Capítulo 18. Entrelazados
Entrelazados
D avid se preguntaba si debía, de una vez por todas, enfrentar a su abuela Lola. En el fondo tenía miedo. Un miedo enigmático, difícil de nombrar, porque intuía (¿o tal vez alucinaba?) que algo turbio emergería de ese gesto.
Pensó en su madre. La recordó cantando aquella canción antigua, la misma que aún tarareaba su abuela. Hablaba de cartas viejas, gastadas por el tiempo. Durante años creyó que no era más que eso; una melodía heredada, una letra sin peso real.
Hasta que los baúles aparecieron.
Eran antiguos y frágiles, con cerraduras oxidadas que parecían a punto de ceder. Dentro había cartas. Muchas. Cartas amarillentas, quebradizas, cargadas de un tiempo que no pedía ser recordado. Desde entonces, nada volvió a ser simple.
No estaba convencido de interpelar a su abuela. Aún no. Pero sí tenía una certeza; se reuniría con Alba en la vieja casona. Pensar en ella le producía una calma extraña, casi impropia en medio de tanta inquietud, como si su sola presencia ordenara algo que en él venía desacomodado desde hacía años.
¿En qué momento había comenzado a importarle de ese modo...? Una intriga que le perturbaba el sueño. Tampoco había podido descubrir qué lugar estaba dispuesta a ocupar en su vida, pero el sentimiento, todavía frágil y sin nombre, ya se insinuaba con una fuerza que no podía ignorar.
Algo en ese lugar, y en ella, lo llamaba con una intensidad silenciosa.
Pero él tenía novia. Una intensa y celosa por demás.
Además, estaban los negocios casi cerrados con el padre.
¿Se casaría igual amando a otra? «¡¿Amando, dije?
!». Una locura. Ni siquiera podía acertar si era real o impuesto por los espíritus de la casa.
Se llevó un cigarrillo a la boca. Así. Sin encenderlo. Hacía años que había dejado el hábito, pero todavía se calmaba con solo tenerlo apretado entre los labios.
Su cabeza le trajo nuevamente a Alba. Ese excitante momento que los llevó a estar juntos; a amarse como si lo hubieran hecho toda la vida.
Le ardió la piel tan solo al recordar. No podía ser una treta del destino; un capricho de un fantasma cruel.
Ella estaba instalada en su piel, en sus manos, en su boca.
.. Volverían a encontrarse en la casa. Se lo tenía prometido.
Porque si había un camino posible hacia la verdad, sería ese. Y no lo recorrería solo.
***
Alba
Estaba citada a la «casa fantasma» (como la llamaba en privadito). Porque ahí se desataba la mayoría de las veces ese caos mental del cual me costaba volver.
Me arreglé y me maquillé como si fuera a una fiesta. ¿Por qué? Eso mismo me preguntaba frente al espejo, mientras delineaba mis ojos y notaba que respiraba distinto, como si el aire se hubiese vuelto más cerrado alrededor mío.
Sabía que tenía necesidad de atraerlo. Y esa certeza me incomodaba.
Había algo de traición en ese gesto, aunque no supiera bien a quién ni por qué.
¿Su novia me molestaba? No terminaba de saber si era eso o simplemente lo deseaba de un modo único; irrenunciable.
¿Me estaba oyendo? ¿Desde cuándo tenía sentimientos tan profundos? ¡Y los dejaba crecer!
David estaba metiéndose en mí de un modo que trascendía cualquier juego, incluso la manipulación de los espíritus del pasado.
No avanzaba con estruendo, sino con una paciencia peligrosa, ocupando espacios que yo creía cerrados.
Porque algo estaba haciendo nacer en mi corazón blindado; tenía que aceptarlo.
Aunque... ¿estaba segura de lo que sentía? No. Pero las cosquillas persistentes en el estómago, ese temblor leve que regresaba cada vez que lo imaginaba, funcionaban como una brújula silenciosa.
Dylan había sido una costumbre. Algo aprendido, repetido.
David, en cambio, era una interrupción.
Y lo supe con una claridad inquietante. No se trataba del pasado.
No.
Era David. Solo David.
***
—Hola... ¿hola...? —La voz en el celular sonaba extraña, como filtrada por un ruido ajeno. La música estaba demasiado alta; se notó cuando alguien la bajó y, al fin, la voz clara de su nieta llegó hasta ella.
—Sí, abuelita, soy yo.
