cuánto le gustan las historias de honor y traición.
David sintió una presión en el estómago. No retrocedió, pero ya no avanzó.
—Por eso digo —respondió, esforzándose por recuperar la firmeza—. Está por verse si terminamos juntos.
—Te juro por la virgencita más sagrada, por la Victoria. Si no te casas conmigo, tu viñedo se irá a pique...
Marcela no se detuvo. Luego de largarle esa promesa tácita se marchó.
El eco de sus pasos se deslizaba por el corredor como un reproche contenido, firme, irreversible.
No temblaba; eso era lo que más la sorprendía de sí misma.
Había pronunciado la amenaza con una claridad que no admitía vuelta atrás, y ahora el silencio parecía plegarse a su voluntad.
Dentro del despacho, David permaneció inmóvil. El aire aún conservaba el rastro de su perfume, una mezcla leve y persistente que lo incomodaba más que el portazo.
Recién entonces comprendió que no había sido un arrebato; Marcela no hablaba para asustar, hablaba para fijar los límites de una guerra que ya había comenzado; de un camino sin retorno. ¿Estaba realmente en juego el éxito de los viñedos?
El padre de la joven, Germán Torre Molino, tenía peso en el consorcio viñatero. Pero el apellido Rabines también era muy respetado. Tanto como el de su futuro suegro... o probable... o quizá, no.
La casa, vieja y conocedora de secretos, pareció asentir.
En algún punto del piso alto crujió una viga, como si la estructura misma registrara el cambio. Nada volvería a sostenerse del mismo modo.
El arreglo seguía en pie, sí, pero ahora tenía el peso de una promesa rota antes de tiempo. Y Marcela, sin mirar atrás, ya estaba dispuesta a cobrarla.