—Ay, mi niña... Temía que no respondieras —dijo la anciana. La angustia no intentaba siquiera disimularse. Hacía varias noches que venía pensando cómo llevaría adelante su parte en este ritual, y lo peor, cada vez había más involucrados.
La joven cerró los ojos un instante antes de hablar. El cansancio le pesaba en los hombros, en la nuca, en una nostalgia que no se atrevía a nombrar.
—Tenés que calmarte —le pidió—. Te va a hacer mal ponerte así.
Mientras hablaba, sabía que estaba cumpliendo cada uno de los pasos trazados.
Todos. Incluso aquellos que, al principio, le habían parecido innecesarios.
No pensaba ceder ahora a la tentación de dejar todo y volver a su tierra.
Extrañaba a la familia; el desarraigo ya no era una sensación pasajera, sino una carga diaria.
Como si lo presintiera, la abuela le pidió paciencia. Si todo salía como estaba previsto, muy pronto la historia acabaría. Y bien. Con un final feliz.
O eso repetía.
—Ya falta poco —dijo la anciana, con una serenidad que no tranquilizaba.
—Lo sé —le contestó—. Por eso te pido que no te alteres con cada paso nuevo que vamos a dar.
—Trataré... —aseguró la mujer, y su risa sonó demasiado rápida, demasiado liviana.
—Te quiero, abuelita Lola.
Hubo un silencio breve.
—Y yo a vos, mi dulce niña —contestó finalmente—. Siempre.
La llamada se cortó. Y Dolores tuvo la incómoda sensación de que esa palabra no era solo una promesa... sino una advertencia.
***
Miguel
Estaba cumpliendo mi sueño. Eso creía entonces.
Pero ahora, cuando vuelvo sobre aquellos días con la claridad amarga que solo da el tiempo, comprendo que también estaba perdiendo algo que jamás volvería a encontrar.
No era únicamente el amor de Consuelo. No.
Era a toda ella. A su tiempo. A su risa clara. A la forma en que su presencia parecía volver más simple el mundo. Perdía todo eso sin entenderlo del todo... como quien deja algo sobre una mesa pensando que podrá volver a buscarlo.
La nave en la que zarpé había dejado atrás la tierra de mi familia.
El puerto quedó reducido a una línea difusa y luego a nada.
Tampoco había demasiado espacio para el arrepentimiento.
Las órdenes, los preparativos, el ruido de los cabos tensándose y las velas inflándose con el viento ocupaban cada pensamiento.
Mis compañeros se movían por la cubierta con la soltura de quienes ya conocían ese oficio. Entre nosotros no había amistad, no todavía, pero sí una lealtad silenciosa que nacía de compartir el mismo riesgo. Una mirada bastaba para comprenderse.
Los días en el mar terminaban pareciéndose unos a otros.
El cielo, inmenso y limpio, parecía no tener fin. El barco crujía con ese sonido grave de la madera viva, y el agua golpeaba el casco con una paciencia infinita.
Hasta que algo cambió.
Lo recuerdo bien.
Aquella tarde el mar comenzó a ponerse extraño.
Primero fue apenas un gesto; una ondulación más pesada, un silencio raro entre las ráfagas de viento.
El cielo, que durante horas había sido de un azul imperturbable, empezó a cubrirse con nubes que avanzaban desde el horizonte como un ejército oscuro.
El aire tenía ese olor metálico que antecede a las tormentas.
Los marineros levantaban la vista con desconfianza, pero nadie decía nada. Solo el capitán observaba el horizonte con el ceño fruncido.
Entonces el mar se sacudió.
No fue una simple ola. Fue como si algo enorme despertara bajo nosotros. La nave crujió de proa a popa y el agua, antes dócil, empezó a levantarse con una furia que parecía tener voluntad propia.
Y en ese instante, no sabría explicar por qué, tuve un mal presentimiento.
Un pálpito frío, tan claro como una voz.
Como si el mar supiera algo que nosotros ignorábamos.
Como si aquella tormenta no hubiera nacido en el cielo..., sino en el destino que acababa de dejar atrás, en tierra firme.
En el destino de Consuelo... y en el mío.
La falta de práctica me llevó a no ubicar la escota a tiempo.
Mi cuerpo cimbreó como una víbora al acecho cuando la vela cambió bruscamente de posición.
Sentí un latigazo de dolor que me recorrió los brazos y las piernas.
Durante un segundo no comprendí qué había ocurrido; solo tuve la absurda sensación de que mi cuerpo se había desarmado en el aire antes de volver a caer pesadamente sobre la cubierta.